Lunes, 23 de octubre de 2017

Tú y Yo, discapacitados

Hace unos días un grupo de personas entre las que había algunas con diferentes discapacidades entraron con sus monitores en una pizzería (si el poeta fuera Dámaso Alonso y la pizzería fuera un río, se adivinaría fácilmente su nombre), como tantas veces han entrado en otras y en otros establecimientos.

En esta ocasión el encargado o quien fuera los echó fuera, negándose a servirlos. Algunos monitores y madres se salieron del establecimiento por discreción con la media docena de personas con discapacidad y otros se quedaron para presentar protesta. Los de la pizzería se negaron a entregar la Hoja de Reclamaciones y no lo hicieron hasta que llegó la policía. Aunque pongan, sin ningún tipo de acreditación, un cartelillo sobre el “derecho de admisión”, tienen que leer el art. 511 del Código penal que es de rango superior. Ya he avisado a mis amigos y a mis deudos para que no consuman nada en ese establecimiento ni siquiera en caso de extrema necesidad. Como si estuviera envenenada. No se merecen otra cosa.

Yo pertenezco a otro grupo de personas con discapacidad y que está dentro de la misma organización que el grupo de la desdichada pizzería. Y tengo larga experiencia, de muchos años, de trato cercano, personal y profesional, con personas con alguna discapacidad, ligera o profunda, que para el caso es exactamente lo mismo, pues tanto da. Y como ciudadano me hiere especialmente la discriminación que todavía se hace en algunos espacios, fanáticos y muertos, como esta infeliz pizzería contra personas de estas capacidades, o discapacidades según se vea y según se quiera decir, que es lo mismo; o no es lo mismo, depende de la intención.

Y no se trata, ¡nada más lejos!, de que haya que tener especial conmiseración hacia estas personas dada su situación. Ni hablar. Ni compasión ni discriminación positiva ni pena ni lamento ni nada, sino normalidad en el respeto y en el trato, normalidad en la atención y en la dignidad. Y ya está.

Aunque no es tan sencilla luego la nor-ma-li-dad, porque son personas tan atentas y cumplidas, tan amorosamente vivas y tan hábiles para la ternura y la sonrisa, con tantas facilidades para la relación y la empatía que no puedes menos de responder con una distinción muy especial. No hay otro remedio. Y de hecho así se da siempre que se les trata desde cerca y sin filtros.

Y lo más curioso del caso no es eso; es que no hay nadie en Salamanca, y menos al parecer en el grupo responsable de esa pobre pizzería, que no tenga (o sea, posea, sufra, disfrute, sobrelleve, mantenga, adquiera, consienta, muestre, etc., etc…) alguna discapacidad. Como pasa siempre, algunas serán leves y otras serán graves. Pero da igual. A ver si ahora vamos a hacer niveles de personas según sus capacidades (todos las tenemos) y sus discapacidades (todos las tenemos también), incluso para entrar en una despistada y ridícula pizzería.

Porque efectivamente, yo, y tú, estoy/estamos lleno de discapacidades, soy un discapacitado, un discapaz, un minusválido, un disminuido (¡qué lio se hace el DRAE con todo esto!, con lo fácil que queda “personas con discapacidad”) en toda regla, aunque lo mío no cuele, ¡todavía!, en la lista preconcebida por la Junta de Castilla y León para sus prestaciones sociales.

Sólo algunos ejemplos, discretos para no ponerme en demasiada y vergonzosa evidencia; yo/tú no soy capaz de usar más del 10% de mis posibilidades mentales, mi/tu velocidad de crucero comparada con la de una liebre es totalmente ridícula, mi/tu visión está más cerca de la ceguera que del nivel de la mayor parte de pájaros y cuadrúpedos, yo/tú para recoger una moneda del suelo tengo que hacer ya cierto esfuerzo, yo/tú no consigo repetir una cifra de diez dígitos, yo/tú para leer identifico en un solo golpe de vista cada palabra o a lo más dos o incluso tres a la vez pero no más, yo/tú no tengo visión posterior y para ver lo que hay detrás de mí no lo consigo aunque mueva la cabeza en un giro que no alcanza ni de lejos todo el panorama circular, yo/tú a veces se me acaba la paciencia y se me agota el aire si la escalera es de varios pisos, etc… Una verdadera pena.

Efectivamente soy discapacitado o discapaz o disminuido o minusválido o lo que sea. Y estoy dispuesto a hacer una lista de cien discapacidades mías, tan normales como evidentes y lastimosas, si alguien me las pide. Estoy tentado de enviársela a la desdichada pizzería de marras para que las apunte para la no-admisión… Ruina total sería, porque todos, como tú y yo, somos personas con discapacidad.

Por eso quiero denostar (literalmente, quitar la fama) a esa torpe pizzería que sin sentido alguno de lo que debe ser la hostelería (literalmente el arte de acoger al de fuera) no dejó entrar a gente de tan alta dignidad como era aquel grupo de personas a las que les negaron hasta el Libro de reclamaciones. Ay, Señor.