Miércoles, 22 de noviembre de 2017

¿Dios se esconde?

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Un niño preguntó a un escultor: “Señor, ¿cómo sabía que había un león en el mármol?”.

El escultor contestó: “Porque antes de ver al león en el mármol, lo había visto en mi corazón”. Y en efecto así es.

Dios está dentro de cada ser humano. Dios está cerca de cada uno, pero en algunos momentos no le sentimos y su presencia pasa desapercibida. Sabemos que en toda relación hay momentos de intimidad y momentos de distanciamiento y esto mismo nos pasa con Dios. El Señor ha escondido su rostro al pueblo… pero yo esperaré en él, pues en él tengo puesta mi esperanza (Is 8,17).

El Salmista se quejaba con frecuencia de la aparente ausencia de Dios: Dios mío, ¿por qué te quedas tan lejos? ¿Por qué te escondes de mí cuando más te necesito?”. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Lejos estás para salvarme, lejos de mis palabras de lamentos”; “¿Por qué me has rechazado?”. Camino del Norte al Sur y no lo encuentro, no te veo. Por supuesto, Dios no había dejado a David, como tampoco nos deja a nosotros. Varias veces ha prometido: “Nunca te dejaré ni te abandonaré”. Pero lo que Dios nunca promete es que siempre vayamos a sentir su presencia. En efecto, Dios a veces nos oculta su rostro.

Para madurar nuestra amistad y crecer en comunión con Dios, él nos probará y nos sentiremos abandonados y olvidados. Dios parecerá estar muy lejos de nuestra vida.

Henri Nouwen lo llamó “el ministerio de la ausencia”. W. Astó lo llamó “el ministerio de la noche”. Otros lo llamaron “el invierno del corazón”. San Juan de la Cruz se refirió a esos días de distanciamiento de Dios, como “la oscura noche del alma”. Los místicos también han experimentado el silencio de Dios. Después de haberlo encontrado sienten que está lejos y el que es toda luz permite las oscuridades más profundas. San Juan de la Cruz expresa admirablemente el silencio de Dios con aquellos versos inmortales:

 

“¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,

habiéndome herido;

salí tras ti clamando, y eras ido”.

 

Y Él parece que se ausenta por días, semanas, meses, años y sentimos que la oración no hace nada y no consigue ningún cambio. Por más que se ora, por más que se lee y se escucha la Palabra, por más que se busca al Señor, el corazón queda frío como una piedra, no se siente nada. Cuando Dios parece distante, puedes sentir que está enojado contigo. Sí, Dios quiere que sientas su presencia, pero prefiere que confíes en él, aunque no lo sientas. A Dios le agrada la fe. Eso nos reveló Jesús. Y en momentos de oscuridad es bueno recordar: “Nunca dudes en la oscuridad de lo que Dios te dijo en la luz” (V. Raymond Edman). Confía en que Dios cumplirá sus promesas. Gracias a que confiaba en la Palabra de Dios, Job pudo mantenerse fiel, aunque nada parecía tener sentido. Su fe era fuerte en medio del dolor: “Dios podrá matarme, pero todavía confiare en él”.

En nuestros días a ningún sismólogo se le ocurrirá afirmar que Dios decidió una mañana sacudir la tierra, aunque algunos creyentes lo afirman presentando a un Dios sádico con expresiones como: “Dios hace sufrir a los que ama”, o la más popular de “Dios aprieta, pero no ahoga”. “Semejante ‘dios’ –dice Fourez– sería un verdadero neurótico, y lo mejor que podría hacerse por él es recomendarle un buen psicoanalista”.

Rabia, dolor, tristeza, impotencia es lo que sentimos ante cualquier muerte por accidente. ¿Qué hacer, qué decir? Únicamente callar, orar y hacer todo lo posible porque los familiares y amigos de los fallecidos y los corazones de todas las personas de bien tengan un poco consuelo que, en muchos momentos, resulta imposible. Aunque a veces cueste ver a Dios, él está ahí con una presencia especial.

Lo verdaderamente importante, es saber qué hacer ante el mal, sobre todo ante la injusticia que se puede evitar. ¿Hay que cruzarse de brazos? ¿Hay que seguir clavado en la cruz?

Ante el mal no podemos cruzarnos de brazos, aunque a veces tenemos que seguir clavados, ya que no depende de nosotros. Es un misterio que, por ahora, no podemos descifrar. Sólo llegamos a barruntar que Dios calla y es importante el aprender a saber callar. .

En estos días oímos catástrofes por todas partes: terremotos, huracanes...Y una vez más lo diremos: Dios actúa a través nuestro. El bien o el mal del mundo está en nuestras manos. Dios ha hecho todo, nos ha creado a nosotros y nos ha dado las herramientas necesarias para no enfermar, para curar, para sanar. Nos ha dado la inteligencia para poder dirigir y controlar todo lo creado. “Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla”, dijo a la humanidad (Gn 1,28). Ahora el ser humano es libre para escoger el bien o el mal, el amor o el odio. Somos libres y desde el amor tendríamos que servir a los demás (Ga 5,13). Quizá la definitiva respuesta está en estas sencillas palabras de P. Lippert: “¡Señor Dios! Ya veo lo que tengo que hacer y me espanta la tarea: Tengo que hacerte bueno”.