Viernes, 22 de septiembre de 2017

Semitismos: la providencia divina

Desde niño, he escuchado de labios de mi madre y de tantas mujeres de mi lugar natal, su confianza en la providencia divina y de cómo, en este mundo, el mal –cualquier tipo de mal– cometido por las personas no queda impune.

            No sé si estaremos ante la presencia o, mejor, ante la concepción de un Dios justiciero meramente. Creo, intuyo que va por otro lado. Mi madre, en el año en que va a cumplir los noventa de su existencia, sigue confiando ciegamente en la providencia divina y a ella se encomienda, como si se sintiera protegida en el cuenco de las manos de Dios, sensación que también tenemos nosotros desde nuestra niñez hasta hoy mismo.

            En nuestra tierra, particularmente en todo el ámbito montañoso del Sistema Central al que pertenecemos, el semitismo, las pervivencias culturales y religiosas del semitismo (pues sus tres ramas –cristianismo, judaísmo e islamismo– están mucho más vinculadas y relacionadas de lo que nos creemos) están muy presentes en el mundo campesino de los serranos y de las serranas.

            Solo hay que ver esa presencia sobrecogedora de conjuntos urbanos, apiñados y arracimados a modo de medinas, con los que nos encontramos por doquier: todos los pueblos de la salmantina Sierra de Francia, algunos de la de Béjar, la localidad cacereña de Hervás y también la de Garganta de la Olla, además de otras del norte de Cáceres y aun de la abulense Sierra de Gredos…, en todos estos enclaves se respira un fuerte sustrato semítico y, si hablamos con sus gentes, particularmente con ancianos y ancianas, percibimos enseguida esa huella semítica de que hablamos.

            Mi madre –todas las madres de esta área de que hablamos, y también, en el fondo, los hombres– ha confiado a lo largo de su vida y sigue confiando plenamente en la providencia divina (preferimos poner los términos con minúscula, pues las omnipresentes mayúsculas anglosajonas están contaminando nuestro idioma de ellas). Es una actitud vital confiada y, a estas alturas de nuestra vida, nos parece que sabia.

            El escritor judío-polaco, premio Nobel de literatura, Isaac Bashevis Singer, comienza su libro de memorias, titulado ‘Amor y exilio’, muy hermoso y recomendable, con esta profesión de fe, que mi madre suscribiría punto por punto:

            “Estoy seguro, como creyente en Dios y en su Providencia, de que existe un registro completo de la existencia de cada persona, de las buenas y malas acciones de ésta, de sus errores y sus locuras. En el archivo de Dios, en su ordenador divino, nada se pierde jamás.”

            Dios como protector. Dios como memoria total. De los seres, de las criaturas, del mundo, del cosmos…