Sábado, 23 de septiembre de 2017

En Macotera, solo huele a tierra mojada


El mes quiere despedirse con una temperatura más fresca y tolerable; así lo he notado esta mañana, cuando emprendía el paseo diario por los senderos del río.

Ya nos encontramos con menos gente forastera, se ve que ya ha consumado los días de vacaciones, y ha emprendido el viaje de vuelta con la esperanza de volver. No sabe cuándo, pero está segura que, para san Roque del año que viene, va a estar otra vez aquí. Es lo ordenado. Se trata de un compromiso que no se puede eludir, de una exigencia de por vida;

pero, a pesar de que el camino se hace más solitario, mi amigo Juanfra y yo permanecemos fieles al ritmo que nos marcan las zapatillas en contacto con las arenillas.

 

Nos hemos encontrado, esta mañana, con Ramón y Pedro Cajarines, junto a la encina del tío Padilla, que envejece en el camino, que decimos del tío Vedija. Se lamentaban de que la lluvia se diese tanto de rogar. La anunció, anoche, el tío del tiempo, pero yo pienso que los tíos del tiempo no dan una. Les ocurre igual que al juego de la lotería, que, de tanto anunciar que te toca, de vez en cuando, aciertan y agracian a alguno.

Aquí, en mi pueblo, solo huele a tierra mojada, y nos tenemos que conformar con las cuatro gotas.

Y, encendidos por su fe, vimos como Ramón y Pedro ascendían por las lomas de los altos del abuelo Pilili en dirección de la Barranca, y, una vez allí, en lo alto del promontorio, me comentaba a mí mismo: “¡estos son hasta capaces de levantar un altar al dios de la lluvia,  de agarrarle de la solapa de la chaqueta, si se pone modorro, y no riega los campos sedientos de la Juara y de otros pagos!”

De lejos, atisbé como bajaban ladera abajo, resignados, porque no habían levantado una liebre ni bando de perdices.

 

Y la encina ciega de tantos polvos del camino, sin luz, sin brillo, sin nada que ofrecer, pues me parecía ya estéril, nos invitó a pasar un rato a su sombra; se ve que estaba ávida de compañía; y, con voz quebrada por los años, nos fue describiendo: “esta ribera, que se extiende desde los zarzales del vallado del abuelo Vedija, hasta el camino del molino, hace unos años, tantos o más de los que yo tengo, era todo un vergel de huertas, con su noria y caseta, sus árboles frutales y plagado de hortalizas: toda una fuente de vida, en la que emergía el cuerpo del hortelano, que se afanaba en abrir canteros y en arrancar hierbajos, y que sirvió de alivio a todas sus familias.

Y una hilera de vallados le hacía de cerca, cuando el río venía de varamonte, dispuesto anegar y arrasar todo lo que pillaba por delante; esos vallados alfombrados de verde, que aprovechaban también las mujeres para exponer, al sol, sus coladas; y los laneros, los vellones de lana, que desgrasaban en aquellos pozanclos que aguijoneaban el cauce del río. Ese río que nunca fue río, de aguas serranas, cristalinas, verdaderos espejos de chopos y de rostros de moza y de mujeres arrugadas de tanta fatiga, en el que los niños cogíamos renacuajos y chapoteábamos contra corriente; río, en el que se me grabó una imagen que aún no se me ha borrado. Yo era muy chico, de ocho o nueve años, la pareja de jovencitos, casi adolescentes, sentada en el vallado, jugaba a los arrumacos y, luego, al acaramelamiento. Yo no perdía ojo, porque no lo había visto nunca; y, de pronto, desaparecieron, y lo que pasó después, no me lo dejaron ver las paredes de la caseta.

 

Nos despedimos de la encina, y caminamos un buen trecho en silencio, en reflexión profunda, con la vista perdida en lo alto de la colina, que sostiene el redil con la piara de ovejas, obedeciendo el compás, que trazaban las zapatillas, al despachurrar los chinarros del camino.

A lo lejos, un relámpago surcaba el espacio y le secundó un trueno. El hombre del tiempo no acertó, como casi siempre, y el intento de sacrificio al “dios de la lluvia”” de Pedro y Ramón, debió esfumarse con el viento.