Lunes, 20 de noviembre de 2017

Carta a la señora Martínez

Respetable señora: Servidor se dirige a usted sin tener claro si debe “felicitarle” o reprobar el gesto de la retirada de banderas, pues estamos seguros de que tal hazaña, si no le lleva a usted a la Historia, al menos ocupará un lugar en la Wikipedia con la máxima distinción.

Parece fácil, pero no lo es. Usted hubo de burlar, como una heroína, a toda la oposición que se encontraba en el bar en aquellos momentos, además, tuvo que desoír la dureza de la señora Forcadell llamándole al orden (“si us plau, senyora Martínez”). Incalificable. ¡Sólo le faltó mandarle a los mossos! No lo deje así, reprenda usted a la señora presidenta del Parlament y dígale que no tenía necesidad de señalarle ese españolista “Martínez”. Enójese, diga que a una persona como será su caso, que quizá tenga ocho apellidos catalanes, menos uno, no se le hace tal ofensa.

Mire usted, doña Àngels, le voy a contar una historia, no más que categoría de “anécdota” respecto de su gesta, con la que comprenderá por qué mi única bandera es la blanca, aunque respete la senyera, me identifique con la española, sueñe con la republicana y me quite el sombrero ante todas las demócratas. ¿Y sabe usted por qué mi única bandera ha sido y será la blanca? Lo entenderá fácilmente, pues seguro que, como a mí, también de chiquita a usted la dormirían con historias de los dolorosos años de la guerra.

Aquella “anécdota” la protagonizó una allegada muy querida para mí. Y sólo la refiero para que usted compare su hazaña con la osadía a la que se ven obligadas otras personas. La mujer de quien le hablo era de condición sencilla, ni mucho menos disfrutaba de la categoría de diputada como es su caso, con lo que no gozaba de ninguna charnega o charnego para que le realizara las tareas y, lógicamente, tampoco disponía del auxilio de los imprescindibles electrodomésticos de hoy ni de la paridad en las faenas. Ella lavaba restregando a mano y, al fregar, como aún no se había inventado la fregona, sufría dolor de riñones y el desgaste propio de las rodillas. Así de dura era la vida y usted lo sabe o lo debe saber.

Y no digo que la tragedia de sus familiares, o de alguno de sus familiares, no fuese parecida. Aunque quizá haya algún pequeño matiz que les haga diferente, pues no sé si algún familiar suyo, como esta allegada mía, tuvo que coger una sábana blanca a modo de bandera, ¡gracias por recordármelo!, jugarse la vida entre una lluvia de balas, aunque no la perdió, y colocarla en el mástil del Ayuntamiento para que no hubiera más muertos y acallar los tiros de quienes venían a “resolver” el conflicto.

Muchas gracias, señora Martínez, por atenderme y lamento no tener imágenes televisivas de esta pequeña anécdota, humildemente parecida a su gesta.

P.D. Desconocemos las razones personales que usted tenga para retirar las banderas españolas (en muchos casos es insolidaridad, avaricia, cerrazón o blanquear desagües monetarios), pero a su edad tiene que asumir que en otras autonomías ya hemos dejado la cueva y, por tanto, no herir sensibilidades tiene que pasar por el sacrificio de las propias.