Viernes, 15 de diciembre de 2017

El lado oscuro

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Toda luz produce, normalmente, sombras. Las sombras de nuestro tiempo vienen precisamente porque hemos perdido el sentido del pecado. Así lo decía Pío XII: “Quizá el mayor pecado del mundo de hoy consista en el hecho de que los seres humanos han empezado a perder el sentido del pecado”. En parte, esto ha sucedido porque nos hemos erigido en dueños y señores de nuestra vida y comportamiento, inmersos como estamos en un mundo egoísta que favorece el egoísmo individual y la nula conciencia de responsabilidad moral. El último criterio de los actos que hacemos, parece ser lo que cada uno quiere, una malentendida libertad, y un ansia desmedida de disfrutar de todo lo que consigue el poder y el dinero.

       Los místicos cristianos nos han mostrado cómo y dónde encontrar la luz que guíe nuestros pasos y nos convierta en lámparas que iluminen a todos: la fe. Es la fe la luz que arde en el corazón del creyente y que le lleva a buscar sin interrupción cómo imitar más y mejor a Jesús. Es la fe la que nos guía, en medio de la oscuridad de este mundo, con más certeza y seguridad que ninguna otra cosa, a donde nos espera Dios. La fe que lleva consigo la confianza en quien sabemos que nos ama, y que es luz sin ninguna oscuridad. Es la fe la que nos permite ver lo que no se ve, pero podemos esperar porque amamos y somos amados por Dios. ¡Algo inimaginable, asombroso, indescriptible, pero tan real!

       Así pues a medida que decrece la fe en Dios, decrece el sentido de la culpa y para recuperar el sentido de pecado, habrá que recuperar el sentido de Dios.

       La luz nos viene de Dios y con ella podemos iniciar el camino de conversión que nos lleva a la libertad y a amar la vida. La luz nos apasiona. Sin ella andamos a tientas y a oscuras. Nuestros ojos, bañados de la luz de Dios, nos ayudan a ver profundamente las diversas maneras por las que habla el Creador con su voz potente, magnífica e irresistible a través de la capacidad de amor que hay en cada ser humano.

       Son muchos los que han prendido su luz en el cirio de la Pascua y cada día se comprometen y dan algo de sí por una causa noble y justa. Así han surgido en todos los tiempos personas, grupos, comunidades, santos, que con sus plumas o sus vidas han servido de guías a los demás.

       Nuestra vida está salpicada de luces y sombras. Luces y sombras que se suceden y entremezclan. Es curioso ver cómo en determinadas épocas del año la luz gana terreno a la noche, o al revés. Igual ocurre en nuestra vida. Las luces y las sombras nos acompañan en nuestro caminar, están dentro de nosotros. Pero nosotros tenemos que ser esa lámpara que, según el Evangelio, se enciende para que ilumine a todos los de la casa, a toda nuestra sociedad y a nuestro mundo.

       “Siempre he procurado buscar quien me dé luz” (santa Teresa). Este sería una buena opción para nosotros: buscar siempre la luz y dejar atrás nuestras sombras.