Domingo, 19 de noviembre de 2017

‘Teresa, la jardinera de la luz’, a la puerta de la Sierra

Linares de Riofrío rió con la espontaneidad de las hermanas impregnadas del sentido del humor de una Teresa cotidiana en el convento

Desde la capital salmantina podemos encaminar nuestros pasos hacia las numerosas y variadas zonas de su provincia. Poseedora de una diversidad sorprendente de terrenos y paisajes, habitados por otras tantas especies animales y vegetales, que se adaptan a los también distintos tipos de clima, resulta complicado decidir hacia dónde dirigir nuestros pasos. Una de las zonas más conocidas y visitadas por propios y extraños es la Sierra salmantina. Aunque nombrada en singular, está conformada por otras tantas que demarcan territorios, a cual más bello y con su propia personalidad. Saliendo de la llanura ocre que es La Armuña, y cruzando la ciudad en dirección al Campo Charro, lleno de dehesas de encinas, nos vamos acercando a una “Sierra de sierras” que nos espera misteriosa y prometedora.

Justo antes de acceder a estos paisajes de montaña, y de entre los numerosos pueblos salmantinos, se encuentra uno en particular, al que se le ha denominado “puerta o portal de la Sierra”, pues apenas abandonada la comarca del Campo de Salamanca, Linares de Riofrío parece dar paso, como en el espejo de “Alicia en el país de las maravillas”, a otro mundo, elevado, rico, bello, que sin desmerecer otras zonas, es sencillamente diferente.

En estos mismos términos podríamos hablar de “Teresa, la jardinera de la luz”, que llegó a las aguas frías de este “portal de la Sierra”, antes de seguir su singladura. Procedente de la capital, donde la víspera había puesto en escena, para la Universidad Pontificia, tan demandada obra, el grupo Lazarillo de Tormes sustituyó el “alto soto de torres”, como Unamuno denominara a la capital charra, por otro no menos alto, que la Naturaleza se ha encargado de dibujar sobre el hermosísimo marco azul del cielo, como si brotara mágicamente de la tierra. Las hermosas torres de La Clerecía de Salamanca, levantadas por la mano del hombre, frente a los elevados picos de la Sierra de Francia, que nos llevan a pensar en Dios, se observan cara a cara seguramente contemplados por la mirada sonriente de Teresa de Jesús.

Monja carmelita del XVI, hizo frente a los que posaban sus miradas por encima de la mayoría de sus semejantes. Con su vida y escritos, Teresa dejó constancia de su creencia en la igualdad de todos los seres humanos ante el Dios que los creó, de cuya naturaleza divina podemos llegar a formar parte. No en vano envió a su hijo a este mundo. Enamorada de este hombre, Hijo de Dios, fue para Él la mejor de las compañeras y lo cambió todo a su alrededor. No nació santa, fue una mujer a la que los hombres tuvieron que reconocer su trayectoria de vida, su inteligencia lúcida, y su profunda espiritualidad.

No importa que esto se cuente en una Universidad Pontificia o Civil, como lo ha hecho “Teresa, la jardinera de la luz” en Salamanca, o en las tantas localidades a las que este montaje ha deleitado dentro y fuera de nuestra Comunidad, (ya son 153 las representaciones realizadas), como tampoco importa la gran variedad de público asistente, de tan distinta procedencia y formación. Lo realmente interesante y no menos sorprendente es que una monja, a la que todos habíamos “dejado abandonada” en los altares, ha bajado de su peana de la mano del grupo teatral Lazarillo de Tormes, para acercarse a nosotros con una nueva luz, que verdaderamente ha deslumbrado. Que sus capacidades fueron valiosísimas, “a la vista está”, que la misericordia y entrega por los demás fueron su motor “nadie lo duda”; y que es santa, “sólo Dios lo sabe”. Y en esta tarde de sábado, que inaugura el mes de julio, a medio camino entre sus “Fiestas de la fresa” de junio y las dedicadas a su Virgen de la Asunción de Agosto, Linares de Riofrío fue una vez más espectador único porque única fue la representación hecha para él, de ésta no menos única obra de teatro.

En una iglesia del siglo XVI, época de Teresa de Jesús, bajo un precioso artesonado mudéjar, y ante un retablo no menos hermoso dedicado a La Asunción de Nuestra Señora, patrona del pueblo, Linares de Riofrío se trasladó junto a los personajes que los actores de Lazarillo de Tormes encarnan, a la iglesia del convento de Alba de Tormes, donde la madre Teresa agoniza. Un grupo de hermanas carmelitas llegan para acompañarla. Vestidas con hábitos de paño de oveja, quizá hubieran preferido el lino fresco que se recogía en los campos de este pueblo de los que recibió su nombre. Pero es tal la determinación de estas mujeres en acompañar a su madre, que apenas se aperciben de la presencia de un padre dominico, que en nombre de la Inquisición les apremia en un inquietante interrogatorio sobre una Teresa ausente. Y cuando oímos la música renacentista que envuelve toda la puesta en escena, nuestra mirada se dirige hacia el órgano que un músico ciego toca. Es el del maestro Salinas, o eso parece, porque la réplica es sencillamente perfecta. Escenografía austera, pero adecuada; interpretación sublime de un grupo de aficionados, de cuya calidad profesional ya nadie duda.

Guión breve de Denis Rafter que aporta todo lo más relevante de esta mujer: una vida llena de alegría, inteligencia, lucidez e ironía que la convirtió en la gran seductora que fue. Linares de Riofrío rió con la espontaneidad de las hermanas impregnadas del sentido del humor de una Teresa cotidiana en el convento. Se sobrecogió ante la belleza de sus delicados poemas de amor a Dios. Y se admiró de sus incansables viajes fundando conventos para todas las mujeres que quisieron vivir la libertad que ella vivía, con la que defendió a los suyos, incluso ante el rey. Todo este intercambio de vivencias, cargadas de emotividad, convierte los altares de cada iglesia en el escenario perfecto para que la complicidad entre público, actores y personajes se produzca. Javier de Prado, responsable de la idea, cree que fueron y pueden seguir siendo el escenario natural que cualquier localidad aporta de forma gratuita para contemplar el milagro de que cada personaje somos nosotros mismos.

             Fuera del pueblo, bellos parajes por los que cruzan innumerables rutas han contemplado la historia de tantas gentes que dejaron allí su huella, como lo hizo Teresa de Jesús en tantos caminos, no sólo físicos, sino también con sus palabras, en el alma de muchas vidas compartidas. No sólo los grandes y favorecidos ocupan un lugar en el mundo. La bella Plaza Mayor de Salamanca, ciudad de arte y cultura, de cuya Universidad Teresa es “doctora honoris causa”, se construyó con el mortero elaborado con la cal morena de Linares, hecha con la piedra de su Sierra y la madera de sus bellos bosques como el de la Honfría, donde es fácil vivir entre el cielo y el suelo.

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