Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Santificación de pastores

Pastores y las ovejas forman parte importante de las metáforas evangélicas fielmente seguidas y admiradas por la grey católica, cercana al Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, -según San Juan 10, 11-18-, contando la Iglesia con miles de pastores a lo largo de su historia como propulsores, difusores y predicadores doctrinales.

El santoral incorpora dos pastores canonizados por el querido papa Francisco en Fátima ante medio millón de fieles, pidiendo por la concordia entre los pueblos mientras subía a los altares a los pastorcillos Francisco y Jacinta, a quienes visitó la Virgen hace cien años, como afirma la tradición y canta la canción diciendo que “el 13 de mayo la Virgen María bajó de los cielos a Cova de Iría”, una pedanía portuguesa que adquirió fama universal en 1917 cuando la Madre de Dios se les apareció sobre una encina, para asombro de creyentes y descreídos, capitaneados por esos dos pastorcillos junto a su compañera Lucia, mientras cuidaban un rebaño de ovejas.

El hecho de que tal aparición mariana se produjera en Fátima, induce a pensar que la Virgen realizó un intento pacífico de nueva cruzada católica contra la toponimia infiel, pues la villa fue bautizada con ese nombre en recuerdo a la antigua ocupación de los árabes, ya que Fátima fue la hija preferida de Mahoma.

Durante muchas décadas vivimos pendientes del intrigante y enigmático tercer secreto revelado por la Virgen, que Lucía guardaba encofrado en su hábito carmelitano, tras vaticinar en la primera revelación la muerte prematura de los ahora santificados, primos de la superviviente Lucía. El segundo misterio Mariano se refería “a la visión aterradora del infierno”, que se interpretó como el final de la Primera Guerra Mundial, el estallido de la Segunda, la conversión de Rusia y el fin del comunismo.

Finalmente, el tercer secreto trajo a todos de cabeza hasta que fue revelado con motivo del viaje realizado por Juan Pablo II a Fátima, el 13 de mayo de 2000, para beatificar a los hoy santificados, porque los tiempos ya “estaban maduros”, en palabras del pontífice. Ante 700.000 personas, el cardenal secretario de Estado, Angelo Sodano, hizo público que tal misterio se refería a la lucha del comunismo contra la Iglesia y al inmenso sufrimiento que habían padecido las víctimas católicas a lo largo del siglo XX.

Aclarado todo, Lucía murió tranquila, Juan Pablo II quedó satisfecho y el pueblo de Dios fidelizado, mientras el cardenal Joseph Ratzinger precisaba que era un llamamiento a la conversión, a la penitencia y a la fe, excluyendo revelaciones apocalípticas como el fin del mundo o el futuro de la historia.