Lunes, 11 de diciembre de 2017

Un león rugiendo en el cielo

Para Iván y Néstor, mis leones, con tanto amor, con tanto dolor
Foto: Anya Bartels-Suermondt

Hay un león rugiendo a las puertas del cielo. Ese mismo cielo que paseó el día que salió a hombros por la puerta grande de Madrid.

Hay otro león muriéndose por dentro en la tierra. Esa tierra que han recorrido juntos como si fuesen una sola cosa a la búsqueda del sueño, del pan dulce de la gloria y el amargo vino del fracaso que partían sobre el mismo mantel, que bebían en la misma copa.

Hay un león rugiendo a las puertas del cielo. Un cielo al que se ha ido demasiado deprisa. Una mala pisada, un tropiezo, el destino, la mala suerte saliendo de la suerte... qué más da. Quizá sea verdad aquello de que todos venimos al mundo con un día y una hora y tenía que ser hoy y ahí, en ese albero donde los toreros se ofrecen enteros sin guardarse nada, ni siquiera la vida, el ser.

Hay un león rugiendo a las puertas del cielo. Un león que bauticé león en esta ventana mía si el león era su escudo de armas aunque en la pila del bautismo sobre el agua bendita le escribiesen otro nombre, unos apellidos, eterno Iván Fandiño.

Un león solitario que se quedaba siempre un pasito por detrás, a solas consigo mismo, apartado en su rinconcito antes del paseíllo, con el gesto grave de quien sabe que sale a jugarse la vida y está dispuesto a darla en peaje por su sueño. Un león solitario que se alojaba en los hoteles que no eran hoteles de toreros al uso, preservando su independencia hasta para pillar ducha y cama, cenar con la cuadrilla y después, ya relajado, regalarte tiempo y sonrisa sin darse importancia. Alguno de esos me guardo para mí.

Hay un león rugiendo a las puertas del cielo después de rugir alto y claro aquí abajo, de ganarse a zarpazos los contratos, de pelear sobre el albero cada tarde a dentelladas dejándole los despachos, esa selva feroz, a su otro yo, su otra mitad, ese otro león a quien tanto quiero, Néstor, a quien hoy le han arrancado de cuajo también la vida. Cuántos kilómetros hemos quemado juntos, tú en carretera, yo ante el teclado, analizando, comentando, arreglando a nuestra forma los vicios y mentiras de este mundo mágico de la tauromaquia tan lleno de palmeros, oportunistas y chaqueteros pero también de valores, grandeza y verdad desnuda.

Y hoy, después de haber escrito miles y miles de palabras sobre mi león, sobre mis leones, la crudeza del toreo me obliga a escribir las que jamás hubiese querido sacar del cajón de las palabras no escritas. Qué duro, qué auténtico, qué verdad es esto del toreo en un mundo lleno de mentiras, sin corazón y sin sangre. Qué grande es morir haciendo lo que uno quiere, elegir cómo quiere uno irse.

Me gustaría ser políticamente incorrecta, sincera, transparente y directa como ellos, que son uno, que eran uno; acordarme de esa Madrid caprichosa que tan pronto adopta como echa de casa; de los que cada día han estado cerca y nunca dejaron de escuchar y esperar su rugido; de los que solo aparecen cuando las cosas van bien, de quienes le negaron la justicia de sus triunfos, los que compartieron cartel con él y también los que lo vetaron. De los que le han seguido de plaza en plaza, los que se subían al carro en los días de gloria y también de quienes le pitaron en su última corrida en Madrid, con un mostrenco que no veía, mostrando que de toros sabían muy poquito. A todos hoy nos ha dado su última lección de entrega sin límite, de valor como pocos y de amor absoluto dando la vida por su sueño con un tabacazo de uno de Ibán por pasaporte. Qué dolor.

Hay un león rugiendo a las puertas del cielo en esta noche tan larga, tan triste; un león que ha entrado en el cielo por la puerta grande de los toreros eternos, de los que escriben con su sangre la historia del toreo, la leyenda que nunca se muere, la eternidad. Honor y gloria siempre para ellos.

Hay otro león muriéndose por dentro aquí en la tierra porque un toro se ha llevado a su mitad y su motor, el engranaje perfecto de dos personas que hablan el mismo idioma, la confianza absoluta, el hermano que no le dio la sangre pero sí la vida.A miles de kilómetros yo le estoy abrazando.

Iván y Néstor, mis dos leones. Para vosotros, en esta noche tan larga, todo mi amor.

#GRACIASporTuVida #EternoIvánFandiño

Foto: Anya Bartels-Suermondt.