Miércoles, 24 de mayo de 2017

Todo vale

El viernes pasado, por la tarde, entré en la Hospedería Fonseca a cumplir con el rito obligado de visitar la exposición parcelada de Barceló. Una señora me indicó la entrada del “arca de Noé”. Fuera caía un diluvio en bromas, pues solté la paloma, por primera vez, y no volvió. Me decía a mí mismo: “¡Mira que es raro hacer arte en estos tiempos, con cuatro trazos, se figura la cabeza de un caballo, o de unos ciervos o de unos toros…; y basta con cargar el fondo de azul verdoso intenso, para confluir toda la fauna marina; y esas naturalezas muertas, sin un hálito de vida, salpicadas, de par en par, sobre los gigantescos pliegos… Si soy sincero, salí sin gran regusto, no aprendí nada de lo que ya sabía; pero sí, con una sensación de extrañeza. ¿Qué hacen en el arca de Noé ese grupo de naturalezas muertas, si Dios encargó a Noé que construyese un arca para borrar de la faz de la tierra toda sustancia corrompida y todo gesto de iniquidad? Si opinan los que entienden, que esta muestra es una metáfora que proyecta el más allá de la muerte y la transitoriedad de todo, pues que se titule de otra manera.

Me gustaron más los cacharros de la cerámica.

En cuanto a la forma, el arte siempre estuvo sometido a nuevos diseños y a nuevas técnicas, y tienen, por lo tanto, su mérito y su valoración reinantes, y, hasta lo más insignificante, puede ser objeto de fijación e inspiración del buen artista.

Y viene a colación el recuerdo de aquella exposición de Arcale 98, en que nuestro pintor salmantino, Bueno Salinero, nos sorprendió con aquella colección de sesenta dibujos, que tituló “Formas y objetos encontrados”. Formas nuevas de hacer, en las que Barceló es también un auténtico maestro.

Y una vez observé la colección de los sesenta dibujos de Salinero, llegué a la conclusión de que todo vale.

Jerónimo rescató del inevitable olvido el uso de los objetos desechados y olvidados, y los convirtió, con su reciclaje sentimental, en el arte del bueno y admirado. Y yo quiero adherirme a la intención de Salinero, y revivir el uso que nosotros dábamos a los residuos, a las cosas gastadas por el uso, a aquellos objetos, que nosotros tocábamos y acariciamos con nuestras manos, y, después de tanto tiempo, deseamos rescatar del oscuro desván o sobrao de la memoria.

Todo vale. Hoy se intenta reciclar las basuras y convertirlas en energía; hoy, se intenta recuperar la materia desechada y transformarla en algo nuevo y útil; hoy, se pretende hallar una solución científica a todo lo que tiramos, porque tenemos pánico a que nos invada, nos contamine y entierre, que emponzoñe el medio ambiente y que quebrante, a hurtadillas, nuestra salud.

Y ¿por qué no va a ser arte, también, nuestro afán ingenioso de reciclar las cosas abandonadas y fuera de uso? Claro que la inspiración nuestra, la del hombre de la calle, procedía de la escasez y de la necesidad, pero esa iniciativa singular estaba rodeada, asimismo, de cierta destreza y habilidad.

A las latas de sardinas vacías, les dábamos varios usos; una vecina mía las utilizaba para plantar geranios, petunias y rosales, que sujetaba a la pared frontal del corral, y que proporcionaban, al recinto, un toque atractivo de color y olor.

Otro empleo, que dábamos a las latas de sardinas, era para reforzar los bajos de las puertas de madera de paneras y casas, carcomidas por el sempiterno salpiqueo del agua de lluvia. A los niños, nos bastaban las latas pequeñas, esas de kilo: eran nuestros carros de transportes, que cargábamos de tierra y de cantos, y las hacíamos circular por caminos imaginarios  de tierra. Les hacíamos un agujero en la parte delantera con una punta gorda y, por el hueco, introducíamos una cuerda para el arrastre. Y nos parecían de verdad. Todo era de verdad, porque lo creábamos nosotros.

Era muy difícil encontrar una bota vieja entera: pues bien, le faltaba la suela o el tafilete. En casi todas las casas, había un burro de zapatero y una lezna, bien para machar una punta, que te aguijonaba los pies, o para sustituir una suela gastada por otra arrancada de otra bota o de un zapato viejo. Los mayores, el tafilete solían emplearlo para poner un cacho de remiendo en la grieta producida por los sudores de los pies; en cambio, los muchachos les dábamos otro cometido: lo usábamos como forros de la pelota del frontón, Era mejor el forro de piel de gato o el de pergamino, que desgajábamos de los libros de canto gregoriano de la iglesia, pero, al no haber pan, era bueno el forro negro de la bota o del zapato: lo importante era que la costura del costura quedase bien pegada al ovillo de lana, para que no dañase las manos.

Era muy complicado hallar una herradura o un cacho de herradura de caballería o de buey por los caminos. Había hombres, como un vecino mío, que guardaba un arsenal en el sobrao de su casa; sin embargo, los muchachos nos prestábamos una, para que el amigo pudiese juntas cinco o seis, y poder acudir al trapero, para que se las cambiase por un par de reales, y con ellos, poder comprar un puño de cacagüeses o poder ver “Nobleza Baturra” en el cine de Ruperto. Antaño, muchos muchachos teníamos los bolsos del pantalón rotos, ¿Para qué se iban a molestar nuestras madres en coserlos, si no teníamos nada que guardar?

Hoy, se ven montones de platines en las puertas de los bares y terrazas. Antaño, no se encontraba uno, lo levantábamos volando para jugar con él a los montones, al peón y a las carreras ciclistas; en esta caso, al platín, le quitábamos el corcho y le colocábamos, en el fondo, la cabeza de un ciclista, y la protegíamos con un cristal, que íbamos lamiendo, pacientemente, con una piedra.

Todo era un juego. Todo era un arte. Todo era un reactivo que creaba emociones y despertaba esperanzas e ilusiones, como lo intentan, hoy, Miquel Barceló, Bueno Salinero y nosotros, cuando demostramos, con nuestra agudeza, que todo vale para ennoblecer nuestro espíritu.

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