Sábado, 24 de junio de 2017

El debate

El domingo próximo, los militantes del PSOE elegirán a su nuevo secretario general. Es un acontecimiento trascendental. No conviene olvidar que nuestro sistema político ha sido gobernado la mayor parte de su historia desde 1977 por este partido, y lo que con él ocurra no es nunca baladí, aunque estés en posiciones opuestas. Para bien o para mal, y aunque en las últimas elecciones se haya corregido, nuestro sistema es bipartidista y lo bueno o malo que sobrevenga en el PP o en el PSOE repercute en la vida de los ciudadanos. Por eso me parece digno de interés analizar el debate que tuvo lugar el lunes entre los tres candidatos.

Comenzaré por decir que es de elogiar que se produzca a la luz pública un debate así y deberían sacar la lección correspondiente los demás partidos. O sea, que en modo alguno estoy de acuerdo con quienes escriben que estos debates hay que rehuirlos porque evidencian las divisiones en los partidos y esto trae como consecuencia malos resultados electorales. A quienes así opinan, les contestaré que, por el contrario, el  pluralismo y su expresión en los partidos, no es sinónimo de división: esta surge cuando, tras el debate y la elección, los perdedores no aceptan el resultado y se ponen a zancadillear al que ha ganado. Pero, vamos a ver, ¿qué es la democracia?: ¿un tejemaneje en que un sanedrín desde arriba maneja todos los hilos mientras los demás nos limitamos a votar lo que nos ponen en el escaparate, sin opinar, sin criticar, sin escuchar los distintos puntos de vista que se esconden en un partido? Los partidos políticos son un instrumento esencial en una democracia y sirven para articular las posiciones de la ciudadanía, pero la opinión se forma, no se impone de forma automática, y para ello son imprescindibles los debates entre candidatos, cuanto más libres y en profundidad, mejor. Pues en este sentido, nobleza obliga, hay que elogiar al PSOE.

Y entrando en el debate, diré que la cosa estuvo clara: lo ganó el que todos dan por perdedor de antemano, Patxi López. ¿Y por qué? Por tres motivos: por su moderación, por su actitud de diálogo y la exclusión de la demonización del rival, y por las ideas aportadas. Si se mira con un poco de objetividad, tanto Susana Díaz como Pedro Sánchez, se limitaron a descalificarse y a tratar de demostrar que con ellos ni agua. Era la lucha por el poder cuerpo a cuerpo, sin concesiones, que para algunos eso es la política y dejémonos de zarandajas. Por el contrario, López remó en sentido inverso y hasta aportó una idea muy interesante: incorporar la lucha contra la violencia machista al texto constitucional para evitar que la política de cada partido esterilice la obra del anterior en este punto.

Me asombró la pobreza conceptual de Pedro Sánchez. Todo su argumentario se focalizó en la abstención del PSOE en el debate de investidura de Rajoy. Parecía que allí se concentraban todos sus males. Pero le faltó a Sánchez valor para reconocer que el gran carajal socialista tuvo como principal causa sus dos derrotas electorales frente al PP, pero derrotas de envergadura, pues nunca recibieron tan pocos votos los socialistas desde los años 30 del siglo pasado. Y esto no hay vela que lo aguante, y en democracia se paga con la dimisión y que venga otro mejor. Pero Sánchez no aceptó su fracaso y ante su empecinamiento provocó el aquelarre del 1 de octubre, digno de mejor causa. Si hubiera tenido la dignidad de aceptar que su momento pasó y se hubiera retirado a sus cuarteles de invierno, otro gallo le habría cantado.

No estaría mal tampoco que Susana Díaz plantara cara ante lo que sucedió con la abstención. Primero, hay que decir que decisiones así son normales en partidos socialdemócratas europeos cuando pierden unas elecciones y no hay mayoría alternativa posible y coherente. En segundo lugar, tampoco estaría mal que se aceptase que sin estrategia un partido se va al infierno y que si se hubieran repetido por tercera vez las elecciones, las encuestas pronosticaban un resultado aún peor para el PSOE y mejor para el PP. En tercer lugar, un partido tiene que mirar también por su país, y la inestabilidad que hubiese provocado otra cita electoral, habría sido todo menos buena para España.

Cierto: hubo un instante dramático en que Susana Díaz puso KO a Pedro Sánchez. Fue aquel en el que se dirigió a su rival evidenciándole que le habían abandonado todos los pesos pesados del PSOE, desde González a Zapatero, pasando por la mayoría de su propio equipo, portavoces incluidos. Fue entonces cuando, como un Cassius Clay de la política, la andaluza le espetó: “No te das cuenta de que el problema eres tú mismo”. Y Sánchez no supo responder porque estaba tumbado en el ring, le habían dado en el  mentón y el árbitro le contó hasta 10 sin que pudiera levantarse.

Sí, fue un debate interesante. Polémico, dramático, a cara de perro, sin red: pero es que así son los debates en los países democráticos. Ojalá se generalicen en todos los partidos y dejemos de tener miedo a la democracia, que tiene sus resortes propios y esterilizarlos supone abocarla a crisis y descalificaciones de sus enemigos. Ahora viene el momento final: ¿quién de los tres será el vencedor? Los militantes socialistas, como es lógico, son quienes deben decidirlo. Se la juegan, porque una mala elección sumiría al partido en una crisis mayor de la que está viviendo. En la mente de muchos de ellos aparecerá como un fantasma la que sufrieron los partidos socialistas italiano y griego, y ahora el francés. Se la juegan. Pero también España.

Marta FERREIRA