Martes, 17 de octubre de 2017

Estatuas de sal

Tal y como hace semanas, en que la política y la prensa españolas (cada vez menos diferenciadas en sus fobias y sus babas) lanzaron todas las campanas al vuelo de titulares y celebraciones y plenos y algarabías, para celebrar-conmemorar-recordar-alimentarse de los cuarenta años de lo que ellos llaman ‘el triunfo de la democracia’, que asocian con la celebración de las primeras (y demediadas) elecciones post-franquismo en España, el año próximo (al tiempo), se vestirán de fantoche setentero y de abuelo cebolleta con los farolillos que recuerden la aprobación de la Constitución del 78 (otra que tal con sus reservas, sus compromisos y sus dejes clasistas) o cualquier acontecimiento cuyo aniversario termine en cero.  Así, los veraniegos últimos días de julio ha sido celebrado, impuesto, repetido y baboseado el vigesimoquinto aniversario (¡también vale que termine en cinco, qué puñetas!) de los Juegos Olímpicos aquellos de Barcelona que, según la historia oficial significaron una puesta de largo no sólo del deporte hispano, sino de cosa tan pomposa como nuestro lugar en el mundo, ahí es nada, y según los más prosopopéyicos de nuestros adláteres de la cosa de la rememoración y el chuleo histórico, un punto de inflexión en el envidiable devenir de la piel de toro. Y ni se ruborizan.

Ya ni sospechosa, por repetitiva, esta afición de la oficialidad española por retornar una y otra vez a un pasado que a ellos debe parecerles el culmen de lo exquisito –todos empezaron allí a vivir de ese cuento-, a juzgar por los espacios, tiempos y repeticiones que dedican a rememorar unas fechas que, si bien se miran, no son sino fogonazos en un devenir más bien mediocre y oscuro en que se fue forjando y asentando un modo de vida en que se perdieron rápidamente valores tales como la solidaridad, el humanitarismo, la igualdad,  una cierta instancia de la fraternidad o eso tan indefinible como la buena vecindad que, aunque no muy abundantes ni en el setenta y siete ni en el noventa y dos, si bien miramos se tornan envidiables hoy tal como está el patio.

Pretender que los éxitos del pasado (un decir), sirvan para que, hablando constantemente de ellos oculten la posibilidad de hablar y desvelar o despejar un futuro vulgar, oscuro y desesperanzado, además de ser un recurso de una simpleza escalofriante, constituye una forma de comportamiento que recuerda demasiado al dirigismo informativo de otras épocas y casi calca cada punto de los manuales de des-información y propaganda de las dictaduras (caudillistas, del proletariado o cualesquiera otras). La a todas luces exagerada importancia periodística e incluso informativa, dada al vigésimo quinto cumpleaños de la Olimpiada de Barcelona, al igual que con otros acontecimientos de la llamada Transición Política (signifique lo que signifique esa expresión), revela una inocultable manipulación del sentido de la información, una ausencia de medida y un pavoroso descenso de la exigencia periodística, infectados todos de un posibilismo tan barato como trivial y mediatizados por una escala de valores (otro decir) más parecida a la insoportable narración de las “batallitas” que el anciano abuelo de la casa refiere a la prole en cuanto tiene ocasión (con la abismal diferencia de que, en realidad, abuelos tenemos cuatro para saltar de uno al otro, y órganos informativos sobre ciertas cosas, sólo uno, repetido, igual, cansino y aburrido hasta la extenuación, por muchas cabeceras, nombres y tendencias que digan tener.

Uno de los principios de la psicología evolutiva afirma que la constante mirada al futuro constituye la principal herramienta de la esperanza y, por consiguiente, de la fuerza para el logro. Por el contrario, la permanente mirada atrás, el paladear y hozarse en lo que fuimos como única razón para afirmar el presente, el estiramiento del aquéllo, del fuimos o del éramos, la mitificación del atrás y la dulcificación constante del recuerdo, no son sino noticias de la impotencia, razones de la cobardía y siempre, siempre, las estatuas de sal de la quietud.