Martes, 24 de octubre de 2017

Perera, un sueño de 60 kilómetros

El frío perdía su batalla contra miles de corazones calientes con el latido del toreo eterno y del toreo sin resquicios
Perera, en su salida a hombros de La Glorieta. Foto: Adrián Martín

Todos los días, mientras desando la distancia que conduce de La Glorieta a mi casa, mientras desando la Vía de la Plata rumbo a Zamora y Salamanca se convierte en una nebulosa pequeñita en mi retrovisor, voy urdiendo, mascando palabras para sentarme en el ordenador e intentar contar la tarde según Dios me da a entender, más a golpe de sentimiento que de ortodoxia. Porque el toreo es básicamente eso: emoción, sentimiento. Algo que brota de las tripas, que tan pronto nos oprime el pecho como nos acaricia el alma. Y esas dos versiones, esa emoción por distintos conductos se ha vivido hoy en La Glorieta.

Salamanca ya era una mancha brillante de luces en mi espejo pero yo hoy cerraba los ojos y soñaba a Perera toreando en el ruedo de La Glorieta como si no hubiese concluido su faena de toreo prodigioso al quinto. Porque si no hay quinto malo, hoy también hubo un quinto importante con el hierro de Montalvo. A este, que tuvo gran clase y recorrido aunque fue abanto de salida, se le premió con una vuelta al ruedo que ayer fue denegada al torazo de Garcigrande, Ingrato. Misterios de una feria digna de un programa de Iker Jiménez.

Que Miguel Ángel Perera es un torerazo no es ningún secreto. Un torerazo poderoso, largo y templado. Sigo soñándolo en La Glorieta, desde la Glorieta a Zamora, sesenta kilómetros de sueño. De su primero, ovacionado de salida y pitado en el arrastre, apenas la sensación de arriesgarse “pa ná”, de un ponerse “pa qué”, con un toro flojo y rajado que dejó sus intenciones de torero grande en agua de borrajas. Pero llegó el quinto. Y lo del quinto fue otra cosa.

Pasando Calzada lo soñaba cuajando limpias y largas series sobre la mano diestra, encajado, sometiendo las embestidas del quinto con la mano baja, mandona. Qué torero. Y más allá, en El Cubo, lo recordaba poderoso citando de lejos, templado, en redondo, primero con la derecha, luego con la zurda, la emoción a raudales. Y después, en Corrales, llegaba el pase de pecho eterno que encendió los tendidos de La Glorieta con el runrún de las faenas de tronío, del toreo de la emoción cuando hay toro y cuando hay torero, de las orejas de verdad.

Porque hay orejas de mentira, o de medias verdades; orejas de oferta de a “dos por uno” como las dos concedidas a Ponce por su faena al cuarto de la tarde. Que es un maestro no lo voy a descubrir yo ahora; ni su técnica impecable, ni su don de hacer fácil lo difícil y entender todos los toros e intentarlo con la misma vocación que quien comienza en esto y quiere hacerse un hueco. Ponce, que lleva liderando el escalafón más años que los que tenían algunos de los adolescentes que se sientan en esa andanada y grada de la juventud que demuestra que no es de falta de afición la culpa de que no se llene La Glorieta, sino de que los toros se convierten en algo prohibitivo para las familias que las pasan putas para llegar a final de mes.

Ese Ponce que lanceó con gusto a la verónica al cuarto para fundamentar el trasteo en el tercio como una caricia, mimándolo a media altura para culminar en cercanías redondo y con hondura con la diestra y después al natural, los remates por abajo y los detalles exquisitos en una faena larga que no mantuvo la misma intensidad. Ese Ponce que terminó entre los pitones y escuchó dos avisos después de meter la espada y descabellar. Ese Ponce, que lo es ya todo, no necesita orejas de saldo que no deberían caer del palco si queremos prestigiar una plaza que tiene muchos motivos para ser rigurosa. Salamanca, arte, saber y toros. Pero Salamanca hoy perdió de nuevo el norte y pidió las dos orejas como si no hubiese un mañana. Dos orejas, dos. Con el primero, aplaudido de salida (únicos aplausos que escuchó a la postre) optó por abreviar, no sin antes intentarlo junto a las tablas a causa del viento.

Y si Perera supo emocionar con su forma de torear rotunda y sin concesiones, Ginés Marín abrió la puerta grande jugándosela con el sexto sin reservarse nada. A su primero lo dejó crudo en el caballo para lucirse en un quite por chicuelinas rematado con una preciosa media de mano baja. Antes había firmado unas verónicas muy templadas. Pero el toro, flojo, embestía de mala gana o lo mismo quería embestir y no podía y Marín tuvo que mimarlo para cerrar con unas manoletinas. Después, con el que cerraba plaza, se la jugó sin trampa ni cartón. Era un marrajo al que se la ponía como si fuese bueno. Y hubo emoción, la emoción del miedo, la emoción de un joven hecho un tío que se entrega entero a una causa.

Y mientras caía la tarde, Salamanca alzaba a hombros a tres hombres de oro en una tarde en que también fue pura emoción la plata, plata de ley, y el frío perdía su batalla contra miles de corazones calientes con el latido del toreo eterno y del toreo sin resquicios.