Lunes, 23 de octubre de 2017

Termino de llegar

Calienta. Cuando me calé el sombrero para salir al campo, me tuve que poner una chambra, pues refrescaba. Hoy, he pateado un cuarto de término encadenado a mi sombra. Todo un trayecto. Mi sombra me iba delante, imitando mis movimientos; en otra posición, se ponía a mi lado y conversaba conmigo; en otra postura, se colocada detrás, y sentía cómo se mofaba de mi facha, desgarbada y cansina, de los muchos andares y de las mil fatigas; pero, a pesar de todo, mi sombra me sigue teniendo cariño, y me ha jurado morir conmigo, y que ella no se queda, en este mundo, sin mí. Mi amiga fiel.

Hoy, he tomado una ruta nueva, desconocida, y me he perdido, porque no sabía por dónde tirar, aunque los puntos de referencia me orientaban en la distancia. Seguí el camino de la fábrica hacia Guedejas, y me llevó la curiosidad por un sendero a la derecha, (antes de llegar a los “Infiernos”), y lo seguí en busca de una salida; mientras avanzaba, ni un alma, ni un pájaro; en la rastrojera, sesteaban diseminados rebaños de pacas, que esperan al mayoral que las embarcase para la hacina; alguna tierra salpicada y sembrada de cardos de luminaria de la Virgen de la Encina; y, muy raro, tan raro, como que yo me metiera por allí, un coche colorao, aparcado a la vera del camino; tenía matrícula de Madrid, me la aprendí por si era necesario comentar nuestra locura. Lugares de “valdes” (valle) como Valderrón, Valdelamora, Valdesalegas, Valdeviterna, (valle de la vida eterna, con su fuente de agua milagrera, que curaba los males corporales y espirituales); tierras de pleitos.

E, intermitentemente, le preguntaba al campo ¿dónde se han metido los pájaros y las alondras y las perdices y las liebres y las alimañas y …?

Y se me encogía de hombros.

Y andaba un tramo más, y le volvía a interrogar por el hombre encorvado, sobre la tierra, que hacía la siembra, y la siega, y la escarda, y esparramaba basura, y se alzaba para encaramar los haces a la barcina…

Y arrugaba el ceño.

Y deambulaba un poco más, y le intentaba sonsacar sobre qué ha sido de aquel olor a tortilla, y a torreznos, y a cebolla, a vino de barril…

- ¿Qué quieres que te diga yo?, me espetaba.

Y mientras subía una pequeña loma en silencio, el campo aprovechó el momento, para devolverme las preguntas.

- Oye, Timi, ¿por qué no se ven alondras en estos mis parajes, ni hombres con abarcas, ni yuntas, ni fiambreras brillando al sol, ni…?

Yo sí tenía respuestas y se las di; las mismas explicaciones que le hubieses dado tú. Entonces, el campo se sumió en sus pensamientos, mirándome sin ver, sin comprender; como un alucinado sin luz, y se tocaba los vestidos, confuso, como ido, y aterrado al mismo tiempo. Intenté reanimarlo, desprenderle su angustia  y reconfortarlo:

- ¡Campo, tú todavía estás aquí!

Y antes de cruzar la carretera, en un cacho de prado, pastaban unas vacas; cortésmente, levantaron la cabeza para saludarme, y continuaron a lo suyo; unos ciclistas sudaban un trozo de cuesta; crucé la carretera y mi curiosidad continuaba llevándome de su mano. Caminaba al son que marcaban mis pisadas, que reventaban las mil arenillas; mi sombra era mi única compañera; y bajé una cuesta, y llegué a una pequeña encrucijada de caminos: enfrente el monte y unas casas; me percaté de que me hallaba en el monte de los Gómez, porque, en esa explanada de casas y prado, nosotros, de más jóvenes, celebrábamos los actos del primero de mayo, con juegos y merendolas. Me decidí por el camino de la derecha, que mira a las lomas del prado en lontananza; en una tierra de pajas, cercada de alambre, una piara de vacas almorzaba plácidamente; y, con mucho respeto y extrañeza de mi presencia y figura, alzaron la cabeza para preguntarme si necesitaba algo o qué buscaba por allí. Correspondí a su gentileza, y continué camino abajo; me tropecé con una panda de zarzas, apoyadas en el vallado de un pequeña cañera: todas las moras heladas, ateridas por los fríos de la noche; un coche bajaba por un camino, procedente de la carretera; me observó y, al verme por allí perdido por esos andurriales, para mí casi desconocidos, paró; el amigo Goyo iba a ver sus vacas, y me señaló la Cabezota y, de repente, se despertó, en mi memoria, la imagen de la charca, de la fuente de agua cristalina y del grillo cantaor, que traje bajo el sombrero, y que armonizó tantos mis sueños y compitió con tantos mis ronquidos, y también me mostró la senda que debía conducirme a mi casa; pero, ya que estaba en el monte, quería comprobar si había buena cosecha de montanera y, a fe, que las copudas encinas están plagadas de bellotas: buen año para el recebo del ibérico; y, asimismo, contemplé un ala de color gris y negra de paloma, apoyada en la sombra de una encina: único vestigio de vida.

Trochando tierras de buen pan llevar, abriendo camino al andar y guiado por la rodera de un tractor, di con el camino de Tordillos a Santiago; la charca del prado reseca como el campo, ni una gota de agua, con una corona de hierba más verdeja en la frescura de su clave; los huertos familiares, sin oficio ni beneficio, esperan nuevos inquilinos que los reconviertan en vergel.

Ya notaba el cansancio y apenas me encontraba con alguien, que me sirviera de pretexto para detenerme a aliviar el jadeo: Y llegué a casa con catorce kilómetros a la espalda, medio desfallecido, hambriento de agua y de energía de quemar, con mucho sudor en las axilas y en la cintura; pero, contento, porque había atendido el consejo del médico y me había dado tiempo a ser feliz y a hilvanar estas líneas, que saben a naturaleza, a sol, a sudor y a fatiga; a recuerdos, no añorados por su dureza de sed y lágrimas; y a fragua forjadora de hombres recios, nobles, aguerridos y austeros, que bien merecido tienen el disfrute de unas fiestas de verano, que saben a gratitud por lo recibido.