Miércoles, 22 de noviembre de 2017

El amor cortesano de Alfredo Pérez Alencart

El escritor venezolano, colaborador de SALAMANCArtv AL DÍA aborda la antología ‘Una sola carne’, publicada por la Diputación de Salamanca

Alfredo Pérez Alencart es indudablemente un Homo Sapiens, su larga trayectoria académica como profesor de Derecho del Trabajo y de Seguridad Social así lo certifican. Homo Faber también es: su capacidad para organizar cumbres y encuentros de poetas de sus dos mundos, y para movilizar voluntades en todo el planeta en pro de los proyectos que ejecuta, evidencian su incansable y continuada labor de promotor cultural. Qué es un Homo Religiosus nadie lo pone en duda; su sobrevenida devoción por la Palabra de Dios inclusa en la Biblia, le ha otorgado un nuevo hálito, un cristiano y vivificador aliento a su vida salmantina y a su obra poética.

La reciente publicación del libro Una sola carne (Antología amorosa 1996 – 2016), con selección y notas de la investigadora rumana Carmen Bulzan e ilustraciones del maestro Miguel Elías, cuidadosamente editado, en 2017, por la Diputación de Salamanca, acomoda, instala, coloca sobre el tapete otra doble condición de este peculiar ser humano, exteriorizarizando una nueva dualidad de esencias del poeta peruano- salmantino, transformado -  por efecto de su amor cortesano -  tanto en Homo Sentiens como en Homo Ludens.

Pérez Alencart hace suyas las palabras de Octavio Paz cuando afirmaba que “la poesía no es un género moderno, su naturaleza profunda es hostil o indiferente a los dogmas de la modernidad: el progreso y la sobrevaloración del futuro (…) La poesía, cualquiera que sea el contenido manifiesto del poema, es siempre una transgresión de la racionalidad y a la moralidad de la sociedad burguesa. Nuestra sociedad cree en la historia – periódico, radio, televisión: el ahora – y la poesía es extemporánea (…) Con frecuencia el autor comparte el sistema de prohibiciones – tácitas pero imperativas – que forman el código de lo decible en cada época y en cada sociedad. Sin embargo, no pocas veces y casi siempre a pesar suyo, los escritores violan ese código y dicen lo que no se puede decir. Lo que ellos y sólo ellos tienen que decir”, y esto justamente es lo que ha hecho nuestro poeta con sus desgarrados y atrevidos poemas amatorios y eróticos dedicados a Jacqueline, su mujer de siempre, con la que celebra veinticinco felices años de comunión carnal y espiritual.

El amor del poeta se expresa polisémicamente, aunque atiende persistentemente a un mismo y único objetivo: bien lo expresa Pérez Alencart: “Y vuelvo siempre a la silueta del amor, /  al lugar que suma lo pasado y lo futuro   / en los contornos sonrosados tras el beso / revelando la potestad de las apetencias, / el deseante aroma con latidos convexos / sobre la epidermis del pezón vigilante / o en las profundidades que el amanecer / susurra hasta que acontece la emanación / consecuente luego del certero flechazo / no para muerte sino para resurrección”.   

El poeta bracea en las calmas - o a veces turbulentas - olas de su amor, confundiendo astros y estrellas con la boca y los labios de su amada, hace de su confusión -  deliberada y emocionada - una larga y feliz travesía por el cuerpo de su bienquista: “A veces confundo los labios con tu cintura / y a ella me agarro con felicidad tremenda / hasta que resplandezca la noche complaciente. // A veces confundo la cintura con tus sentidos / que velan mis armas en apogeo, y saco / brillo a la envolvente noche de los cuerpos. // A veces confundo los sentidos que completan / con el eco de tu voz que se enmadeja / en la aurora boreal de mis ofrendas. // Tengo el privilegio de gozar de tu íntimo arrullo / para mi confusión tan deslumbrante”.

El amor de Pérez Alencart cae genuflexo, se arrodilla en gesto de humilde y pagana veneración a su diosa terrenal; se recluye, se encierra, se encarcela -  gustoso y complacido – para, regocijado, yacer tras barrotes y cerrojos de libertad entre los brazos y sobre el cuerpo de la amada. Su querencia es un potente y eficaz polivitamínico que le otorga renovadas fuerzas y la energía requerida para afrontar los desafíos de la vida cotidiana, las inevitables penas o tribulaciones que, no deseadas ni bienvenidas, se atraviesan en los diferentes derroteros cotidianos del poeta; consecuentemente sentencia: “Porque el hombre resiste / y se hace fuerte / en el Amor”.

Caracteriza el poeta su amor para que sea mejor expresado y entendido. Afirma sin tapujos que su amor no conoce aires gélidos, es hondo, recóndito, profundo, y se posesiona totalmente del pensamiento del escritor. El amor le motea el corazón y es firme invocación para que las luciérnagas generosas iluminen el cuerpo de la amada. Su amor es permanente, perenne, de una sola vía y sin retorno, sentencioso expresa: “Se trata de un amor que no conoce regresos / ni tránsitos fugaces”.

Pérez Alencart se trasmuta en amatorio pájaro tropical de vivaces colores y alargado pico, y vaticina: “Llegará el día / en que me vuelva tucán / y pueda llevar en el pico / a mi compañera de vida. // Volaré y volaré / para atisbar / ríos arriba, ríos abajo / de nuestra selva. // ¿Seré el hombre-tucán, el guardián del verbo herido, el que ensaliva los árboles? // Por la orilla del río / florece una orquídea.  // Ah, la selva”.

Jacqueline, el objeto del amor del poeta, el sujeto poético que carnalmente lo sujeta, es también polisémica, plural y diversa en las evocaciones e invocaciones del marido. Es una y muchas a la vez, leamos: es la esposa del atardecer de poeta, es igualmente Eva, la hembra del hombre, ángel encarnado, compañera en todo, mujer de ojos extremos de seda y acero, perla, gema iridiscente, patria verdadera, dama del palacio del escritor, Señora de las delicias, amada extranjera, arpa para no dormir, su Dulcinea y su Corina, imitando al poeta de Sulmona, mujer de la mañana, flor cálida abierta en la noche interminable, “la electa que lo reinventa todo”.

Pero sobre todo es la morena, la gacela, la princesa del poeta, citamos esmeradamente:

  • Morena: “Morena mía, / convocado por tus fragancias, / voy hacia ti, // voy como un antiguo ariete de la inmortal historia.”
  • Gacela: “Pura delicia, ella / cae sobre mí / desde el árbol altísimo del deseo y se encostilla / para que yo exista palpitando extasiadamente, // relámpago tras relámpago / de la sexualidad / que deja navegar nuestros cuerpos / amando / en ardua pertenencia, // matrimoniados / por la ley de las caricias, / cosa real /  de un gran oficio: Amar sin refreno /  el fogoso cuerpo / empecinado en el remolino // en la historia que empieza / una vez más / embriagando con vino / de la viña que fomenta profecía / oídas clamando desde el abecedario del prodigio. // ¡Todo lo puedes, oh varona / dispuesta / a girar entre las yemas de mis dedos! ...”
  • Princesa: “Aprisiono tu nombre para sentir mi vida. / Saber de tu mundo es resbalar / hasta la desmesura del denso amor / que existe y deja huellas y palpa sus mañanas. / Princesa, también tu mirada me alimenta el verdor sagrado apretándose a mi pecho; tus lentas caricias, el corazón que comparto dan forma al mundo más íntimo de mi tiempo. // Princesa, te ovillas en mí, / me enseñas a ser cada vez más humano, / no pretender alcanzar ningún tesoro, / ser sustancia de hombre y raíz profunda. // Tu vasta realidad me sigue impresionando, / por ello silabeo tu nombre y canto la memoria de tus brazos, / princesa, mi limpio amor, / feliz me entrego a ti”.

 

La larga travesía del poeta desde su Perú natal hasta llegar a Salamanca, su ciudad de adopción, rindió felices frutos en forma de mujer e hijo que engalanan el huerto poético de Pérez Alencart. Sin melindres ni tapujos lo afirma con sincera entrega: “Hasta aquí / llegó nuestra carabela / y aquí, entre / Lazarillos y Celestinas / echamos mano del amor.”  

 

Y por supuesto, esta glosa de la antología del amor del poeta no puede concluir de otra forma, a dúo con el poeta enamorado y apasionado nombramos a su amada, a Jacqueline:

“Vengan tus besos hasta la alcurnia / de mis llamaradas de amor.  / Venga el sagrado perfume / que derrumba mis tristezas / y me alza y me hace partidario / de arrebatos humedecidos / en tus lloviznas de fuego. / Vengan tus tersas manos / a recorrer laberintos / del deseado sudario del éxtasis. / Venga el feliz renacimiento / que inventamos los dos / para volcarnos en abrazos, /   carne con carne, / ofrendados ambos al eje del amor. / Vengan luces u oscuridades, / veranos, otoños o inviernos / sin distinción alguna: siempre / te reconoceré como radiante / primavera de mi corazón.  / Venga la revelación de la princesa, / pues presto a sentir a nuevo, impelido / a vivir encendido entre tu piel, / extiendo el soliloquio y te descubro, / y te nombro, mi electa Jacqueline”.