Domingo, 24 de septiembre de 2017

Virtual pero real

"Un sistema en el que la misma realidad (esto es, la existencia material/simbólica de la gente) es capturada por completo, sumergida de lleno en un escenario de imágenes virtuales, en el mundo de hacer creer, en el que las apariencias no están sólo en la pantalla a través de la cual se comunica la experiencia, sino que se convierte en la experiencia".

M. Castells, La era de la información.

…”la actual eclosión de la tecnología digital no solo está cambiando nuestra forma de vivir y comunicarnos, sino que está alterando, rápida y profundamente, nuestro cerebro”(…) “Además de influir en cómo pensamos, nos está cambiando la forma de sentir y comportarnos, y el modo de funcionar nuestro cerebro”

Gary Small, El celebro digital.

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Inmersos en la llamada tercera globalización, los cambios se precipitan hacia una nueva realidad del ser humano y de la cultura. Los nuevos medios de comunicación y las redes sociales están produciendo cambios importantes en la vida humana, no solo en el manejo de nuevas tecnologías, también en nuevas formas de concebir el espacio y tiempo. Estamos sumergidos en la fenomenología del holograma, en un universo cada vez más visual y virtual, eso no quiere decir que no sea real. El mundo gira aproximadamente a 35.000 imágenes por segundo, millones de personas suben, consultan, redactan textos, editan fotos, vídeos, en las redes sociales. Son creadores de contenido que llega a los lugares más alejados del planeta, siendo la imagen lo más difundido, ya que es el lenguaje más universal, que todo el mundo puede entender e interactuar.

La modernidad, caracterizada por la “cultura del libro, ha dado paso a la cultura posmoderna, caracterizada por la cibercultura. No es un producto exclusivo de la evolución tecnológica, está ligada al proceso de globalización, no solo en sus manifestaciones artísticas y culturales, también sociales y políticas. Esta nueva cultura se apoya en nuevos esquemas mentales. Siguiendo a Manuel Castells, todas las culturas están hechas de procesos de comunicación, en donde no hay separación entre la “realidad” y la representación simbólica. La realidad en la que estamos inmersos, siempre ha sido virtual, siempre la percibimos a través de una serie de símbolos, donde de forma intersubjetiva interactuamos unos con otros en una gran diversidad de realidades. Lo que caracteriza al nuevo sistema de comunicación, basado en la integración digitalizada e interconectada de múltiples modos de comunicación, es su capacidad de incluir y abarcar todas las expresiones culturales. Es un fenómeno que se ha amplificado de forma exponencial, haciendo referencia a una nueva forma de estar en el mundo y de relacionarse con los demás, todo ello matizado por intereses sociales, políticos gubernamentales y estrategias de negocios y consumo. La Galaxia de Gutenberg, va dejando espacio para el surgimiento de la “Galaxia internet”.

Esa nueva cultura de la imagen es virtual nos llega por medios informáticos, telefónico, juegos, televisión, cine, Facebook, Instagram, Twitter, WhatsApp, etc. Es real, ya que está configurando una cultura, unas ideas, unas pautas de conducta de quienes usan esos medios para interactuar. La virtualidad es parte de la nueva realidad cultural en la que estamos inmersos, con la que construimos las categorías y formas de comportamiento. Esa virtualidad está transformando la forma de entender el espacio y el tiempo, integrados en las redes aparece un espacio de flujos que sustituye al espacio local, histórico y geográfico; acompañado de una atemporalidad, donde pasado, presente y futuro pueden reprogramarse para interactuar mutuamente en el mismo mensaje.

Esta nueva cultura tiene sus ventajas e inconvenientes. Puede ayudar a romper el aislamiento de personas y grupos, pero tiene el peligro de encerrarnos en nosotros mismos, no haciéndonos salir hacia los otros. Por otro lado, la globalización digital es muy desigual, internet no ha llegado a todos los lugares del planeta, una “brecha digital” está dividiendo el mundo, entre conectados y no conectados. Se está ahondando la fractura entre los países más desarrollados y países en vías de desarrollo, discriminados estos últimos de la “aldea global digitalizada”, y aumentando la distancia entre ricos y pobres. En el año 2015 el 46% de los hogares del mundo tenían acceso a Internet; pero frente al 6,7% de los hogares de los países menos desarrollados, disponían de dicho acceso el 81,3% en los países desarrollados. Esa brecha también se produce en el interior los países más ricos, donde no toda la población puede interactuar en las redes, relacionado directamente con el nivel socioeconómico. No estaría mal, crear espacios públicos de libre acceso a internet, sobre todo en muchas zonas rurales.

Toda esta realidad plantea grandes desafíos para nuestras sociedades, es claro que abre grandes posibilidades, con las consiguientes ventajas en la educación, en una atención personalizada en medicina, en la creación de nuevos aparatos que hagan la vida más fácil a los ciudadanos, nuevas formas de acceso al mercado sin intermediarios, etc. Pero también está creando grandes retos, como calidad de los contenidos (en la red se encuentra de todo, desde una homilía hasta como fabricar una bomba), nuevas formas de organizar el trabajo de los individuos, etc. El gran reto, es que las redes puedan hacer a los individuos y sociedades más humanas, no reduciendo toda la realidad a lo virtual, pero sin renunciar a sus beneficios, evitando las brechas que dividen a los individuos. Para ello, es importante usar las redes como puente para una integración de los más pobres y necesitados del planeta y, para la justicia y la paz se hagan presentes en un mundo donde se olvidan fácilmente los derechos humanos.

El ciberespacio, también puede ser un lugar sagrado. Miles de páginas expresan lo religioso, cientos de personas se encuentran enfrascadas en una espiritualidad virtual, utilizando las redes e internet para explorar y comunicar la fe: leer la Biblia, oír una conferencia, juntarse para orar, compartir oraciones, pensamientos, reflexiones, interactuar en las redes sociales, etc. Esta realidad se vuelve un desafío para el creyente, ya que la religiosidad, al menos en el cristianismo, se cimienta en la relación con Dios y con las personas. No es una fe intelectual, sino práctica que involucra a toda la persona y que transforma la dimensión del ser humano. A pesar de todo, las redes deben ser un medio para facilitar el encuentro con lo divino, ya que también en las redes se busca el sentido de la existencia y el destino del hombre. Para ello será necesario buscar lenguajes nuevos, para que la Palabra se pueda hacer “carne virtual” y  se pueda hacer presente la Buena Nueva del reino.