Martes, 21 de noviembre de 2017

Demócratas de toda la vida

El tema de la democracia es uno de los que más tinta hace correr entre quienes se dedican a la teoría política así como al funcionamiento de las instituciones y al comportamiento político. Es un asunto delicado porque hay que definir conceptos y sustentarlos en principios, analizar actitudes y cotejarlas con actuaciones; lo teórico y lo empírico se dan la mano en un venturoso maridaje. Pero, como ocurre en otros terrenos de la política -que, recuérdese, es la actividad humana por excelencia- es también algo que está en la boca de todo el mundo. Desde los políticos profesionales a la gente de la calle pasando por los ubicuos tertulianos. Al final se produce un ruido excesivo que no permite clarificar las cosas y el resultado es un galimatías que alimenta la ceremonia de la confusión permanente. En este terreno hay dos situaciones, recogidas estos días de manera profusa en los medios de comunicación, que llaman mi atención por el sentido que se da a dicho término.

 

En Venezuela, para dar salida democrática, según el gobierno, a la penosa situación que vive el país se impone la convocatoria de una constituyente que cambie la norma fundamental. Se trata de superar la actual confrontación entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo en manos de sendos grupos diametralmente opuestos. El problema es que el gobierno no tiene capacidad alguna para realizar esa llamada a las urnas como lo establece la propia Constitución vigente que hunde, además, sus raíces en el momento fundacional del chavismo. En Cataluña, en la lícita búsqueda de la felicidad del pueblo catalán alcanzable, según los independentistas, solo a través de la independencia del vecino que esquilma su riqueza y cercena su potencial vital, el gobierno autonómico quiere convocar a la ciudadanía para que se exprese. Un acto, de nuevo, de aparente ejecución democrática si no fuera porque el convocante no tiene capacidad para ello. Otra vez, la democracia se yergue como el argumento sanador cuya mera evocación anula a quienes se oponen basándose en la Constitución, detalle que parece no importar a quienes se sienten portadores de sus esencias.

 

Sabiendo que son situaciones diferentes (¿cuándo dos situaciones son iguales?), tienen un denominador común: la actuación en nombre y a favor de la democracia contraviniendo las reglas del juego existentes y con la concomitante exclusión de quien no esté de acuerdo. Sin salirme de este argumento, pues las derivaciones de asuntos complejos como son ambos daría pie a otros análisis, lo que me resulta más interesante enfatizar son las veleidades de dos grupos de iluminados, chavistas e independentistas, que deciden el tipo de actuación política que quieren imponer saltándose el marco institucional existente. Lo hacen apoyados en la creencia de que al ser los únicos ejecutores del designio democrático la razón les asiste y no hay límite alguno a sus propósitos. Algo tan delirante como lo que escuché esta noche de otros demócratas de toda la vida que defendían un golpe de estado contra Trump.