Miércoles, 22 de noviembre de 2017

La ikurriña okupa

Este año en Pamplona los sanfermines han empezado con polémica, dada la decisión que ha tomado su alcalde, Joseba Asirón, de Bildu, de colocar la bandera del País Vasco (conocida como ikurriña) en el balcón del ayuntamiento de Pamplona para el chupinazo.

De primeras, resulta sorprendente que en el balcón de una capital autonómica, como es Pamplona respecto a la Comunidad Foral de Navarra, se decida colocar la enseña de otra autonomía en el balcón, y que vendría a ser como si en el ayuntamiento de Oviedo decidiesen colocar la bandera de Galicia.

No obstante, este hecho no es el primer año que se da, pues el año pasado el mismo alcalde, ya sacó al balcón por San Fermín la enseña vasca, escudándose entonces en que había una delegación parlamentaria procedente del País Vasco invitada en el ayuntamiento pamplonés, y se hizo ondear su bandera junto a las propias de Pamplona alegándose un gesto de hospitalidad.

Sin embargo, tras el pleito que esto acarreó, la Justicia señaló que dicha práctica era ilegal, de modo que los juzgados de lo Contencioso-Administrativo indicaron que invitar a un parlamentario del País Vasco, para poder poner la ikurriña en un ayuntamiento durante el chupinazo de fiestas, era cometer un fraude a la Ley Foral de Símbolos navarra.

Y dado que dicha práctica se reveló ilegal, este año la estrategia ha sido la de optar por otra vía. Así, el 30 de marzo el Parlamento de Navarra decidió derogar la Ley Foral de Símbolos (aprobada por dicha cámara en 2003) para que, de este modo, se pueda poner la bandera vasca en los ayuntamientos navarros en los chupinazos de fiestas de este año.

Esta moción pro-ikurriña fue apoyada por los dos grupos nacionalistas vascos de la cámara (Geroa Bai y EH Bildu), así como por Podemos e Izquierda Unida (IU), muy preocupados ellos de las cuestiones territoriales dependiendo de dónde y quién las esgrima. A este respecto, de nada sirvieron los 25.000 navarros que salieron a la calle para pedir que no se derogase dicha Ley.

Y es que, por sí solo, el nacionalismo vasco no tiene fuerza suficiente en Navarra de cara a poder sacar adelante este tipo de iniciativas, ya que Bildu y Geroa Bai apenas suman juntos 17 de los 50 escaños del Parlamento de Navarra (el 30% del voto). Sin embargo, sumados a los 9 de Podemos e IU (17% del voto) las cuentas cuadran para sacar la mayoría necesaria para aprobar las leyes: 26 a favor y 24 en contra.

Y otro tanto puede decirse del ayuntamiento de Pamplona, donde Bildu gobierna con apenas 5 concejales sobre un total de 27, apoyado eso sí por el otro grupo vasquista con representación, Geroa Bai (que posee también 5 concejales), la marca de Podemos en Pamplona (Aranzadi, 3 concejales) e Izquierda Unida (IU, 1 concejal). 14 concejales de 27, la mayoría justa frente a los 10 ediles de Unión del Pueblo Navarro (UPN) y los 3 del PSOE, que rechazan el izado de la ikurriña y la derogación de la Ley de Símbolos.

De este modo, parece que vuelven los años de la Transición, cuando sí llegó a situarse la ikurriña en el balcón del consistorio pamplonés, siendo aquellos unos años en que Navarra estuvo en un tira y afloja con respecto a integrarse o no en el Consejo General Vasco, hecho que al final no hizo.

En todo caso, el acoso y derribo al que está sometiendo a Navarra el nacionalismo vasco resulta triste si se toma en consideración la propia historia de dicho territorio, cuyos orígenes se sitúan en el Reino de Pamplona constituido en el siglo IX, reconvertido nominalmente después en Reino de Navarra.

Y es que, desde el punto de vista histórico, la anexión de Navarra al País Vasco resulta cuanto menos absurda (aunque también lo es la anexión del Reino de León a seis provincias de Castilla y llevamos 34 años pegados en una misma autonomía…), ya que Navarra posee un bagaje de más de once centurias de existencia ya sea como reino, región o autonomía, por lo que plantear su barrido del mapa supone poco menos que una falta de respeto a la historia en general y a la navarra en particular.

Pero es más, el Reino de Navarra llegó a albergar en su seno en algunos momentos de la Alta Edad Media a los territorios ahora vascos, por lo que, en todo caso, debería ser el País Vasco el que se reintegrase en Navarra, y no al revés, al fin y al cabo, la principal cuestión que alegan, la lingüística, gira en torno a un idioma, el euskera, que en la documentación medieval se denominaba “lingua navarrorum”, por lo que, si se pretende una unión de vascos y navarros, ésta debería pasar por la integración de la comunidad vasca en la de Navarra, y nunca al contrario.

Por este motivo, quizá fuese más lógico que, si el vasquismo busca la unión con Navarra, se plantease sustituir la ikurriña (creada hace un siglo por el fundador del PNV, Sabino Arana) por la bandera navarra (cuyo símbolo tiene más de ocho siglos de historia) y pasar a denominarse navarros a todos los efectos ya que, por mucho que pueda escocer que el nombre del reino histórico coincida con el de una provincia, el nombre del reino y la historia así lo determinaron.

Finalmente, me llama poderosamente la atención que, a todo el mundo que defienda la identidad propia de Navarra, se le intente poner el sambenito de “facha”, como si la defensa de la identidad de un pueblo milenario como el navarro fuese cuestión de ideologías. Quizá sea la muestra de la falta de argumentos para enfrentarse al hecho de que Navarra siempre ha sido una tierra reconocida y reconocible con su propia entidad.

Claro que siempre existirá para algunos acomplejados el miedo a enfrentarse a la realidad histórica de Navarra, que no entiende de izquierdas ni de derechas, sino de historia, cultura, identidad y, sobre todo, la diversidad que supone por el norte el Pirineo y por el sur la Ribera. Lástima que el temor de algunos a quedar mal en ciertos ámbitos les lleve a abrazarse a la idea de dar la patada a la historia navarra.