Viernes, 22 de septiembre de 2017

Pamplona: la degradación de una fiesta

Creo que si Hemingway -que no era precisamente un santo- volviera hoy a Pamplona, pensaría que se había equivocado de fiesta. La fama universal de los Sanfermines, ganada a pulso a través del tiempo, esconde sus raíces en una fiesta decorosa en medio de sana alegría; en jugar con el peligro a base de un mínimo conocimientos sobre lo que es un toro de lidia y unas probadas facultades físicas sustentadas en recia valentía. Muchos de los extranjeros que acuden a estas fiestas son personas que leyeron a Hemingway, el mayor publicitario de los Sanfermines. Este premio Nobel visitó Pamplona en varias ocasiones y fruto de esos viajes es el legado, en forma de novelas o películas, que ha llegado hasta nuestros días.

Tradicionalmente, cada 6 de julio, los pamploneses desempolvan el uniforme de toda una semana. El chupinazo de mediodía es el estallido de esa fiesta que arrastra como el ciclón a una alegre muchedumbre de seres ataviados con ropas blancas y pañuelo rojo al cuello que, poco a poco, va tornándose de color rosa a causa del vino que empapa los cuerpos por fuera y por dentro. No en vano las vísperas de los Sanfermines, cada año, comienzan cuando finalizan las del año anterior. Es todo un año de espera.

La mejor forma de entrar en acción es envolver todo el día en un continuo bailar, saltar, comer y beber. Eso sí, comer y beber por todo lo que se ayunó el resto del año. Siempre se ha dicho que los duelos con pan son menos. Los “profesionales” del encierro saben muy bien lo que se debe y lo que no se puede hacer antes de la carrera. Aman el peligro y son conscientes de él, pero nunca blasonan por ello. No hay contrapartida que pueda suplir la satisfacción de correr junto al toro aguantando la proximidad de los pitones. Es el bautismo de fuego para cualquier navarro que se precie de serlo.

Pues bien, para toda la fiesta sólo se necesita buena voluntad. Al menos eso sucedía antes. La cofradía del pañuelico rojo era salvoconducto de cortesía y señal para compartir con el vecino la bebida, la alegría, la danza o el bocadillo.

Por desgracia, las cosas han cambiado. La política y la ordinariez han acabado por prostituir una fiesta, única en el mundo, que fue capaz de atraer a gentes de los cinco continentes. Ahora llegan en mayor número, pero lo que se encuentran en nada se parece a lo que enamoró a Hemingway. Desde que el separatismo vasco puso sus ojos en la provincia navarra, no ha parado hasta corromper las costumbres, falsear la historia y adulterar la convivencia. Como sucede en otros rincones, los secesionistas han mordido la presa y, como puedan, no la sueltan. No serán mayoría, pero se les ve y se les oye más. Procuran agruparse sin importarles mucho sus procedencias, y aprovechan cualquier ocasión que pueda servirles de altavoz. La fiesta es lo de menos, lo de más es aparecer en escena, valerse del anonimato de la masa y tomar como herramienta una bandera no legal en Navarra, una pancarta de apoyo a terroristas o el insulto y la provocación a las FCSE. El noble y bravo pueblo navarro se ha visto infectado, de la noche a la mañana, por el virus del separatismo vecino. Si no quiere que anide en sus tierras el odio entre hermanos, debe despertar del conformismo y la indiferencia, antes de que sea demasiado tarde. El germen de ese odio ya sirvió para que unos descerebrados cobardes se valieran de su superioridad numérica para insultar y agredir a dos miembros de la Guardia Civil y sus respectivas parejas. Si por algo se ha distinguido el pueblo navarro, nunca lo ha sido por esa conducta.

Los Sanfermines de 2016 se vieron ensombrecidos por otro hecho vergonzante. Cinco salvajes –nunca tuvo mejor empleo la palabra Manada- , haciendo alarde de su hombría, violaron repetidamente a una joven que cometió la imprudencia de creer que estaba tratando con hombres normales. Por desgracia, estos no lo eran. Se jactaron de su “hazaña” y, al verse descubiertos, completaron su cobardía alegando la complicidad de la violada, sin pararse a pensar que, caso de ser cierta su coartada, su delito seguiría siendo muy grave. La justicia no los ha creído y caerá sobre ellos el peso de la ley.

Por otra parte, cuando están proliferando las conductas sexistas, todo lo que se haga por perseguir a los culpables será bien venido. El ambiente festivo, la masificación y el exceso en el consumo de bebidas alcohólicas constituyen una combinación que facilita la pérdida de la compostura. Tradicionalmente se le ha atribuido al hombre –con razón- la responsabilidad de dar el primer paso a la hora de sobrepasar los límites de la decencia. Últimamente está proliferando la costumbre de algunos colectivos feministas que expresan su protesta exhibiendo los pechos, aunque nunca he visto a ningún hombre que aproveche esa ocasión para intentar un tocamiento Como seres libres que son, hay mujeres más atrevidas que otras a la hora de denunciar una situación determinada. Otra cosa bien distinta es esa moda, puesta de actualidad en los Sanfermines por mujeres que, de forma voluntaria, y con aspecto de haber bebido más de la cuenta, exhiben alegremente sus pechos y consienten los tocamientos de quienes las vitorean a su alrededor. Si el motivo de esa conducta es el exceso de alcohol, la responsabilidad del varón es tan clara que debe ser motivo de denuncia. Ahora bien, cuando la mujer que enseña sus pechos, lo hace completamente sobria, y consiente en los tocamientos, está echando por tierra las manifestaciones que claman contra las conductas machistas y, a la vez, está descubriendo los pechos a las demás mujeres pudorosas. Si condenable es el machismo, aborrecible es también el feminismo exhibicionista que condena lo mismo que proclama.

Lo cierto es que política y ordinariez, si esto no cambia, se van a cargar las fiestas más universales. Una pena.