Sábado, 27 de mayo de 2017

Apariciones

“Pero aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciara un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema”

Pablo, (Gal 1, 8)

 

Todo lo que los hombres necesitamos saber en orden a Dios y a la salvación, nos ha sido comunicado definitiva y plenamente por Cristo. Dios no hace las cosas a medias. Jesucristo es nuestro único y definitivo salvador

(Concilio Vaticano II, constitución Dei Verbum, 4)

Lo fundamental del ser humano para comunicarse es la palabra, pero el lenguaje religioso nos sitúa más allá de las realidades aparentes, sin salirnos de la persona humana, sobrepasa y transforma el lenguaje ordinario. La fe, elemento esencial de la vida creyente, parte de un encuentro personal con Dios y una entrega a su persona. Por un lado, la fe es algo personal e intransferible, nadie camina hacia Dios por el mismo camino; por otro, se busca la experiencia de las profundidades de Dios donde solo puede hablar el silencio.

Esa experiencia personal con Dios, no tiene nada de sentimental, no es esa experiencia que hoy prolifera en la religiosidad difusa de nuestras sociedades postmodernas. Esa experiencia personal con Dios es un camino largo y trabajado en pequeñas dosis, iluminado desde la Palabra y la oración y acompañado de una comunidad que vive y celebra su fe. Esa experiencia de fe que al creyente le ha sido revelado en la vida y muerte de Jesús, le  me invita a intimar con un Dios que es amor. Nada libera más de la soledad y del egoísmo, nada da más plenitud que el amor que llena de luz el corazón vacío. De esa experiencia de fe sabían mucho nuestros místicos, donde el verdadero amor lleva a la unión con Dios, una especie de “matrimonio espiritual” según San Juan de la Cruz. Ese amor profundo ante la realidad del misterio, no quita libertad, no aísla del deseo y de la esperanza, no anula la razón, incluso el alma queda más iluminada, retirándose de la periferia y alcanzando el verdadero centro. Muchos piensan hoy, que el verdadero creyente en nuestra postmodernidad o es místico o no es.

Toda esta introducción es necesaria para hablar de las apariciones, con respeto y con el corazón. El viernes pasado vimos al papa Francisco llegando a Fátima para celebrar el centenario de la primera aparición de la Virgen a los tres pastorcillos, Lucía, Jacinta y Francisco y, para proclamar santos a dos de aquellos niños. Siento decirlo, pero siempre me ha parecido algo extraño esto de las apariciones, propio de nuestra cultura donde lo irracional quiere sustituir las sendas de la razón, un espiritualismo difuso y amplio propio de las religiosidades antiguas. Una sociedad que rechaza los grandes relatos de la razón y la ciencia, ya que parecen no resolver las aspiraciones más inmediatas del hombre, desde una insoportable levedad del ser busca nuevos caminos que llenen el sentido en una religiosidad sin fe.

Me puedo preguntar con respeto, que añaden realmente las apariciones a la fe, cuando tenemos ya la Revelación de la palabra de Dios en la Biblia. Son más bien revelaciones privadas y accesorias, no conciernen a la fe católica y no pertenecen al fundamento y principio de la doctrina eclesiástica. Nuestros propios místicos alentaban de estas realidades psicológicas: ...el alma pura, cauta, y sencilla y humilde, con tanta fuerza y cuidado ha de resistir las revelaciones y otras visiones, como las muy peligrosas tentaciones (San Juan de la Cruz, Subida al Carmelo, 2, c. 27).

Centrándonos en Fátima, Benedicto XVI, antes de ser papa, hablaba de “visiones” y no de apariciones en la mente de unos niños que todavía no estaba formada, ni su mente y su fe adulta. Por su parte Francisco, vuelo de regreso de Fátima, en la rueda de prensa en el avión, comentó que desconfiaba de la autenticidad de las apariciones marianas en la localidad bosnia de Medjugorje. Son numerosísimas en la actualidad, desde las apariciones a santa Catalina Labouré en 1830, a La Salette en 1846, y las apariciones de Lourdes de 1858. Tendrán también gran repercusión las apariciones de Fátima, en el año 1917. El número parece ir constantemente en aumento, en los últimos años, se han constatado más de 300. Todas ellas conllevarán siempre el desplazamiento de grandes masas de fieles y la construcción de pequeños santuarios o grandes basílicas, con un negocio religioso evidente.

La devoción a la Virgen María, como madre de Dios, siempre han estado presente en la historia de la Iglesia, pero debe llevarnos al centro de nuestra fe, que es Jesús. María de Nazaret era una mujer creyente, la primera cristiana, que libremente acoge la palabra de Dios “Aquí está la esclava del Señor, cúmplase en mí según tu palabra” (cf. Lc. 1, 38). María se mantiene fiel a su fe, sin signos y prodigios, sin milagros, guardaba todo en su corazón confiando en Dios y acompañando a su hijo en los momentos más oscuros de la cruz (cf. Jn 19, 25). María se alegró por la gran noticia del amor, Dios diciendo “no temas”. La fe no nos libra de los miedos cotidianos, no es una receta para resolver los problemas diarios, pero se enfoca la vida de forma diferente desde el amor de Dios. Igual que María, el creyente encuentra en su confianza en Dios, luz y fuerza para enfrentarse a ellos. María, mujer de a píe, sin grandes parafernalias, solo su amor y Dios. Esta mujer humilde de Nazaret es la misma de esas numerosas apariciones y visiones.

Vivimos una fuerte inflación de mariología en muchos sectores religiosos, a la vez que muy poco se escucha en el discurso de la Iglesia al Espíritu Santo que sigue siendo el gran ausente en el mundo creyente. Un cristiano adulto debe interrogarse con humildad y respeto, si realmente es el Dios de Jesús el que está siendo venerado e invocado en esos grandes santuarios marianos. El Dios de Jesús es un Dios misericordioso que dedicó su vida al anuncio de la Buena Noticia, al liberar del mal y ataduras que impide vivir con dignidad. Me sigo preguntando, si esos mensajes de las apariciones son una Buena Noticia, si esas visiones del infierno que provocan una esperanza del miedo, puedan liberar al hombre o añadirle un pesado fardo a sus espaldas de culpabilidad.

Después de Jesús, para un creyente es la Iglesia es el mayor don de Dios. De ella recibimos a Jesús y su palabra. No podemos dejar de amarla, a pesar de sus limitaciones y sus arrugas en el corazón, tal vez como las mías. Debemos aprender con cariño a desclericalizar y desacralizar la vivencia de la fe, solo Dios es santo y sagrado, Tendemos en nuestra fe infantil a clericalizar lo sagrado y  a objetivar a Dios, queremos disponer y atrapar su realidad. Buscamos que los curas sean santos, la salvación en los ritos, pedimos a determinados santos gracias especiales, necesitamos la autoridad infalible del papa y los obispos, o damos más importancia a las apariciones que a la presencia viva del Resucitado en la fe y en la Eucaristía.

El corazón de la Iglesia y el corazón del cristiano concuerdan en el Magnificat de María, cuando se olvida de sí misma y está atenta y cercana al necesitado. Cuando busca la dignidad de los pobres y hambrientos del mundo y se preocupa por celebrar la vida como en las bodas Caná. Como María, la Iglesia debe guardar y meditar en su corazón el misterio de Dios encarnado en Jesús, anunciando y haciendo realidad la Buena Noticia, que es liberación y misericordia para todos. Una Iglesia pobre y humilde como María, que sufre, ora y espera la victoria final del amor.