Miércoles, 22 de noviembre de 2017

El perdedero

Galgueros de Villaflores

Hace ya mucho tiempo, cuando los terrenos de caza libres superaban a los acotados, cazábamos en un término municipal con nuestros galgos en terrenos adecuados “a no más” para la abundancia de liebres. En dichos pagos pisábamos las tierras cerro a cerro, tres o cuatro cuadrillas de galgueros habitualmente con dos galgos y tres hombres cada una. Un día apareció otra cuadrilla más compuesta por tres gitanos, uno ya mayor y los otros jóvenes acompañados por dos esqueléticos y escuchimizados galgos, que daban verdadera pena al mirarlos. No obstante, al final de la jornada de caza, siempre conseguían tantas “rabonas” como nosotros.

Un día en  que coincidimos todos juntos tomando “las once” en un ribazo cerca de los prados, al no ponernos de acuerdo sobre cuales galgos de los gitanos o los nuestros eran mejores, decidimos previo “regateo” una apuesta económica—gastronómica, que ganaría el propietario de galgo ganador.

Nosotros en nuestro fuero interno estábamos seguros que cualquiera de los galgos que teníamos, lucidos, gordos, bien cuidados, se llevarían de calle a los enjutos y huesudos de nuestros amigos los gitanos. Así que llegó el día de la cita y la verdad y cuando llegamos al lugar donde iniciaríamos la “primera mano” alumbraban tímidos,  rayos del sol mañanero…

Varios curiosos se habían unido a la comitiva. Así es que entre galgueros y espectadores cálculo que seríamos unos veintitrés, a los que se tenían que añadir ocho galgos competidores, que entre tanto gentío se mostraban nerviosos y desconfiados.

Comenzamos la “mano” y a eso del cuarto de hora de caminata pisando por los surcos del barbecho, ha “saltado” una hermosa liebre que ha emprendido rauda carrera hacia el perdedero de los pinares. Los galgos, todos ellos como flechas, han salido en pos de la presa… y a las primeras de cambio, los galgos de los gitanos han tomado ventaja ante nuestra desazón. Cerca ya del perdedero la distancia se incrementó y nosotros ya nos veíamos pagando la merendola.

Pero… ante nuestra absoluta sorpresa los galgos de los gitanos han dado un viraje espectacular y se han venido a “cien por hora” hasta donde nosotros, con cara de incredulidad no sabíamos a qué atenernos…

Cuando pudimos hablar, uno del grupo se dirigió al gitano mayor, indagando los motivos de aquella extraña actitud. Y éste, filosófico, fatalista, pero muy tranquilo le ha espetado: ¡Pero señor… ¿Cómo quiere usted que no se den la vuelta mis galgos, si vienen por allí los civiles?

Y efectivamente, por detrás del perdedero de los pinares; pequeños en la distancia, aparecía la pareja de la Guardia Civil que efectuaba la ronda cotidiana.

MORALEJA: ¡Eso es saber de caza!... los galgos naturalmente.

El próximo domingo más—Historias Inolvidables—¡Si Dios quiere.