Viernes, 28 de julio de 2017

A la última

Cosa imposible. Cuando te dispones a conocer/ver/comprar/lo último, ya no es lo último, es lo penúltimo o incluso antepenúltimo o totalmente superado y obsoleto. Y no hay forma. Y esto no es cosa tan nueva, que el Puente Nuevo de Salamanca, el llamado también de Enrique Esteban recordando a su constructor, es “nuevo” desde hace más de cien años y le han seguido otros cinco puentes más. Y ahí sigue como Puente Nuevo.

Pero es de mayor gravedad el hecho de que muchas cosas en cuanto dejan de ser lo último, ya no interesan. Se ha vuelto viejo de repente, hasta el punto de que es frecuente añadir el adjetivo “nuevo” para intentar vender o colocar algo ya viejo pero retocado. Quizás técnicamente hay razones de peso, porque muchos artículos están fabricados con un margen estudiado de caducidad de forma que el usuario se vea forzado a comprar otro.  Y por otro lado los fabricantes insisten en la incorporación de nuevas prestaciones para que el cliente se vea atraído a comprar ese último modelo con tantas ventajas nuevas.

Por eso los artículos de hace años –un coche, una máquina de coser o un secador- tienen un margen de uso casi interminable y gozan en muchos casos de una buena vejez; sin embargo los artículos nuevos no llegan a viejos, se vienen abajo antes y sin remedio; está prevista su obsolescencia, que así se llama esa rara virtud fatal. De hecho los países africanos que importan artículos de segunda mano prefieren los que ya tienen unos años porque son más duraderos y porque permiten toda clase de arreglos y acomodaciones, lo mismo si es un coche, una motosierra o una cafetera.

Y luego están las interminables actualizaciones. ¿Cuántas me llegan cada año al móvil pidiendo permiso, o sin pedirlo, depende, para ser incorporadas? Siempre dudo, porque por un lado llenas tu aparato de aplicaciones y remiendos para nada, ocupando sitio y restando agilidad, pero por otro lado si no lo actualizas llega un día que te pierdes la mitad de las prestaciones. Y en caso de duda, dices que sí a cualquier actualización que te llegue. Es la lucha  contra la amenaza de la obsolescencia programada. Y no cabe neutralidad, o sí o sí.

Y a veces la pescadilla del producto se muerde la cola. Sin que te lo esperes un día tal artículo cambia de imagen y sensaciones y repite formas del pasado poniendo de moda lo que hace tiempo dejó de serlo. A veces lo más retro es lo más in. Si quieres estar a la última saca el refajo de la abuela o la camisa sin cuello y con remiendos de tu tío, el soltero, que estaba arrinconada todavía en el armario de la casa del pueblo. Hace unos días estaba una pareja joven a la puerta de La Purísima esperando la llegada de los novios para la boda; ella a la última con su vestido largo de diseño atrevido y él con un pantalón caído, con una gran culera descolorida, esfolijonado en la parte de abajo y con los bordes de los bolsillos raídos. Y de pana gruesa, aunque hacía calor. Pues vale. Porque vale todo y convive la rabiosa y casi imposible novedad de lo último y lo más viejo que se encuentre en el último rincón. En realidad es el mismo fenómeno humano.

Y aquí podría entrar la devaluación de todo a ras de nada. Que todo da igual y que además es de usar y de tirar. Y ya no es el pantalón ni siquiera el coche. Es la vida y sus valores; es la historia y su memoria y es el futuro y la trascendencia que lo envuelve. Todo es soluble, líquido, evanescente y venal. Nada es nuevo ni viejo, todo se hace y todo se tira. A voluntad del usuario de la vida. Y eso se hace (¡los puntos limpios!) con el frigorífico y con la fe, con la tostadera y el matrimonio, con el escurreplatos y el trabajo bien hecho, con la báscula y la misericordia… Y se hace cada día con las herramientas domésticas caducadas y también, casi con la misma ligereza, con las herramientas de la vida, los valores de la persona, sus fidelidades y su sentido. Se parece a aquello de aquél que tiró al niño con la bañera!

Y aquí podría entrar, por el lado contrario, el decrecimiento. Es la resistencia ante el consumo rebajando gastos, evitando los desperdicios a destiempo y fijando unos criterios de austeridad razonada en todos los capítulos de la vida. Es valorar las cosas adecuadamente por su valor de uso, no por su valor de cambio, sin desperdiciarlas o abusar de ellas. En resumen, reducir, reutilizar y reciclar. Por este orden. Y eso no sólo con “las cosas”, sino también con los valores y fundamentos de la vida.

Y esto último sí que es estar a la última