Viernes, 28 de julio de 2017

Relaxing cup of “tinto de verano”

Empecé a trabajar el pasado día 15 de junio y, desde entonces, no había vuelto a pasear por el campo. El fin de semana me he desquitado; he aprovechado para relajarme y disfrutar del contacto con la naturaleza. Eso sí, muy tranquilamente, nada de salir a buscar, sentándome con amigos, o con mis padres, a la vez que charlábamos. Ha sido toda una orgía de los sentidos: sintiendo la brisa, a la sombra que tocara, fuera un árbol o una edificación, oyendo el canto de los pájaros y viendo sus vuelos y acrobacias.

Quince años llevo ya en Salamanca y, que yo recuerde, es la primera vez que estoy tanto tiempo en esa actitud semicontemplativa, sin andar buscando nuevas especies, o ecotipos, dejando que el tiempo pase sin más, aunque no pueda evitar que se me vayan los ojos en cada movimiento que observo. Resumiendo, que vuelvo con las baterías, tanto las físicas como las mentales,  recargadas a tope.

Una cosa buena que tiene Salamanca, entre otras, es que no tienes problemas de atascos, sea para salir o para entrar, lo que te permite, desde antes de salir de casa, desplazarte sin andar pensando en el tiempo que pierdes estando rodeado de coches. Otra, para mi muy importante, es que, al ser una ciudad pequeña, o un pueblo grande, el contacto con la naturaleza está al alcance de la mano, no hace falta salir de la ciudad. Sin ningún esfuerzo, y únicamente mirando por la ventana, puedes ver múltiples especies, milanos, cigüeñas, águilas calzadas, incluso, alguna que otra vez, buitres leonados.

Obligados por nuestro día a día, dejamos de mirar a nuestro alrededor, perdiéndonos esos pequeños detalles que hacen, solo con su existencia, que el cuerpo y la mente se te relajen. Mientras tomábamos un tinto de verano, sentados en una terraza, Alberto, un muy buen amigo con una insaciable curiosidad intelectual, y yo, pudimos ver las cabriolas de juveniles de golondrina, y cómo sus padres expulsaban de su zona de influencia a un milano negro; el incansable ir y venir de un colirrojo tizón, persiguiendo insectos; una oropéndola que se afanaba en ir y venir de un árbol a otro; una pareja de lavanderas blancas bailando casi al alcance de nuestras manos… y, todo ello, sabiendo que es gratis y, personalmente, lo que más me refresca… aunque este año me quede sin vacaciones.