Lunes, 11 de diciembre de 2017

Cerramos los ojos

Soñamos con tres toreros a caballo recortándose contra el cielo de Salamanca, contra la última luz, galopando sobre los hombros de los aficionados
21 de septiembre en La Glorieta. Foto: Adrián Martín

Ocurre año tras año cada 21 de septiembre que cuando se apaga el cielo y se cierran las puertas de La Glorieta es como si se me cerrase también un pedazo de corazón, como si me costase tomar aire. Otro año, otra feria vivida, otra hoja en el calendario, otra página escrita, otro puñado de noches tecleando contra el reloj.

Ocurre cada año cuando llega el 21 de septiembre que se apagan poco a poco los ecos de los que hemos amado y ya no están; que abrimos el cofre de los recuerdos bonitos para custodiar bajo siete llaves la memoria de los días en el tendido junto a los compañeros, la emoción de un toro bravo galopando, el toreo eterno interpretado por distintas almas, el rugido de una plaza cuando el corazón aprieta en la garganta.

Y soñamos. Soñamos con tres toreros a caballo recortándose contra el cielo de Salamanca, contra la última luz, galopando sobre los hombros de los aficionados, rubricando una feria con la alegría de los tendidos entregados, sosteniendo el cielo de Salamanca sobre sus propios hombros. Soñamos.

Hermoso de Mendoza, Sergio Galán y Lea Vicens abrían hoy la puerta grande de Salamanca antes de que sus cerrojos cayeran a plomo a la espera de nuevas ferias que anunciará La Mariseca ondeando alegre sobre el Ayuntamiento, antes de que sean solo viento las idas y venidas en el callejón, solo silencio el rumor de reencuentros en el patio de cuadrillas.

Y soñamos. Cerramos los ojos con la última luz, paseamos sobre las cicatrices que nos deja una feria ya vivida en la piel y en el alma, recibimos el otoño y un calendario vacío, sin latidos, sin la cita diaria a las seis para que abran los clarines y timbales un nuevo paseíllo.

No será el de hoy un apunte ni una crónica, ni siquiera una despedida junto a unas puertas que se cierran. Ahora que Salamanca ha quedado atrás en el retrovisor de mi coche, ahora que el cielo ya es negrura y calma el runrún de los tendidos regreso al silencio y me guardo en la yema de los dedos las palabras y en los labios el beso de un hasta pronto.

Gracias a todos los que hacéis posible cada año la magia, el reencuentro, que siempre quiera regresar a la que es mi casa, mi preciosa ciudad dorada.

Cerramos los ojos, seguimos soñando.