Lunes, 20 de noviembre de 2017

Generalitat 2, Gobierno 0

Con ocasión de la manifestación “orquestada” en apoyo de las víctimas  de Barcelona y Cambrils, vista la ingenuidad que demostró el Gobierno, la opinión más generalizada de aquella “encerrona” fue que los organizadores de la misma habían alcanzado con creces todos los objetivos que buscaban. Una vez más se habían aprovechado de la buena fe del Gobierno para proyectar al mundo entero su imagen de víctimas oprimidas, unida al montaje de un aparente seguimiento de la mayoría de catalanes.

Ayer repitieron la “jugada” con el montaje de la Diada. Entre un acto y otro, hemos asistido a una serie de declaraciones y hechos consumados, lo suficientemente graves como para que el Gobierno hubiera actuado con más energía. Quiero pensar que en cualquiera de las democracias de nuestro entorno, las fanfarronadas, los desprecios y los desacatos que se han dado en Cataluña nunca habrían quedado sin sanción. No es extraño que, ante la inacción del Gobierno, los independentistas se vayan envalentonando en tal grado que ya sea muy difícil reconducir la situación sin hacer uso de procedimientos severos. Si lo que se buscaba era ofrecer una actitud paternalista, que alejara cualquier invocación al victimismo, lo van a tener muy difícil.

Confiado Rajoy en la buena estrella que le acompañado hasta aquí, no acaba de asimilar que, a pesar de las apariencias, está más solo que la una. Con más pena que gloria, y a base de abrir el grifo de los euros, ha conservado el cargo y ha visto aprobados los presupuestos. En el tema del terrorismo y en el proceso independentista de Cataluña, la cosa cambia. Hay partidos que se ponen de perfil y otros que no tienen inconveniente en oponerse claramente a sus decisiones. Unos y otros juegan más con los votos que con los intereses de España. A declaraciones rimbombantes de algunos dirigentes que proclaman solemnemente se absoluto refrendo a cuantas medidas tome el Gobierno en temas tan graves, hay que ponerlas sordina. Un ejemplo: la Presidenta del PSOE, Cristina Narbona, proclama el apoyo de su partido al Gobierno pero, a continuación, enseña la patita por debajo de la puerta; por un lado, manifiesta que para solucionar el problema catalán no basta con el empleo de las leyes, también es preciso el diálogo. Yo pregunto ¿con quién y sobre qué supuestos? Para rematar la jugada asegura que “Pedro Sánchez no quiere echar a Rajoy.” O no se entera de lo que se cuece en su partido o su Secretario General no la tiene en cuenta.

Esto quiere decir que, con muy escasas excepciones, cuando Rajoy deba tomar las decisiones políticas necesarias para corregir los excesos que  están cometiendo en Cataluña unos políticos empeñados en llevar sus delirios hasta las últimas consecuencias, más de un pretendido compañero de viaje se unirá al coro de plañideras que intentan salvar los muebles –léase los votos-, aduciendo para ello alguna disculpa en forma de excesivo rigor  o medidas desproporcionadas.

Si mañana viéramos imágenes de una manifestación en favor de las víctimas de ETA, en cuya cabecera aparecieran, por ejemplo,  Aznar, Felipe González y Rosa Díez, junto a Josu Ternera, de Juana Chaos y Otegui, diríamos que era muy buena ocasión para detener a los segundos y llamar traidores a los primeros. Pues eso mismo sucedió ayer en Barcelona, donde esos políticos que pretenden separar a Cataluña de España no tuvieron ningún reparo en invitar a su fiesta a un terrorista de la misma camada que acabó con la vida de 21 personas en Hipercor,  10 en Vich o con el catalán Ernest Lluc. ¿Es con esos políticos con los que se debe dialogar?

 El partido que sustenta al Gobierno debe pensar en la inmensa cantidad de españoles que quieren restaurar la imagen externa que ha proyectado España desde que superó la Transición, y que está siendo empequeñecida y mancillada por quienes están empeñados en ofrecer una situación que para nada se parece a la realidad.

Después de lo vivido ayer en Barcelona, del “desinteresado” despliegue informativo de las cadenas de siempre y de las declaraciones efectuadas por los políticos convenientemente  “sorprendidos” por eficaces reporteros, hemos vuelto a escuchar toda clase de desafíos al Gobierno, a sus instituciones, a la Constitución y a la democracia, que presagian una etapa llena de sobresaltos. De momento, además del descaro y la soberbia con que se ningunea al Estado, han asomado los primeros brotes de actuaciones, algunas de ellas delictivas. Junto a manifestaciones delante de cuarteles de la Guardia Civil pidiendo “Que se vayan” –lo han aprendido de Otegui-, se han quemado banderas de España y fotografías del Rey. Tenemos la experiencia de otras “borrokas”. Por algo se empieza.Mirar para otro lado es echar gasolina en el fuego independentista.

Tal como nos temíamos, se ha vuelto a pillar al Gobierno en fuera de juego. Todos los españoles que aman a su Patria, empiezan a estar hartos de ver cómo se toleran actitudes ignominiosas, amparándose en un buenismo mal entendido. Aman a esos padres cariñosos con sus hijos, preocupados por su buena educación y esforzados en conseguir lo mejor para ellos. Pero también echan de menos aquel otro padre que, cuando veía una actitud descarriada en alguno de los suyos, no dudaba en dar un puñetazo sobre la mesa, que muchas veces era suficiente. Si el problema subsistía, tampoco le temblaba el pulso para imponer el castigo correspondiente. El Gobierno está para gobernar y para hacer cumplir las leyes. Si no es capaz, que se busque otra distracción. El actual resultado del marcador es de 2-0, en contra. Para dar la vuelta al partido hay que poner más empeño y más nervio, de lo contrario, viene la eliminación.