Sábado, 19 de agosto de 2017
Béjar al día

Gil Laso Fraile. La gubia certera

Los grutescos de Gil nos muestran el carácter melancólico, atormentado, excitante y confuso de sus pensamientos. Esa pasión es lo que realmente expresa en toda su obra

Gil Laso Fraile

Como en ninguna otra expresión artística, la escultura o  la talla  están ligadas a la materia, a la masa. Tanto la  escultura como la talla  son expresiones del arte que se desarrollan eliminando la parte sobrante  que nos impide ver la realidad que se esconde en la materia, tanto es así, que la figura,  el detalle o el motivo, aparece en la medida en que nos deshacemos de lo superficial, de lo banal.

Gil Antonio Laso Fraile nació en Valdunciel, provincia de Salamanca, el 14 de febrero de 1912. En este  año, se hundió el transatlántico británico ‘Titanic’, en la madrugada del 15 de abril, durante el viaje inaugural de Southampton a Nueva York y donde fallecieron 1.514 personas de las 2.223 que iban a bordo.

A su llegada a Béjar, en 1919 por el pedrisco y la ruina que sufrieron las tierras que cultivaba su padre como colono, Gil cuenta con siete años de edad e ingresa en el colegio de los Padres Salesianos,  para empezar su formación. Años  más tarde lo haría en la llamada Escuela de la Plaza, estudiando con Emilio Herrero y por último en la escuela de Manuel Verdejo.

En 1926, por recomendación de un hermano de su madre, Manuel Fraile Hernández, sacerdote salesiano, Gil con 14 años de edad deja la escuela de Verdejo y viaja a Sevilla con objeto de aprender un oficio en las Escuelas de Artes y Oficios Salesianas de la Santísima Trinidad y formarse en un principio como sastre, según indicaciones de su tío y de su madre.

En los recorridos por los distintos talleres de la escuela salesiana Laso  se da cuenta de que su verdadera vocación no es la de la transformación de los tejidos sino la de tallista de la madera. Va  al taller de madera y admira  cómo los jóvenes como él labran la madera y extraen su alma.

Sus profesores vieron desde el primer momento el buen hacer y la  mano de Gil a la hora de elaborar con calidad y precisión sus trabajos, llegando incluso a firmar con pequeñas iniciales sus tallas. Durante los años sevillanos en el centro salesiano completa los estudios de talla con los de dibujo demostrando en esta asignatura gran destreza y facilidad para los trazos en lápiz que, más tarde, deberá trasladar a la superficie de madera para iniciar el desbastado y concluir en la figura o motivo diseñado.

El 23 de julio de 1927 obtiene “Diploma y Premio de Segundo Grado por su comportamiento y aplicación en los estudios y oficios” y al año siguiente, el 25 de julio de 1928, el “Diploma de Primer Grado por su buena conducta y notable aplicación en el Tallado”.

El alumno Gil ya iba cosechando honores y premios desde temprana edad.

Gil también pasó por la Escuela Elemental de Trabajo de Béjar, matriculándose con 18 años para Oficial de Carpintero Ebanista el 30 de septiembre de 1930.En ella permaneció durante tres cursos académicos hasta  1933.

Moisés

“Me gustaba la dureza de la madera y el tratamiento que este material exige para extraer todo su arte”. “Lo más grande de este mundo es el saber y yo tengo ansias por saber”.

En 1936 al  estallar  la guerra civil, es movilizado y llamado a filas. Gil tiene 24 años. Durante el conflicto civil, a Gil le tocó deambular por varias zonas de la geografía española. En los primeros momentos en el frente del Tajo en Oropesa y por Arenas de San Pedro, para pasar después a Asturias, donde recibió  un impacto de metralla.

Permaneció en Madrid, en Carabanchel, durante cinco años una vez concluida la contienda, trabajando como mecánico y  en su verdadera vocación como artista de la talla. En 1944 regresa a Béjar empleado una vez más en las fábricas textiles y rescatando en sus tiempos libres el arte de la talla. Gil, que  tiene entonces 32 años, se entera de un certamen organizado por la Obra Nacional de Artesanía en Oviedo. Presenta un cofre tallado durante la guerra cuando estaba en San Martín de Valdeiglesias. Marcha por esta razón a Oviedo y además a trabajar de tallista en el taller de Antonio Carrasco Palomares, permaneciendo allí seis meses.

En Oviedo se lleva una sorpresa: le comunican que ese certamen es exclusivo para tallistas y artesanos asturianos. A pesar de todo le permiten presentar la obra fuera de concurso y una segunda sorpresa le acaece cuando, dada la calidad de la misma, obtiene premio y diploma.

“El jurado calificador accede a darle “Diploma Mérito de 1ª clase otorgado al artesano Don Gil Laso Fraile por su trabajo de Talla en Madera en el concurso provincial de artesanía celebrado en Oviedo en el mes de septiembre de 1944”.

Al regreso del certamen de Oviedo comienza a trabajar para los diversos talleres y fábricas de carpintería y ebanistería que hay en Béjar, Hervás y Plasencia, con obras menores y donde lo hace por encargo. “Estoy harto de tanta cornucopia y copete…”, llega incluso a decir con cierta rabia. Se da la circunstancia de que una de estas fábricas de muebles era la de  Manuel Álvarez-Monteserín Hernández quien, además junto con  Eloy Hernández Domínguez, cuñado del anterior, escultor bejarano y amigo personal de Gil, fueron dos de sus profesores en la Escuela Elemental de Trabajo de Béjar. Eloy Hernández Domínguez tuvo el gusto de esculpir el único busto que existe de Gil Laso.

Panel en el santuario de El Castañar

Convencido de que tenía que establecerse por su cuenta, pues su obra se estaba perdiendo y su buena mano no estaba siendo suficientemente reconocida, monta el que fuera su taller definitivo en 1952 en la Plaza de San Juan Bosco, en donde trabajaría  mucho y por encargo.

Gil tuvo como compañera inseparable durante toda su vida a Juana Barroso García. Conoció a Gil antes del conflicto nacional de 1936 y se casaron en la parroquia de San Juan Bautista de Béjar el 6 de septiembre de 1942. La pareja tuvo cuatro hijos: Manuel, Pilar, Miguel Ángel y Mercedes.

Pero si hay que destacar en Gil Laso algo realmente excepcional, es su maestría a la hora de realizar en sus obras los llamados ‘grutescos’.

Gil talla con pasión este tipo de decoraciones a modo de libertinaje, como divertimento, en juegos de simetrías y equilibrios, con plena libertad y tal vez aludiendo al mundo onírico. La originalidad de sus grutescos la  encontramos en el encanto que provocan, en la negación del espacio y la fusión de los elementos junto con la ingravidez y la insolente proliferación de híbridos. Estamos ante un mundo de formas semivegetales y semianimales de figuras sin nombre merced a un mundo atormentado.

Se puede hablar de Laso como un gran especialista en grutescos. Estudioso  de las obras escultóricas de las distintas iglesias que fue visitando a lo largo de su vida, se complacía en examinar los paneles y casetones decorados así, sugiriéndole ideas que llevaría posteriormente a su mundo de fantasías e irrealidades. Son voluptuosos y a la vez ligeros con los rasgos de la “terribilitá” propios del renacimiento.

El artista representa formas monstruosas hijas del capricho de la naturaleza o de la extravagancia del artista. Son formas y seres fuera de toda regla, colgados de un filamento que jamás podrían haber soportado. Transforma en hojas las patas de un caballo y las piernas de un hombre en patas de grulla. Se trata de tallar lo inédito, lo imposible, introduciendo seres de quimera.

Talla de querubines de Gil Laso

La presencia humana es fundamental con niños desnudos y alados (ángeles, querubines y serafines) jugueteando entre el follaje o cabalgando sobre animales mitológicos y candelabros y vasos tomando entre sus manos diversos zarcillos o cuernos de la abundancia. Y el ser humano representado en sus últimos momentos adquiere modalidades distintas de lucha, gestos de dolor, terror y amarga comicidad.

Los grutescos de Gil nos muestran el carácter melancólico, atormentado, excitante y confuso de sus pensamientos. Esa pasión es lo que realmente expresa en toda su obra.

Es muy amplia y variada la obra de Gil Laso. Digna de mención es la talla de  los paneles laterales del retablo del santuario de Ntra. Sra. del Castañar, en Béjar o los distintos bargueños y mobiliario doméstico que realizó para particulares así como la caja de reloj de mesa profusamente tallado y que recrea en su contorno la evolución del hombre, por no hablar de la copia en alto relieve del Moisés de Miguel Ángel o la representación en talla de la pintura mural de ‘La última Cena’ de Leonardo da Vinci.

El año 1988 sería el último de su vida. Casi lo finaliza pues falleció el 21 de diciembre.

El hombre, el carácter,  el genio, se nos iba y se nos fue, pero la obra permanece para dar gloria de su personalidad, sabiduría, sensibilidad, técnica, maestría y generosidad, para recordarnos que  Gil Antonio Laso Fraile es y será siempre “un hombre de talla”.

Manuel Álvarez-Monteserín Izquierdo

  • Discurso de ingreso de Manuel Álvarez-Monteserín en el Centro de Estudios Bejaranos