Viernes, 22 de septiembre de 2017

¿Elogio del silencio?

Es fácil encontrar a gente que le molesta el ruido. Con frecuencia se escuchan denuncias acerca de la intolerable contaminación acústica, también se habla del tono alto de voz con que se expresan habitualmente muchos, se dice, incluso, que hay sociedades más propensas a ello. La verborrea de unas de las partes que rompe el ritmo equilibrado de una conversación en un grupo resulta incómoda, aunque quien la practique tenga un punto ingenioso. En otras ocasiones, por el contrario, puede resultar patético no decir nada; extender la orfandad de sonido alguno: cuando una pareja ya no tiene nada que decirse, o cuando la indignación obliga al sujeto a reconocer que “no tiene palabras” para calificar la situación que está viviendo. Se produce un símil con la expresión “quedarse sin aliento” lo que pone de manifiesto la íntima relación entre la palabra y la respiración, sinónimos de la existencia. Ahora bien, en esta sociedad hoy, ¿puede decirse que esté sobrevalorado el silencio?

El presidente de la Comisión europea, Jean-Claude Juncker, en una sesión en el Parlamento para evaluar los seis meses de presidencia de Malta en la UE calificó a la cámara de ridícula por el ausentismo abrumador de los diputados. El escenario prácticamente vacío me recuerda al del aula en días en que el distraído y cumplidor profesor no tuvo en cuenta un periodo vacacional o una (hoy muy rara, rarísima) huelga estudiantil, o al de un teatro cuando la directora de la obra llega, por su inveterada obsesión por la puntualidad, con mucha antelación a la de actores y público, y se encuentra el gran patio de butacas desolado, el escenario en muda penumbra. El silencio que en esos espacios se concita es un enemigo de ciertas formas de vida, una añagaza que acompaña al ritual del público. Pero ¿es que el público, por definición, es ruidoso? ¿Por qué me obstino en equiparar la ausencia de ruido con el vacío? Pareciera que la obsesiva defensa de dos términos que no dejo de equiparar y que habitualmente defiendo, el silencio y la soledad, es una trampa, peor aún, un engaño.

En muy breve plazo, tres cuartas partes de la humanidad (¿6.000 millones de personas?), vivirán en ciudades. La urbe moderna es el arquetipo del sitio donde el ruido es inevitable y el aislamiento una quimera. Cierto, se puede aludir, que la vida interior puede construir muros que reinviertan ese escenario. De hecho, la incomunicación rampante que reina en las megalópolis es una clara evidencia. Además, las nuevas tecnologías de la comunicación diluyen cada vez más las tenues fronteras entre lo público y lo privado. No es solo tener que escuchar la conversación íntima que mantiene la persona que comparte con otras un transporte público, se trata también de la creciente imbricación de los estilos de vida. Frente a los silenciosos plácemes en las redes sociales se encuentra el vértigo del alboroto que anima la propensión a compartir momentos de alegría, epifanías, aniversarios donde el ruido resulta imprescindible.