Viernes, 26 de mayo de 2017

A contrapelo.

Walter Benjamin, Ludwig Wittgenstein, Kurt Gödel, Karl Marx y, el siempre contemporáneo, Baruch Spinoza conformaron un nuevo relato de la historia, del lenguaje, de la lógica, de la sociedad y de la metafísica. Todos ellos sobradamente conocidos en los círculos académicos, en los cenáculos intelectuales más conspicuos, no así por el público.  A éste, sólo le han llegado algunas ideas mal pergeñadas, oscurecidas por prejuicios de toda índole, incluso cargados de odio y desdén. Los fríos productos de la razón escandalizan, inquietan por austeros, no emocionan y, lo que es peor, obtenerlos, aprehenderlos, presupone haber recorrido con antelación un arduo camino. Un camino de aprendizaje inacabado el cual, no obstante, ocupa toda una vida. La razón está llena de preguntas, también de algunas provisionales respuestas o “verdades”. Los paradigmas, de este modo, se suceden uno detrás de otro y siempre el nuevo recoge algunos elementos del fenecido. La intersección de tales conjuntos campea a sus anchas. Desde la razón nada resulta inevitable, definitivo o concluyente. Para ella, tan sólo existen relatos y mapas mejorables. De ahí que abjure de los determinismos positivistas, del reduccionismo científico, de los ciegos optimismos, de las verdades de Perogrullo, en fin, de todo tipo de “evidencias”. No obstante, como diría Gödel, en todo modelo teórico se cuela una proposición indecidible, un concepto primitivo, un razonamiento basado en algún objeto infinito. Proposición que lo sustenta y da sentido. Walter Benjamin aplica este razonamiento, sin percibirlo, al referirse a la historia. Con sumo vigor criticaba una concepción historicista muy generalizada, según la cual “hombres y épocas avanzan (indefectiblemente) por la vía del progreso. De ahí, los resultados incoherentes obtenidos al analizar el presente. Propone, en cambio: “considerar la historia a la luz de una situación determinada que la resuma como un punto focal”. Esa “situación determinada”, esa perspectiva axiológica desde la que se enjuiciaría la historia es la de los “condenados de la tierra” (Franz Fanon). La exigencia fundamental de Benjamin es la de escribir la historia “a contrapelo” (Gegen den Strich), es decir, desde el punto de vista de los vencidos y no de los vencedores. “El historicismo se identifica con las clases dominantes” (M. Löwy). Ve la historia como una sucesión gloriosa e interminable de grandes sucesos políticos, militares o técnicos, los cuales de manera indefectible nos llevarán por sí mismos a los cielos séptimos. ¡Oh el romanticismo alemán!

 

 

A su vez, la historia de los oprimidos ha sido, desde siempre, una interminable retahíla de desastres. No obstante, como dice Benjamin: “este enemigo no ha dejado de vencer…si bien tampoco ha terminado de triunfar”. Decía que había en todo modelo un punto de fuga, una proposición basada en algún objeto infinito, indemostrable. Decía que desde ese punto de fuga es desde el que debe ser explicada la historia de la humanidad. Pues bien, tal proposición reside en la alteridad:  un axioma inmaterial, mesiánico, ético. El progreso sin solidaridad conduce al fascismo, a los neoliberalismos y a los determinismos históricos sean del signo que sean. Los partidos políticos, los gurúes económicos, los científicos positivistas, los burócratas, los tecnócratas y tantos y tantos frívolos opinadores deberían entender que el progreso es igual a justicia social. Deberían entender, que sin ella la razón deviene en racionalización. O sea, en un irracionalismo razonado. Y lo que es peor nos conducirán a otra inmensa tragedia como la sufrida por la humanidad sesenta años atrás.