Domingo, 17 de diciembre de 2017

Muerte de un ciclista

No han pasado muchos años desde que una noche viera en el sofá de mi casa la cinta de Juan Antonio Bardem que da título a esta columna. Me impresionó el inicio, una toma fija desde una cuneta embarrada, a pie de asfalto, en la que se ve aproximar un automóvil. Un súbito cambio de plano nos sitúa en el interior del vehículo, en el que vemos las caras de sorpresa de una pareja de la que luego descubriremos que él es un profesor universitario y ella, su amante, una mujer burguesa casada con un hombre adinerado. Acaban de atropellar a un ciclista.

 

A partir de ahí, tras los intentos iniciales por reanimarlo, todo el argumento de la película girará en torno a la ocultación de este suceso. No hay duda, es este un relato deliberadamente truculento, un retrato crítico de una época y unos hábitos sociales repletos de cinismo. La belleza de los personajes, especialmente la del encarnado por Lucía Bosé, se desvanece a medida que el plan de encubrimiento se enturbia. El blanco y negro se vuelve más y más lóbrego a medida que los comportamientos se alejan del deber ser.

 

Pues bien, el guión de esta película es, desgraciadamente, el mismo de numerosas historias cotidianas. La sociedad española, aunque empobrecida financiera y culturalmente, se comporta como una perfecta maquinaria burguesa decimonónica, con idéntica hipocresía, ya sea desde el asiento del conductor o el del copiloto. El drama de los atropellos ocupa un lugar destacado en la portada de los diarios de los últimos meses por la repetición y acumulación de homocidios involuntarios de ciclistas que estaban entrenando o, simplemente, disfrutando de su pasión.

 

Es triste, pero la relevancia mediática no alterará conductas aprendidas durante muchas décadas. El automóvil termina de envilecer a los hombres; saca lo peor de sus condiciones innatas. Sobre cuatro ruedas, el ser humano se siente invencible. Revestido por un caparazón de superhéroe olvida que un día puede ser él el ciclista, el peatón o el ciervo. Todas las consignas pacifistas o bienintencionadas de su muro de Facebook se apilan en el cajón del olvido, debajo de las prisas por llegar al destino. Mucho más aún de su indiferencia hacia todo lo que queda fuera de su ámbito de actuación –su sueldo, su futuro, su comodidad, si acaso también la de su familia–.

 

Y entonces mata al ciclista, se sienta en el sofá y apura las últimas gotas del café antes de que empiece el Tour. Desde siempre ha disfrutado con la formación de los abanicos en la costa de Bretaña, con el rodar imperial de los belgas y holandeses junto a las riberas de los grandes ríos franceses, la sucesión de ascensos y descensos en medio de paisajes alpinos o pirenaicos. La épica del ciclismo profesional. No el patetismo de los que ralentizan su marcha de este lado del arcén.