Viernes, 23 de junio de 2017

El alibí banal

Desde que Hannah Arendt deslumbrara con su inteligente análisis en torno al juicio de Eichmann en Jerusalén adjetivando el mal con el substantivo banalidad sé de qué manera se puede trivializar cualquier cosa. Si el terror nazi alcanzaba un nivel de horrorosa normalidad ¿por qué no lograr hacer insignificante y superficial un programa electoral o incluso una candidatura?, ¿por qué no concebir de la frivolidad una marca distintiva de un conjunto de políticas públicas? En un tono distinto, la obra póstuma de Peter Mair también fue subtitulada como “la banalización de la democracia occidental”. El politólogo irlandés se refería al gobierno del vacío en un época en que el autor, asentándose en una profusa evidencia empírica, afirmaba con rotundidad: “la era de la democracia de partidos ha pasado”. En la democracia de audiencias hoy vigente la política espectáculo requiere de momentos de entretenimiento relajado que en numerosas ocasiones terminan por conquistar por completo el escenario, de manera que todo se hace intrascendente y vulgar.

 

En su actuación social los diversos agentes se conducen con intenciones y estrategias variopintas que son seguidas de réplicas y contrarréplicas de otros, sean asociados o antagonistas, cómplices o competidores. La coartada es un mecanismo frecuente de conducta, una forma de disculpa para justificar una acción que normalmente supone un argumento para negar cualquier atisbo de culpabilidad. En el mundo globalizado de la comunicación se terminan construyendo pretextos a los que no son ajenos el enmarque de los conceptos mediante los que se definen los sucesos. En este escenario, el terrorismo se ha convertido en el pandemonio de la actuación pública. Basta definir un hecho bajo dicho término para que el gran público sitúe lo acontecido en su esquema de comprensión del mundo y lo someta a su escala de valores emitiendo un rápido juicio. Al colocar la connotación “terrorista” a sucesos tan dispares como el del agresor armado de un martillo, el camión desbocado invadiendo una zona peatonal o el trino (tuit) supuestamente apologético, se consigue que adquieran una dimensión totalmente diferente.

 

Qatar se encuentra entre las primeras economías del mundo. Su potencial en la explotación del gas, su reducida población y su posición estratégica en una península en medio del Golfo Pérsico, unido a un liderazgo político innovador, han proyectado al país en el último cuarto de siglo en la arena internacional. Mantiene una presencia muy activa en el ámbito de las comunicaciones aéreas y portuarias, la televisión (Al-Jazeera), la educación y el deporte. Además, durante las denominadas primaveras árabes se permitió jugar un papel de cierta promoción de los procesos de cambio. Pero los conflictos entre la oligarquía machista dirigente de los países que ocupan la península arábiga surgidos de la disputa interna en el wahabismo y de los choques externos entre sunitas y chiitas, así como en torno a la disputa por el control de la explotación de los recursos energético, ha abierto un nuevo foco de tensión. El alibi es el terrorismo, el banalizador maestro de ceremonias: Trump.