Jueves, 21 de septiembre de 2017

Tinc por de la uniformitat

Tengo miedo de la uniformidad. Después de la manifestación ciudadana celebrada en Barcelona el pasado sábado, que con el lema “No tinc por” pretendía la expresión popular y masiva no sólo de esa explícita -y un tanto arriesgada- declaración personal de cada uno de los asistentes (“No tengo miedo”), sino de hacer oír en la calle una sola voz de rechazo a la brutalidad terrorista que unos días antes había azotado la misma ciudad, una casi perfecta unanimidad periodística daba noticia, desde el día siguiente, del rechazo frontal a ciertas expresiones, pancartas, gritos, banderas y hasta silbidos allí exhibidos y expresados, sobre todo los dirigidos contra ciertas autoridades presentes y los relacionados con el proyecto independentista catalán.

Tengo miedo de la uniformidad. La libertad de expresión, uno de los derechos humanos fundamentales que sustancian y dan contenido al concepto mismo de Libertad, ha sido, otra vez, gravemente despreciada después del sábado por casi la totalidad de este periodismo español (por llamarlo de algún modo), tanto de papel como audiovisual, que desde hace ya varios lustros pretende alzarse como voz de la conciencia ciudadana y creador de sensibilidades. Ejerciendo de señalador de sendas de pensamiento, actuando como dictador de los comportamientos que cual liturgias religiosas inscritas en sus libros de lo políticamente correcto o sus calendarios de prioridades, estos inquisidores de nuevo cuño, opinadores, tertulianos, seudoperiodistas y voceros, pretenden acotar, dictar, imponer o dirigir no sólo las expresiones de los asistentes a las manifestaciones callejeras mediante las fórmulas, las frases o las pancartas que tengan a bien dictar, sino diseñar e imponer el pensamiento, las escalas de valores y hasta los momentos oportunos para la expresión, y cuyo incumplimiento o  transgresión acarrea, como sucede desde el domingo, la dura admonición, el frontal desprecio, el intento de desprestigio, el ninguneo y cualquiera de las ya vetustas técnicas del peor amarillismo o, ya perdido hace años cualquier atisbo de probidad profesional en muchos medios de comunicación, el insulto y la difamación.

Tengo miedo de la uniformidad. Podrá argüirse que una manifestación callejera convocada con un lema o con un determinado fin o intención, será más efectiva si los asistentes se ajustan en su comportamiento a las intenciones de los convocantes, pero nunca que la expresión de cualquier otra opinión, aun dentro del ámbito de la manifestación, deba ser anatematizada, despreciada o, como ha sucedido el sábado en las calles barcelonesas, gravemente insultada con calificativos que se ajustarían perfectamente a quien los ha utilizado. El llamado a una manifestación callejera, por mucho que su intención obedezca a causa generalmente compartida, no puede considerarse como una convocatoria formal para decir, gritar y mucho menos pensar únicamente en esa causa. Podrá también decirse que quien así no se comporte podría abstenerse de asistir a la manifestación, pero se olvidaría que la expresión pública de las opiniones no puede ser coartada, mediatizada ni limitada, mucho menos cuando esa expresión se produce en un ámbito público como es la calle y que ahí es la decisión de cada uno la que dicta su comportamiento. Además, convendría no olvidar tampoco que, más allá de la indignación y la carga emocional causadas por los brutales atentados de Barcelona y Cambrils, tanto los actos terroristas como la subsiguiente manifestación de rechazo, se han producido en lugares concretos, contexto específico, circunstancias particulares y fechas que, por mucha abstracción que quisiera lograrse en el recuerdo y homenaje a las víctimas, no podrían significar ni el amordazamiento de otras expresiones, ni el silenciamiento de otros rechazos ya antiguos ni mucho menos el seguidismo a una forma de expresión del dolor que no tiene por qué ser compartida unánimemente.

Tengo miedo de la uniformidad. Expresiones como “ahora no tocaba”, “no era el momento”, “falta de respeto”, “ofensa a las víctimas” y otras con las que se calificaron las libres expresiones de muchos asistentes a la marcha de Barcelona, no revelan sino el intento de utilizar la unanimidad del dolor (que nadie puso en duda) como aglutinante de una uniformidad de pensamiento que, incluso en estas trágicas circunstancias, no existe.