Sábado, 23 de junio de 2018

Defender nuestros valores ...

Para hacerse una vida feliz, se puede en primer lugar, razonar con sangre fría, como conviene a las inteligencias puras, y moderar una imaginación que exagera los males. Cuando se trata de crearlos, somos de una habilidad infinita; los aumentamos, los creemos singulares, y además insondables; hasta tendremos un cierto amor por el dolor, y lo queremos.

Otro inconveniente que tiene esa imaginación traidora es el tender hacia alegrías inaccesibles; nos decepciona multiplicando espejismos que corremos para alcanzarlos; y engañados siempre no paramos de contar nuestros sinsabores. Sepamos ver la vida como es; no le pidamos demasiado. Tenemos el presente en nuestras manos, pero el porvenir es una especie de charlatán, que  deslumbrándonos los ojos nos lo escamotea. Hobbes afirmaba dirigiéndose a los hombres que como el principio de la conservación de la vida es el egoísmo, y cada uno defiende su derecho a la vida, el estado de naturaleza es el estado de lucha entre los hombres, esos lobos. El tiempo que no es guerra no es otra cosa que la paz.

Ese estado de naturaleza angustiante provoca en muchos seres humanos el miedo a la vida, al día a día, a no importa que dificultad, y es, en definitiva, el origen de muchas de nuestras debilidades. Por el miedo nos ponemos a la defensiva y nos escondemos tras una imagen prefabricada, a veces arrogante y orgullosa. Normalmente, las personas que parecen muy fuertes por su arrogancia, su soberbia y orgullo pero esconden sus temores bajo esas pantallas.

Una persona que no tiene miedo, no tiene que demostrar nada y es muy  humilde, no genera conflictos o violencia, y nadie le teme. Es una persona cordial y amiga de los demás porque se conoce a sí mismo y sabe que nadie le puede quitar lo más importante, su propia autoestima, felicidad y capacidad de amar. Cuando controlamos nuestra mente, fortalecemos nuestro intelecto y aprendemos a no tener miedo. En definitiva aprendemos a no tener que justificar, defender ni demostrar nada. El sol no tiene que demostrar que es luminoso. El sol existe y sigue brillando.

Cuando nos sentimos estables, no sólo no tenemos miedo sino que transmitimos paz a nuestro alrededor y ayudamos a eliminar los miedos de los demás, y damos en los morros a las teorías de Hobbes. La conciencia es una energía que tiene un gran poder. Sin embargo, no podemos tocarla físicamente, aunque influye en lo físico.

Si tenemos conciencia de tener miedo la respiración cambia, y si tenemos conciencia de estar relajados o felices nuestra respiración mejora. Ese poder de la conciencia sobre el cuerpo, aunque surge de nuestro ser consciente, hay que aprovecharlo para dar y compartir, para a su vez llenarnos desde fuera y hacernos todavía más fuertes con la proyección positiva de los demás hacia nosotros.

La educación desempeña la función más decidida que puede pensarse en una sociedad que se pretenda moderna. En su calidad y cantidad estriba el estado y progreso tanto de las artes y de las ciencias, el desarrollo y aplicación de la tecnología, como el valor moral de las personas, en definitiva, de una nación.Si miramos hacia la enseñanza universitaria a la que están expuestos hoy cientos de miles de estudiantes, vemos una enseñanza inspirada en un mal llamado progresismo técnológico, en un futuro que todavía que tiene que llegar y que todavía hay que inventar y construir; pues como tal es cambiante e impredicible. Este falso progresismo se esfuerza por divorciar el conocimiento de la investigación, presente en toda concepción humanista y artística. El hombre para crear y construir, tiene primero que construirse a sí mismo. No puede olvidarse de su propia naturaleza. Debe educarse en valores, y en la verdad.

Parece, a día de hoy, que pronto ni Sócrates, ni Séneca, ni Descartes, ni Kant, ni Platón, ni Tomás Moro, ni Montesquieu, ni Marx, cada vez menos Cervantes y Chretien de Troyes, Dante y Goethe, Molière y Shakespeare serán una válida en nuestro discurso moral, ni en el personal y, menos aun, en el colectivo. Por ello la tradición cristiana y cultural occidental, entendida en todas sus variedades internas, como búsqueda incesante, por vía de la razón y el pensamiento, de lo firme y lo duradero que construye al ser humano, debe de ser de nuevo reivindicada.

Ernst Bloch en su obra “El Principio Esperanza” nos dice: “En sentido primario, el hombre que aspira a algo vive hacia el futuro, el pasado sólo viene después y el auténtico presente casi todavía no existe en absoluto. El futuro contiene lo temido o lo esperado; según la intención humana, es decir, sin frustración, sólo contiene lo que es esperanza”.

Intranquiliza por el momento el infantilismo o mal entendido buenismo, algunos más cool lo llaman también friendly, que hace que algunos duerman ajenos a los verdaderos problemas de su entorno más cercano, y que también hace que algunos quieran ser solidarios con los que no conocen. La sociedad actual necesitaría dos bofetones de cada lado para despertar de su adormecimiento, ya que parece que disfruta de un mal entendido hedonismo televisado, que propugna que todo el mundo es muy listo, solidario y capaz, friendly, mientras se tapa con la capa los agujeros del trasero de sus propios pantalones. Lo peor es que existe la sensación que ni de eso se preocupa.

La sociedad está renegando de sus valores y tradiciones, que no son más que fruto de un ensayo y error de siglos pagado con mucho sacrificio. Las minorías buenistas e infantilistas, muchas veces llenas de buena intención, producto de un falso aburrimiento, que todavía no han hecho realmente nada duradero por nadie y menos con sus propios recursos y dinero, propugnan una y otra vez solidaridad, con letras mayúsculas, donde quizás la debería haber, pero teniendo en cuenta antes la letra pequeña. La solidaridad verdadera siempre, en primer lugar, debería ser cercana,  a pie de calle, y con gente que la agradezca, que suele ser la que te conoce. Abrirnos a gentes que no piensan como nosotros provoca, en la mayoría de los casos, ingratitud, pues el que recibe siempre piensa que el que da es el culpable de sus males, o que todavía puede dar más, y no tiene por qué agradecerla. Está claro que debemos ser solidarios, desde una posición segura, de fuerza y desde el lado de la ley, la nuestra. Defendiendo los derechos del que da, en primer lugar, y no caer en el infantilismo de tildar de insolidarios, racistas e inhumanos a los que defienden lo que costó tanto a los que quedaron atrás, e hicieron posible nuestra forma de vida. Sin olvidarnos de tantos de aquí que no disfrutan de ningún tipo de ayuda, parados, dependientes, discapacitados, etc, y los más importantes abuelos y abuelas que viven sólos sin recursos adecuados en nuestros pueblos y ciudades. La solidaridad tampoco obliga a dar derechos y prescindir de los nuestros.

La historia ni quita ni pone, está ahí y fue, los que la hicieron pasaron, pero merecen respeto, nada tienen que ver sus problemas con los que nuestra sociedad actual tiene, como reto, dentro de un mundo supranacional, cada vez más entrelazado con vínculos económicos, políticos y sociales. No hay que olvidar  la historia, pero sí quitarle astillas y reflexionarla con rigurosidad y vergüenza desde el pasado, que no es en ningún momento el presente – la mayoría de las ocasiones manipulado -, para que nos ayude a enfrentarnos al futuro de forma constructiva. Somos libres para decidir pero somos prisioneros de las consecuencias de nuestros actos...