Jueves, 17 de agosto de 2017

La seducción de lo exclusivo.

Resulta cansino escucharse y aún peor escuchar. Escucharse unos discursos henchidos de “palabros” tales como libertad, igualdad y fraternidad o “a cada uno según sus necesidades” ¡Uno queda tan a gusto, ante un grupo de amigos, pronunciar tales peroratas! ¡Uno queda, tan reconciliado consigo mismo! Tan reconciliado, que se besaría así mismo en los morros. Normalmente, esos desbordes emocionales encuentran su origen en algún cubata trasegado. Sin cubata no hay timbales, ni proclamas que valgan. Uno se mira al espejo por la mañana y sabe, mejor que nadie, que, de una u otra manera, es un oportunista vergonzante. Tengo un perro, ya he hablado de él, se llama Levi y es el paradigma del oportunismo. Come de lo que le eches, gime, mendiga, se arrastra pegando al suelo su trasero en señal de sumisión. Lo que se dice, carece de “amor propio”. Eso sí, posee una cualidad asunte (casi) entre los humanos: es fiel, no miente, no se miente. Nosotros nos mentimos, me miento, sin cesar. En honradez el Levi nos da cien mil vueltas. Recuerdo haber viajado en primera dos o tres veces. Me lo pagaban. Recuerdo haber estado en la sal VIP del aeropuerto internacional John.F.Kennedy de New York. Recuerdo avergonzado la sensación que tenía de “ser alguien”. Una emoción que te salía de las entrañas mirando al pasaje de la perrera, haciendo cola, con sus billetes en la boca ¡Mírenme, sufran, admiren, envidien! Muy triste, muy cutre. Vale pelear uno con sus demonios. Lo insufrible es pelear con los ajenos. Las mentiras ajenas, las proclamas ajenas desnudan, a la postre, tus inconfesables apetencias íntimas. Por eso te resultan insufribles. Quiero decir, no puedes proclamar “urbi et orbe” tus afinidades socialistas, comunistas o lo que sea, movido tan solo por la frustración o el resentimiento. A su vez, no puedes invocar la “legalidad” al uso, solo para preservar tus espurios privilegios económicos y sociales. Una norma puede ser legal, pero no legítima, se me ocurre. ¡No! La justa distribución de la riqueza, la igualdad de oportunidades, la tolerancia, son conquistas humanas irrenunciables. No hay “buenismo” detrás de tales reivindicaciones, solo hay pura inteligencia. La gente ilustrada (y liberal), de derechas, tiende a encubrir su preferencia   escondiéndose detrás de lo más aproximado a sus cursis ensueños, a saber: marcas blancas y baronías. A su vez, ciertas izquierdas resentidas buscan su lugar en la élite y el cenáculo, mirando desde arriba. No hay uniformes. No debe haber personas uniformadas. No hay centros y extremos. Sólo hay compromisos. Compromisos para construir un mundo más habitable, más humano y menos darwinista. “Mi hija cursa sus estudios secundarios en Canadá” o “tres días a la semana recibe clases de equitación” o “se ha casado con el más rico del pueblo” o “veranea en Ibiza”. ¡Oh, señor o señora, no sean tan necios! La vida tiene un sentido. La vida de cada uno tiene un por qué. Uno es porque otro es. Si uno no reconoce al otro no se conoce en absoluto. La vida no consiste en ser eficiente (rico) o ser feliz (pasármelo de puta madre). Consiste, ese suspiro que llamamos vida, en caminar junto a ese otro que eres tú. Al otro se le puede querer, ignorar e incluso enfrentar, pero nunca dejar de comprender.