Martes, 26 de septiembre de 2017

Los españoles y la comunidad iberoamericana

El fin de semana pasado he asistido en Lisboa a un congreso iberoamericano de mi especialidad profesional. Han acudido grupos de la mayoría de los países latinoamericanos: Argentina, Chile, Venezuela, Colombia, Ecuador, Uruguay, Brasil, México, Costa Rica…también un buen número de España y por supuesto Portugal, el país anfitrión y organizador.

Quiero comentar en estas líneas solo dos aspectos de esta interesante reunión de Iberoamérica, a raíz del acto de clausura de las jornadas, que tuvo la originalidad de situarse entre lo espontáneo y lo bien organizado. El que dirigía la asamblea final iba nombrando a cada uno de los países presentes, se ponían en pie los ciudadanos de ese país y todos aplaudíamos a cada grupo; pues bien, los únicos que en ese acto “dimos la nota” de confusión y división de un país fuimos los españoles. Fuimos los únicos que al ser nombrada España unos se levantaron, otros no, de tal manera que hubo de repetirse la llamada a los españoles. Pero sobre todo, cuando parecía que habíamos terminado, un grupo de catalanes, seguido de otro de vascos, otro de gallegos, etc. se levantaron uno por uno, señalando su distinta nacionalidad.

Presenciarlo produjo en mí y otros correligionarios un sentimiento de tristeza y de rabia: de tristeza, pues lo que estábamos viviendo era el reflejo de la grave desunión que hay en este país, en este estado de las autonomías; rabia, pues nos preguntábamos qué políticas se habían seguido, tan distintas a inculcar el deseo de unidad de la patria, que habían llevado a tantos ciudadanos a esta ruptura, si no fáctica, sí en parte temida por unos, en parte deseada por otros.

La envidia del sentimiento de unidad de todos los países latinoamericanos fue el tercero que algunos tuvimos. El pertenecer a una comunidad de naciones similares, además de la pertenencia a una de ellas, se manifestaba claramente en la mayoría de los congresistas: el brasileño, el argentino, el colombiano, el chileno…también se identificaban como pertenecientes a una gran comunidad supranacional, Latinoamérica. Los portugueses y los españoles apenas tenemos conciencia de pertenecer a una Europa (Unida?), ni siquiera a una comunidad ibérica.

Salamanca es por historia y tradición una ciudad que ha cuidado y alimentado vínculos culturales y comerciales con Latinoamérica; pero en las últimas décadas esta política se ha debilitado, quizás por haber caído bajo el peso de los nefastos recortes de la política nacional. No estaría mal que aprendiéramos de los portugueses cómo valoran sus vínculos transoceánicos, sin estar todos los días mirándose el ombligo nacional, como últimamente hacemos los españoles.