Domingo, 24 de septiembre de 2017

Más allá de lo religioso

El hombre no sólo es; no se contenta con vivir; quiere ser bien; aspira a una vida buena. Necesita incluir en el hecho de vivir, para que su vivir sea humano, que éste valga la pena, que tenga un sentido… la pregunta por el sentido aparece a lo largo de la historia estrechamente ligada con las religiones y con el Misterio al que todas ellas remiten.

Martín Velasco

Cuando el horizonte está marcado por lo efímero y por la fragmentación, y el marco en que nos movemos es un corto plazo cada vez más restringido a lo inmediato, la búsqueda de sentido se vuelve una tarea ardua, cuando no imposible.

Tony Mifsud

El verano sirve para hacer un paréntesis en la enorme carga de trabajo, buen momento para leer y releer, meditar con el texto en la mano, sobre lo nuevo o lo viejo. Centrado en una obra sobre el porvenir de lo religioso, alguien preguntaba si la religión puede aportar alguna cosa al hombre de nuestro mundo posmoderno y líquido, en una sociedad individualista y profundamente secularizada. No es una novedad que la realidad de lo religioso comenzó con el ser humano, en los primeros momentos de su historia el anhelo por lo transcendente acompañó a los primeros Sapiens. No es un estadio entre lo mítico a lo científico que superar, ha formado parte de su definición como ser arrojado en el mundo y buscador de sentido.

Mientras exista humanidad existirá el fenómeno religioso, realidad que dará sentido a su existencia y colmará el vacío de sus soledades. Lo religioso en un mundo de inseguridades, dará certidumbre y consuelo, sacará al hombre de sí mismo, le ayudará a mirar al otro, fomentará la fraternidad, denunciará los males que nos acosan y rebasando su la justificación con los poderes terrenales que justifican la opresión. La secularización y la sospecha han sido necesarias y son positivas para depurar los elementos religiosos que oprimen y justifican el poder, pudiendo hacer de lo religioso una fuente de liberación, como fue en el principio. La crítica de lo religioso ha sido siempre necesaria y sana, un ejemplo fue el propio Jesús. Esa crítica está muy alejada de ciertas posturas agresivas y de rechazo  la persona creyente, pero menos violentas que las furias del creyente radical vinculado a ciertos dogmas religiosos o a quienes los detentan desde el poder.

La religión no brota de la indigencia y la precariedad, sino de la vivencia con el misterio. No es una proyección humana, es algo más que percibir el eco de la propia voz, es un hecho objetivo en el que alguien se encuentra con Alguien, o al menos, con Algo. El hombre necesita transcender más allá del poder y la sexualidad (V. Frank), más allá de la materia, está necesitado del misterio y de lo espiritual. En esa confrontación con el misterio, el hombre despliega la doble conciencia sintiente y racional (Zubiri). Esa religiosidad, el ser humano la ha ido descubriendo en un logos interno, en una razón que constituye la matriz del pensamiento en desarrollo constante en la historia de las religiones. Este logos, se manifiesta de una forma original en los símbolos religiosos.

El ser humano, necesita el símbolo para construir su historia colmada de sentido. El hombre con ayuda del símbolo, ordena e interpreta esa realidad, la reconstruye. Con el símbolo puede ir más allá de las cosas y de su contacto inmediato, hacia esa realidad que está dentro de nosotros y nos trasciende. El símbolo es un educador en el misterio, es el signo originario de lo sagrado (P. Ricoeur). La conciencia reflexiva, que estaba encerrada en el yo, es enriquecida y “descentrada” por la interpretación (hermenéutica), que descubre que el símbolo no sólo es símbolo del yo, sino hierofanía de lo sagrado.

Más allá de la búsqueda de sentido del ser humano y establecer el lugar en el cosmos, la religiosidad ha sido y es un elemento cultural de primer orden. La religión capacita al hombre para el obrar social, ayuda a mantener la sociedad (Talcott Parsons, Peter L. Berger). Por otra parte, lo religioso salvaguarda el proceso de la formación de la identidad, al  preservar al individuo de desaparecer por completo en la sociedad, le posibilita el poder preservarse a sí mismo frente a la pretensión social de totalidad.

La espiritualidad, aunque sea difusa, es un elemento consustancial al ser humano. En nuestras sociedades posmodernas sigue siendo actual, para muchas personas es una importante fuerza instintiva y sintiente de búsqueda de sentido. En medio de la confusa crisis de lo religioso, hay una búsqueda de lo espiritual incluso de forma más radical, volviendo hacia formas politeístas y precristianas, sin gran orden, pero fuera de lo institucional. Muchos buscadores de espiritualidad ven en las religiones institucionalizadas y oficiales un obstáculo a las fuerzas liberadoras del espíritu.

Desde estas espiritualidades difusas y místicas, el cristianismo debe mirar a la cultura posmodernas y convertir sus nostalgias interesadas de un pasado triunfante, en un servicio a las fuerzas liberadoras y creativas hacia los más necesitados y los últimos de la sociedad. No se transmite la fe desde el saber teológico, sino desde el testimonio.  Hay acontecimientos de la historia del cristianismo que no han trasmitido Evangelio, palabras y gestos de los cristianos que han falsificado el Evangelio. En una cultura recelosa de lo religioso y pero necesitada de espiritualidad y de sentido, el cristianismo puede aportar la vía del amor y la misericordia en un mundo que clama justicia, equidad y respeto a los derechos humanos. Más allá de los templos y las instituciones, el cristianismo debe converger en el mundo, abrazar la realidad de los más necesitados, fomentar la pregunta por el sentido y acoger con una mira teológica renovad la pluralidad de credos y de pensamiento en una actitud de diálogo.