Sábado, 18 de noviembre de 2017

Los ritmos del verano

En este tiempo que vivimos, en que las tres cuartas partes de la población, o más, reside en ciudades, los pueblos están quedando, cada vez más (y no sabemos si por desgracia), como segundas residencias, para tiempos vacacionales y de puentes.

            Pero, sobre todo, y esto lo percibimos sutilmente, son hoy, en nuestra sociedad actual, como sanatorios, donde las gentes urbanas, oriundas aún del mundo rural o relacionadas con él, acuden, aunque sea en los escasos días vacacionales o de puentes, a curarse del estrés, de las prisas, del vértigo, del ruido, de todo tipo de agobios y… también de mucha soledad que se experimenta en las ciudades, sobre todo en las grandes urbes (las estadísticas de los adultos que viven solos en las grandes ciudades, que hace unas semanas escuchábamos en alguna emisora de radio, son alarmantes).

            Los pueblos, sí, como desintoxicación de tantos tipos de dependencias a los que se somete a los seres humanos hoy, una de las cuales –que está generando ya un tipo de nuevos enfermos– es la del móvil y de todas las conexiones y programas digitales y de las llamadas redes sociales y otros artilugios, que están suponiendo –sin que la población apenas se dé cuenta– un nuevo tipo de colonización del ser humano.

            Por ello los pueblos –sobre todo ahora en verano, que es cuando más se llenan de gente, oriunda en su mayor parte de ellos– tienen hoy una función sanitaria y salutífera, de la que habría que habría que ser más conscientes.

            Y uno de los recursos más terapéuticos y saludables es el de hablar con los vecinos, con los paisanos, de modo sosegado, ejercitando ese ejercicio de la memoria común que a todos nos da sentido. Hablar con los demás, frente a tanta soledad urbana; recordar el pasado, las vivencias comunes, los vínculos que nos unen a unos y a otros; celebrar las fiestas patronales, que proliferan a lo largo y ancho del verano por aquí y por allá, y participar en ellas, sumergirse en la celebración.

            Pero siempre, en todos nuestros pueblos, de uno u otro modo, disponemos de un maravilloso recurso para serenarnos y ponernos a tono, como es el caminar, el realizar caminos, marchas, itinerarios por la naturaleza, el visitar antiguos monumentos, ruinas, enclaves arqueológicos, pueblos cercanos; irse a bañar a los ríos próximos y, si no se dispone de ellos, a las piscinas, que hoy proliferan en la mayor parte de nuestras localidades.

            Y leer, siempre leer. Desde siempre sentimos que el medio más eficaz de ser personas cultas y humanizadas es siempre leer. Pues está a nuestro alcance y supone un disfrute de continuo. El tiempo sosegado de la lectura nos vuelve más reflexivos, nos pone en contacto con ese recurso humano de la imaginación, uno de los dones de nuestra especie. Ya hablaremos, en próximos artículos, de algunas lecturas de verano.

            Ahora, solamente, cuando la mayoría de nuestros pueblos comienzan a salir de su atonía de todo el año, con la llegada de los vecinos foráneos a disfrutar de sus vacaciones, queremos desear a todos un buen verano.