Jueves, 21 de septiembre de 2017

Odiar es fácil

Es lo que te pide el cuerpo cuando crees que alguien busca tu mal. Es la sed de venganza, el ojo por ojo de los judíos, la justicia natural que pretende equilibrar la balanza para que el agresor se convierta en agredido, para que el que ha causado el dolor lo sienta en sus carnes. Odiar es tan humano que nada tiene que ver con la humanidad del humanismo cristiano. Y no es un juego de palabras, es palabra de Dios. “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos” (Mt 5, 43-44).

Los cristianos -como los del Atleti- siempre hemos sido de ir a contracorriente, de elegir el camino difícil, de no dejar de creer. Y de sorprender al rival –que deja de ser enemigo- comportándonos de un modo diferente. Y lo mismo le damos un abrazo a un preso yihadista que agotamos la camiseta del que falló un penalti decisivo. Amamos la vida y nos ponemos siempre del lado del que sufre. Somos expertos en empatía, en ponernos en el lugar del otro.

Antonio Pampliega es un periodista que sufrió casi 300 días de secuestro en Siria a manos de Al Qaeda. Ha escrito un libro contando su cautiverio. Se titula “En la oscuridad” y en él explica por qué odiar es tan fácil y tan inútil: “Creo que es un acto de valentía perdonar a aquellos que me han hecho tantísimo daño. Lo sencillo es odiar”. Y dirigiéndose a su hermana preñada de rabia contra los terroristas, Pampliega escribe: “Nadie nace malo, nadie. La maldad es circunstancial, no innata. Disfruta de tu vida; es algo que ellos jamás podrán hacer”.

Mi padre, un octogenario con muchos kilómetros, no deja de repetirnos que “al cuerpo hay que llevarle la contraria”. Es una de sus maravillosas sentencias llenas de sabiduría que, con el paso del tiempo, voy empezando a entender.

Tras el último atentado islamista hubo algunos hooligans católicos que aprovechaban el río revuelto de las emociones a flor de piel para mostrar su odio contra la comunidad musulmana. Y me sorprendí odiando a los que odiaban. Me invadió la tristeza. Odio odiar.