Martes, 26 de septiembre de 2017

Derecho a discrepar

Puede que sea el calor, el calor o esa extraña forma que tenemos de no aceptar que alguien piense de una forma diferente a la nuestra. Sí, me temo que me voy a meter en el cenagal del artículo de Javier Marías que ha traído lodo y cola, por ese orden. Y yo me pregunto, dilectos lectores míos ¿No tiene derecho nuestro columnista a discrepar de la quizás campaña redentora de la obra poética de Gloria Fuertes? ¿No es libre de afirmar que no le parece su poesía lo suficientemente buena? No hay blasfemia en expresar elegantemente la opinión, el gusto y la preferencia, sí lo hay en la falta de polémica o en la crucifixión pura y dura del señor Marías por haber dado su opinión y de qué manera, ni que hubiera cometido un delito.

         Vayamos por partes, qué bueno es eso de ser hombre de contradicción y de pelea. Polemita y no podemita. Uno puede discrepar con Ana Oramas, pero no decir barbaridad y media acerca de su abuela. Uno puede creer que Hernando es el coco, pero evidentemente no es cuestión de guillotinarle en plaza pública. Si nos pasamos la vida asistiendo a tremendos torneos en los que no se polemiza, sino que se sataniza ¿Qué hay tan terrible en afirmar que quizás no sea tanta la importancia literaria de una autora? Esa que tendrán que dar los críticos, los trabajos académicos y los lectores, esa que, llegados al plano de la divulgación y la opinión de una columna semanal, no va a ninguna parte para sacralizar o demonizar a un autor.

         Y para que vean que me mojo: a mí a veces las novelas de Marías me aburren. Dicho esto, no me gusta la poesía adulta de Gloria Fuertes, ni la infantil, ya de paso, pero le agradezco que iniciara a los niños en ella. No me gustan los toros y respeto a quien le gusten. No me gusta el tono acusador, casi machista y redentor de Iglesias aunque sí sus propuestas. No me gusta Hernando, evidentemente, y menos la sensación que tengo de que le usan de cabeza de turco para que no pensemos en otras cosas. No me gusta la carne de cordero. No me gustan los juegos de mesa y mi religión me prohíbe jugar a las cartas, dormir la siesta y hacer punto. Por no gustarme, no me gusta ir a la playa, que conste, aunque lo hago por amor y por aquello de la brisa marina que me da igual porque el agua que me interesa es la de la lluvia. No me gusta conducir ni leer la obra completa de Javier Marías ¡Ah, que ya lo he dicho! No me gusta Abramovic y creo que está sobrevalorada. No me gusta el último Woody Allen ni Almodóvar. Por no gustarme, ni la Bardem ni el Cruz, y menos juntos y revueltos en esa película de Allen –lo he dicho otra vez- que es un verdadero desastre. Como desastre es esta lista a la que añadiría que adoro el regaliz negro, amo con pasión jarocha a mis libreros y quiero y quiero a todo aquel que habla conmigo con ganas de intercambiar y no de gritar, con ganas de polemizar y no golpearme con su inamovible postura. Es decir, que no entiendo a qué viene este jaleo de no poder decir libremente lo que uno piensa cuando resulta que tenemos la oportunidad y el derecho de hacerlo. A este paso, la valentía de hacerlo. Sí señores, sí, derecho a discrepar.

 

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.