Sábado, 19 de agosto de 2017
Béjar al día

El origen de mi nombre

El relato de una escritora que ha encontrado en el nombre de Guiomar, la inspiración para ensalzar las bellezas de la villa renacentista bejarana

Fuente de los ocho caños de El Bosque
 
Mar Fernández, novelista

Guiomar no estaba muy contenta aquella calurosa tarde del mes del Agosto, mientras paseaba con sus padres y hermanos en dirección a la finca ‘El bosque’, un parque renacentista único en España, según iba relatando su padre. Y a pesar de su intención de ignorarle, ya que seguía enfadada con él, no pudo evitar seguir el hilo de lo que contaba, ya que ambos amaban la historia y el arte. Quizás ese era el único nexo que permanecía inalterable entre ambos desde que llegara a la pubertad.

            Su padre actuaba como un guía turístico, suponía que por su profesión, profesor de historia del arte en la universidad complutense de Madrid. No podía negar que su voz cadente y la pasión que mostraba cuando refería las grandezas de cada ciudad que visitaban, lograba despertar algo en su interior.

            Normalmente disfrutaba de los viajes que realizaban, conociendo cada rincón de España,  pero aquel año no, hubiera preferido pasar aquellos días con sus amigas, que habían planeado un viaje a Ibiza para celebrar el fin de carrera tras un duro año de arduo trabajo. Pero no, nada había salido como ella planeaba, la muerte repentina de una tía de su padre les había llevado hasta un pequeño pueblo situado a escasos kilómetros de Béjar, donde sus padres habían decidido pasar el verano. De nada habían servido sus protestas, sus gruñidos o ignorarles durante días. Y allí estaban, toda la familia al completo.

            Había escuchado hablar cientos de veces de la ciudad de Béjar, y quizás por eso no le seducía lo más mínimo pasar dos semanas allí. Su padre tenía gran apego a aquel lugar, donde había pasado largos veranos en casa de su abuela, y a pesar de eso nunca había llevado a su familia a aquel lugar, cosa que intrigaba a la joven.

            —Y este es el inició del viaje —exclamó su padre triunfal, deteniéndose ante unas enormes puertas de hierro forjado finamente ornamentadas—. La Casa ducal bejarana, entre sus muchas posesiones, contaba con un profundo bosque donde se solía practicar la caza. Estaba situado a las afueras de Béjar. El duque de Béjar, Francisco de Zúñiga y Sotomayor mandó edificar un palacete, un oratorio anejo, un bello estanque y parqués y jardines a su alrededor. El palacete está presidido por un gran estanque en cuyo centro hay un templete acogedor y romántico. El conjunto está rodeado de varias fontanas de piedra al gusto renacentista aunque ya tardío…

            —¡Oh, papá, no seas aburrido! —exclamó Gabriel, el pequeño de la familia, mientras se cruzaba de brazos y fruncía el ceño.

            Francisco tuvo que contener la risa al escuchar las palabras de su hijo menor. Comprendía que a sus escasos diez años aquello le resultara de lo más aburrido. Ya tendría tiempo de darle la importancia que lugares como aquel tenían, la gran suerte de conservarlos aún, a pesar de los siglos transcurridos.

            —Isabel —llamó a su mujer, que sonrió cuando sus miradas se cruzaron—, porque no llevas a Gabriel y Ana a ver los jardines, estoy seguro de que les encantaran las fuentes y sus juegos de agua.

            —¿Juegos de agua? —preguntó Gabriel, interesado por primera vez en aquella visita.

            —Por no hablar de los arboles, que son tan anchos que podría construirse una cabaña en su interior —añadió su madre, mientras le guiñaba un ojo. Cogió a ambos niños de la mano y comenzó a pasear por el camino de acceso, dejando a Guiomar y a Francisco solos.

            Padre e hija caminaron en silencio, uno junto al otro, perdidos en sus propios pensamientos. Solo detuvieron sus pasos al llegar a la fachada del imponente edificio. Guiomar no pudo evitar elevar su mirada y clavarla en el dintel de las ventanas. Leyó la leyenda en ellos labrada: “Ano dominus. Franciscus bejaranensis dux huius moninis: secundus: et Guiomareius usor: haec erigebant, 1567." Durante unos segundos se quedó muda por el asombro. «Guiomareius, Guiomar», se dijo confusa. Durante años, sobre todo en su infancia, había odiado su nombre. Había tenido que soportar bromas sobre el mismo y sus padres nunca le quisieron contar de donde provenía o el porqué de utilizarlo para bautizarla. Giró su rostro, y por la expresión sonriente de su padre, supo que allí estaba la clave, y como si le hubiera leído la mente, le dio la respuesta que había esperado años antes.

            —Sí, hija mía, de aquí, de este lugar apartado y hermoso proviene tu nombre. Cuando era niño, y este lugar estaba olvidado de la mano de Dios, mi abuelo solía traerme aquí. Creo que fue entonces cuando decidí lo que quería hacer con mi vida. Este palacete, que puede parecer insignificante, me atrapó en su influjo y nunca se alejo de mi mente, alentando mi interés y amor por el arte. Cuando tu madre y yo supimos que ibas a ser una niña, el nombre de Guiomar, aquel que tantas veces había leído en estos dinteles, afloró en mi mente y no pude evitar llamarte así.

            Francisco se sintió agradecido cuando la mirada de su hija se ilumino y le regaló una de sus maravillosas sonrisas. Estaba claro que aquel secreto, que siempre había guardado celosamente a pesar de la insistencia de la niña, ahora se desvelaba para su disfrute, para el disfrute de ambos. Su intención había sido desvelar el misterio de su nombre cuando ella pudiera llegar a entender su valor, y había llegado el momento.

            Y como si un resorte se hubiera activado en la cabeza de Guiomar, comenzó a bombardear a su padre con preguntas del lugar y su historia, como hechizada por aquella magia que décadas antes había atrapado a su padre. Francisco respondió a cada una de ellas con la mayor paciencia. No por nada conocía aquel lugar como la palma de la mano. Había hecho su tesis sobre el palacete de los Duques de Béjar sin casi esfuerzo, y todo estaba celosamente guardado en su cerebro.

            Pasearon por los alrededores sin cesar de hablar, hasta que llegaron a una especie de estrado, situado frente al palacio, con una forma circular de lo más peculiar.

            —Se cuenta que los duques de Béjar solían organizar fiestas literarias, donde se concentraban sus amistades y a las que asistían personajes ilustres de la época —relató Francisco, con la vista perdida en la gran edificación frente a sí—. Según viejos documentos Góngora y tal vez el propio Miguel de Cervantes, asistieron a dichos eventos. ¿Te imaginas, Guiomar? —expresó, clavando la mirada en el rostro embelesado de su hija.

            —¡Oh, claro papá! También estoy viendo ante mí a varias barquitas sobre el estanque, donde las damas y caballeros de la época navegan mientras conversan animadamente.  Allí —dijo señalando el lugar al que aludía—, en el pequeño templete un cuarteto de cuerda hace sonar varias notas musicales.

            Sí, efectivamente Guiomar se sentía embrujada por aquel lugar lleno de historia, que nunca pensó encontrar en una pequeña localidad situada en una de las provincias con el mejor casco histórico, Salamanca. Ahora sabía que no había sido un error pasar las vacaciones en Béjar, un lugar al que regresaría y llevaría en su corazón siempre.

Mar Fernández Martínez
Novelista