Lunes, 23 de octubre de 2017

La fotografía. Documento y creación artística

 

La cámara puede retener con precisión una cantidad ilimitada de detalles. El ojo, sin embargo, sólo puede registrar un número limitado de fenómenos, mientras que Además el ojo de la cámara no es subjetivo y no se cansa.

El encuentro observador-objeto debe ser únicamente con la memoria humana y la investigación debe detenerse en los límites de la memoria. La memoria fotográfica proporciona detalles que no siempre se perciben a primera vista. Es una parte genuina de un acontecimiento concreto, y además ofrece una oportunidad de investigación más amplia. Esta posibilidad puede llegar a transformar una impresión en un razonamiento lógico. Las fotografías aumentan los puntos fijos de la realidad verdadera y además dan mayor proyección a sus resultados

Usamos las cámaras para crear imágenes que, a su vez, crean y evocan una realidad que es tanto pasada como presente. Las cámaras son usadas y manipuladas de esta forma por aquellos que se encuentran a ambos lados del visor: no solamente el fotógrafo manipula la imagen que toma, los "sujetos" fotografiados pueden también manipular y organizar la manera en que son fotografiados. La fotografía puede llegar a ser, por tanto, una estrategia manipuladora.

El flujo de relaciones, acontecimientos y estados de ánimo provocan una serie de interconexiones que interactúan influyéndose mutuamente en el mágico y decisivo momento de la toma para capturar lo que Cartier-Bresson (2003) denominaba el "instante decisivo"; de forma que la imagen final, la fotografía que llega a la mirad de cualquier observador anónimo, es fruto y resultado de tal cúmulo de intereses y circunstancias.

En contra de la opinión general y generalizada de que la fotografía es ante todo un documento, hemos de plantearnos la fotografía como representación, cuyo valor documental, que sin duda existe, es importante, pero no es el único valor, la fotografía representa mucho más, legándonos no sólo su valor de documento histórico, sino la riqueza de un lenguaje y un mensaje articulado en el pasado, inscrita en sí misma, que espera, como la bella durmiente, a que alguien la despierte de su letargo y se deleite en su verdadera belleza.