Jueves, 23 de noviembre de 2017

¿Hasta cuándo resistirá esta tensión nuestra frágil democracia?

¿¡Qué tensión!? Dirán algunos observando las playas llenas de gente, las terrazas abarrotadas, el país lleno de turistas…y evitando ver el acuciante problema catalán, el nivel de paro que no cesa, el nuevo caso o trama de corrupción con el que nos despertamos cada mañana, el nivel de deterioro de las instituciones.

Estas vacaciones vi  a una joven en el paseo marítimo de una ciudad francesa, que mostraba en su blusa el cartel “¡Qué difícil tiene que ser vivir sin ser uruguaya!” Al leer el cartel envidié el sentimiento de orgullo de la uruguaya, su contento de pertenecer a una nación…por cierto no exenta de problemas, aunque parece ser llena de valores para sus ciudadanos. A continuación me pregunté ¿cuál sería el cartel del español medio en relación a su identidad nacional? Y no pude por menos de imaginar el texto: “¡Qué difícil es ahora vivir siendo español!  Me salió inmediato, incluido ese “ahora” que revelaba que ha habido tiempos pasados en los que no era difícil vivir siendo español, aunque hubiera que esforzarse, como siempre, en la vida.

Hay un síntoma en las conversaciones de la vida cotidiana, que dura ya varios años y que consiste en lo siguiente: nos encontramos con algún amigo, algún conocido o familiar y si el encuentro se prolonga más de unos minutos, a no ser que nos comuniquen o informemos de algo muy importante de tipo personal, inevitablemente se habla de política. Incluso los que estamos cansados de estar monotemáticamente en torno al mismo tema y nos prometemos a nosotros mismos que no hablaremos de los temas políticos actuales, terminamos hablando de ellos; el estribillo de estas conversaciones es la queja crónica de “qué mal van las cosas y qué poca esperanza hay de que cambien a mejor”. Esta es mi experiencia; no sé si también la de ustedes.

Los psicoterapeutas sabemos que la gente habla de lo que le preocupa. No hay ni siquiera  necesidad  de indicarlo a la persona que consulta. Es así. En televisión, en las tertulias, en los periódicos, en los bares, en los hogares, se habla o discute muchísimo de política. Es lo que nos preocupa. Y dejamos arrinconados los asuntos que nos van bien, o en los que estamos atareados, o los que nos divierten o nos gustan.

Este síntoma, de hablar compulsivamente sobre política, es suficiente para diagnosticar que nuestra sociedad está muy tensa en esta cuestión, que las cosas no van nada bien, que por mucho que la propaganda insista en minimizar el problema catalán, el paro, los salarios o los problemas de asistencia sanitaria, no termina por convencer a nadie. Excepto a los que quieren convencerse a sí mismos que lo peor de todo…es que las cosas cambien.