Domingo, 19 de noviembre de 2017

Quinientos hermanos. Somos Pascua de Jesús, una Fiesta de Vida

Según los evangelios, la Pascua ha comenzado siendo la experiencia de unas pocas mujeres amigas que han buscado a Jesús en la tumba, y han encontrado la tumba y vacía, descubriendo que su amigo, Jesús, ha resucitado, no está allí, no es muerto de tumba:

No está aquí, ha resucitado, no es muerto de tumba;
no está aquí, ha resucitado, y vive en vuestra vida.
Vosotras mismos sois la pascua de Jesús, su vida nueva.

Ellas, las mujeres amigas, que le aman por encima de la muerte, son la Resurrección de Jesús. La pascua es encuentro personal, la presencia de Jesús crucificado por amor en el amor de aquellos que le aman. Y viven por él, descubriendo de esa forma Dios, como aquel que le ha resucitado de los muertos.

La Pascua es Jesús vivo en los que viven con/por él, y así podemos hablar de los diversos protagonistas de su resurrección: Magdalena, Pedro, los Doce, Santiago, Pablo…. Ellos son la resurrección de Jesús, fiesta de amigos, de quinientos hermanos y hermanas, que cantan y bailan, con él y por él (cf. 1 Cor 15).

Así lo dice dice Pablo, a los veinticinco años de la muerte de Jesús, afirmando que él se mostró (se hizo visible) en quinientos hermanos, es decir, al conjunto de la Iglesia, representada por ellos. En esa línea, todo el Nuevo Testamento sabe que la pascua ha sido y sigue siendo una experiencia eclesial, abierta al conjunto de la comunidad, es decir, a todos los cristianos, que "ven" a Jesús y al verle viven.

En esa línea podemos definir a los cristianos como aquellos que han visto a Jesús, es decir, que han descubierto su presencia pascual en el mismo despliegue de la nueva comunidad, en la comunión de los hermanos que le recuerdan y continúan realizando su obra de Reino. Los cristianos son (somos) por tanto experiencia de resurrección.

a) Resurrección es "ver" a Jesús, sabiendo que él vive en nuestra vida, superando así la muerte. Es un modo total de descubrir, comprender y rehacer la vida de Jesús en nuestra vida, como palabra de Dios…. No es ver a otro, sino al mismo Jesús, de otra manera: Es descubrir su identidad (superando la muerte, en el fondo de la muerte)
b) Resurrección es responder a Jesús: Acoger a Jesús resucitado y dejarnos transformar por él, rehaciendo de esa forma la Vida de Dios en nuestra vida, por medio de Jesús:
-- Nosotros mismos somos la resurrección de Jesús. Somos en algún sentido el
mismo Jesús resucitado
-- La resurrección es en algún sentido Dios: La vida que nace de la muerte...La
resurrección es Jesús (Yo soy la resurrección y la vida. La resurrección
somos nosotros, viendo a Jesús La Pascua es la transformación de la propia

Introducción

Como dice 1 Cor 15, hubo diverso protagonistas: Pedro, los Doce, quinientos hermanos, Santiago, todos los apóstoles, Pablo (Magdalena, las otras mujeres…). Es evidente que éstos no han todos los que han visto a Jesús resucitado en el principio.

Pablo no ha querido ofrecer una lista exhaustiva sino que se ha fijado en aquellos grupos que son más significativos dentro de su perspectiva misionera. Por otra parte, resulta menos importante conocer el número exacto de testigos que hubo en el principio. Nadie pudo fijarlos entonces; nadie puede conocerlos plenamente ahora; el Señor pascual sigue mostrándose a los hombres a lo largo y a lo ancho de la historia de la iglesia.

A partir de la palabra y testimonio de los primeros cristianos, también nosotros podemos y debemos revivir la pascua, descubriendo así el misterio de la Vida de Dios en nuestra historia. Desde eso fondo,quiero evocar a los quinieros hermanos que Pabloa ha citado en 1 Cor 15, 6, después de Pedro y los Doce, pero antes de todos los restantes testigos. Aquí quiero ponerles los primeros, antes incluso que Pedro, antes que a Magdalena y otras mujeres, antes que a los Doce...
Ellos, los quinientos, son toda la Iglesia, somos todos nosotros.
El Nuevo Testamento no cita en ningún otro lugar esta "visión" de los quinientos hermanos (¡de los cuales muchos viven, cuando escribe Pablo!) pero incluye varias experiencias colectivas de Pascua, que podemos identificar con las Multiplicaciones de los Panes y los Peces, con Visión grupal del evangelio de Juan y con la Vivencia de Pentecostés, de Hech 2, que debe entenderse como experiencia pascual: Cristo ofrece su Espíritu al conjunto de la Iglesia.

1. Experiencia antigua. Pascua y multiplicación de panes.


Ciertamente, hubo en la iglesia una experiencia individual de encuentro con el Señor Jesús, como indicaremos todavía estudiando las figuras de la pascua y de un modo especial la de María Magadalena: en la soledad de la propia búsqueda, en camino de amor ha descubierto y tocado al Cristo de la pascua. Pero también ha existido experiencias colectivas: la comunidad reunido en torno a la palabra y al recuerdo del maestro, en actitud de diálogo y de canto, en comida gozosa de acción de gracias y de transparencia fraterna, ha recibido alborozada la presencia del resucitado.

1 Cor 15, 3-7 sitúa una experiencia colectiva de ese tipo (de quinientos hermanos) después de hablar de los Doce, pero antes del surgimiento de la comunidad juedocristiana propiamente dicha (experiencia pascual de Santiago) y de la misión a los gentiles (aparición a todos los apóstoles). De esa forma la interpreta como un dato común: es punto de partida en el que todos podemos y debemos volver a cimentar nuestro camino de encuentro con Jesús. También nosotros formamos parte de aquellos quinientos hermanos que, unidos en nombre de Jesús, reconocieron un día su misterio.

La primera forma de entender y actualizar esa aparición del Jesús pascual a los quinientos hermanos ha sido, a mi juicio, la experiencia de multiplicación de los panes y peces. Tres son sus elementos fundamentales y los tres se encuentran implicados, en simbolismo teológico y social de gran profundidad:

- En el fondo de esa experiencia hay un elemento histórico: los discípulos conserva el recuerdo del Jesús que ha dado de comer a la muchedumbre en descampado, en el tiempo de su vida. De esa forma ratifican la continuidad entre lo que ha sido su camino y compromiso en favor de los pobres dentro de su historia y lo que ha de ser después la tarea de la iglesia.

- Esta es, al mismo tiempo, una experiencia pascual: los discípulos de Jesús le han descubierto y acogido su presencia gloriosa mientras compartían los panes y los peces en gesto de gozo colectivo. Después de la muerte de Jesús, se han reunido en su nombre y le han recordado en la comida compartido, descubriendo y gozando su presencia gloriosa.

- Esta es, finalmente, una experiencia sacramental en el sentido más hondo de ese término. Esto significa en la iglesia cristiana sacramento: la certeza vivida, compartida, de la presencia de Jesús en los signos del pan y los peces o del pan y el vino.

Allí donde sus discípulos comparten el pan y se abren en gesto de generosidad hacia los pobres (hambrientos) del entorno, pueden descubrir la presencia del Cristo que les asiste, en actitud de bendición, de multiplicación generosa. La comunidad reunida en oración intensa, en nombre de Jesús, descubre su presencia nueva en forma de vida y comunión, de gozo y esperanza escatológica. Su signo principal es la comida.

Se ha juntado el pueblo en descampado. Pasa el tiempo, tienen hambre. La palabra de Jesús les ha saciado en sentido espiritual. En el plano material están necesitados. Pues bien, según palabra del mismo Señor resucitado, sus discípulos hacen que la muchedumbre se siente sobre el suelo y parten para ellos los panes y los peces. Mientras comen y se alegran, los comensales tienen la certeza de que el mismo Jesús está presente en su comida, en el pez multiplicado, en el gozo de la comunidad que así se constituye. Tratamos más extensamente de ese tema en la 10ª estación, sirviéndonos del texto de Mc. Aquí citamos un detalle de Juan:

Tomó los panes y dando gracia a Dios los distribuyó entre todos.
Hizo lo mismo con los peces y les dio todo lo que quisieron...
Cuando la gente vio aquel signo exclamó:
- Este es en verdad el profeta que debía venir al mundo.
Y Jesús, conociendo que querían raptarle para hacerle rey,
se retiró de nuevo a la montaña, él solo (Jn 6, 11-15)

Este es, sin duda, un signo de pascua. Jesús resucitado se vuelve visible, ante todo, en la comida: en el gozo del pan y vino compartidos, en la abundancia de los bienes bendecidos, recibidos y regalados en común, celebrados en fraternidad. Aquí emerge, aquí estalla, aquí culmina de algún modo la experiencia más gozosa y resistente, más actual y comprometida, de la pascua entre los hombres. Esto es pascua en un mundo de hambrientos: recordar a Cristo compartiendo el pan en comunidad y repartiéndolo de un modo generoso a los necesitados de la tierra.

Frente a todos los riesgos de espiritualismo posterior, frente al peligro de un racionalismo separado de la vida, el evangelio ha ofrecido y sigue ofreciendo la certeza de que el Señor resucitado se vuelve presente en los signos humanos radicales de la comida, en eso que podemos llamar la eucaristía extensa de las multiplicaciones (pan y peces) y la eucaristía intensa de la celebración más sacral de la iglesia (pan y vino). Este signo se encuentra en la raíz de la pascua cristiana: Jesús mismo se vuelve principio y verdad (es Presencia de Vida real) en el pan compartido, en esperanza de resurrección gloriosa para todos los creyentes.

2. Pascua e iglesia en su conjunto. Testimonio de Juan

En la experiencia de la multiplicación el acento se hallaba en el signo de los panes y peces (pan y vino) y en la misma comida compartida, de forma que el rostro personal de Jesús podía quedar algo velado. Pues bien, los relatos de apariciones directas acentúan la presencia personal de Jesús, como el Cristo que ha triunfado de la muerte y viene a revelarse a sus creyentes reunidos. Así lo muestra de forma muy bella el testimonio de Jn 20. Hablaremos más extensamente de ese tema en la 18ª estación. Aquí queremos esbozarlo.

Jesús se ha presentado antes a María sobre el huerto, confiándole su tarea: vete a mis hermanos y diles... (Jn. 20, 17). Ella va y lo dice. Jesús se muestra luego a todos los hermanos. Parece claro que entre ellos puede hallarse el grupo de los Doce (como supone quizá Jn 20, 24). Pero en sentido estricto, Juan sólo presenta la experiencia pascual colectiva de todos los seguidores de Jesús (incluidas mujeres, amigos, etc.) que estaban encerrados en casa, por miedo a los judíos. Nos hallamos cerca de eso que Pablo llamaba los quinientos hermanos. Estos hermanos ya creían de algún modo en Jesús, pues se encontraban separados de los otros judíos: algo les distingue del resto del pueblo y suscita su rechazo. Pero aún no han descubierto plenamente al Señor resucitado. Por eso tienen miedo.
Desde el fondo de ese miedo se entiende su experiencia de Jesús. Entra sin llamar, sin necesidad de abrir las puertas cerradas. Viene rompiendo las barreras que parecen ponerle los hombres, superando así las divisiones anteriores de la historia. Llega como portador de paz, principio de perdón sobre la tierra, en gesto de comunión que le vincula de una forma nueva a los hermanos:

Jesús les dijo de nuevo:
Como el Padre me ha enviado
así os envío también yo a vosotros.
Y diciendo esto sopló sobre ellos y les dijo:
Recibid el Espíritu Santo... (Jn 20, 21-22).

Todo nos permite suponer que este pasaje transmite una experiencia carismática, que en gran parte coincide con Hech 2. En ambos casos se habla de la comunidad reunida en una casa, separada de los otros judíos que no creen en Jesús, el Cristo. Cristo rompe en ambos casos la clausura del grupo, haciendo que sus discípulos superen el miedo y puedan mostrarse como transmisores del perdón, enviados de evangelio. Dios se manifiesta en ellos y por ellos de manera nueva, confiando al grupo de los nuevos fieles la misión de pregonar el reino sobre el mundo.

El Cristo pascual se aparece a los hermanos reunidos en comunidad, en la nueva casa de la iglesia. Ellos habían iniciado de algún modo el camino de resurrección: la misma fe en el Cristo les había reunido. Pero se trataba de una reunión de miedo, con las puertas cerradas, como grupo separado, aislado, condenado de antemano al aislamiento y fracaso: ¡eran los amigos tristes de un triste mesías crucificado!

Habían iniciado la experiencia, pero les faltaba su culminación. Aquí la han recibido, reunidos como grupo grande, todos los cristianos primitivos, en la línea de eso que 1Cor 15 ha presentado como grupo de quinientos hermanos. La visión del resucitado se vuelve personal. Ya no ven sólo el pan compartido, los peces repartidos: ven directamente a Jesús, descubren su alegría (la alegría del triunfo mesiánico), reciben la misión de transmitir sobre el mundo esta esperiencia:

- Pascua es para ellos el descubrimiento de la gloria de Jesús que les ofrece su paz y les presenta sus pies y manos, haciendo que comprendan el sentido salvador de su pasión y muerte. Sin ese encuentro personal con Jesús no existe pascua y el mismo camino anterior de seguimiento pierde su sentido (cf Jn 20, 24-29).

- La pascua se vuelve misión: como el Padre me ha enviado así os envío. Descubrimos así la verdad de Jesús como enviado del Padre y también nuestra verdad como enviados de Jesús resucitado. Nos integramos en el mismo proceso de envío mesiánico. La pascua se convierte así en principio de misión.

- Finalmente, la pascua se vuelve experiencia carismática: ¡Recibid el Espíritu Santo!. La misma presencia del Señor resucitado se interpreta como Pentecostés, es decir, como vivencia compartida de transformación y nuevo nacimiento.

La pascua es encuentro comunitario con Jesús y experiencia carismática de surgimiento eclesial. Hay en ella algo más que los panes y peces compartidos del símbolo anterior: hay experiencia y compromiso de surgimiento comunitario. La misma vida de la iglesia se convierte así en signo pascual. Los creyentes saben que Jesús está resucitado y que se encuentra presente en su comunidad porque les anima y les ofrece allí la gracia de su vida. No hay Pentecostés sin pascua; tampoco hay pascua verdadera sin Pentecostés.

3. Pascua y Pentecostés. Visión de Lucas.

Conforme a lo anterior, la experiencia pascual constituye un elemento creador de iglesia: los discípulos se han reunido, creando nueva comunidad, porque Jesús se les ha manifestado como señor de vida y triunfador de la muerte. La misma experiencia del triunfo pascual, expresada en forma eucarística o carismática, en la fracción del pan (comida) o en la plegaria común, les convoca, haciéndoles iglesia.

A partir de aquí tenemos que estudiar a Lucas. Sabemos ya, y sabremos mejor cuando tratemos directamente el tema (cf 16ª estación), que el Cristo pascual se ha mostrado a un grupo extenso de fieles, dentro de los cuales encontramos incluídos a los Doce u Once (cf Lc 24, 33.36-49).

La primera iglesia pascual está formada por unos ciento vente hermanos (Hech 1, 15) entre los cuales se incluyen apóstoles, mujeres y parientes de Jesús, con su madre. Antes se encontraban separados, vivía cada uno por su lado, aunque algunos se fueron uniendo, mientras seguían a Jesús en el camino de su vida. Ahora se vinculan de forma definitiva, constituyendo una nueva familia reunida en una casa (cf Hech 1, 12-14, relacionándolo con Jn 20, 19).
La iglesia empieza siendo una casa distinta donde se reúnen los que han visto a Jesús resucitado. En un primer momento tienen las puertas bien cerradas, para buscar su identidad interior (cf Hech 1, 14; 2, 1-2) y para alejar a los judíos que no habían aceptado a Jesús (cf Jn 20, 19). Pero luego han de abrirlas, extendiéndose a todos los pueblos en gesto misionero. Entre la casa cerrada y la misión universal de la iglesia ha existido una experiencia pascual de tipo desencadenante. Lucas la ha distinguido en dos momentos:

- Ha presentado primero una experiencia pascual en la montaña. Los ciento veinte hermanos ven cómo se aleja el Cristo, elevándose a la gloria de Dios Padre, en gesto de Ascensión (Lc 24, 50-53 y Hech 1, 6-11). De esa escena hablaremos en la 17ª estación, presentándola como fin y cumplimiento del camino pascual para Lucas.
- Ha presentado después la expansión pentecostal de la pascua. Jesús resucitado enriquece a los ciento veinte hermanos reunidos con el poder transformador y misionero de su Espíritu (Hech 2, 1-13): Vino del cielo un ruido, semejante a un viento impetuoso y llenó toda la casa dónde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo... (Hech 2, 2-4).

La misma pascua se convierte así en pentecostés y se muestran separados los dos rasgos principales que Jn 20, 19-23 había visto unidos: la aparición del Cristo resucitado y el don del Espíritu Santo. No es que Cristo se encuentre ahora ausente del mundo y desligado de los suyos. Pero ofrece una forma diversa de presencia.
Esta es una ausencia que lo está llenando todo: Jesús mismo ha enviado su Espíritu a la iglesia: Jesús mismo abre las puertas de la casa antes cerrada, haciendo que los suyos salgan, se expandan, extiendan su mensaje de manera universal sobre la tierra.
Pues bien, estos 120 fieles de la experiencia pascual (Ascensión) y pentecostal (venida del Espíritu Santo) de Hech 1-2 han de vincularse con los quinientos hermanos de 1 Cor 15. Ni uno ni otro texto quiere hablar de un número exacto de personas. Basta con decir que fueron muchas; ellas son el signo y principio de la humanidad pascual, primicia de reino. Se ha ampliado así la primera familia pascual de las mujeres, de Pedro y de los Doce. Han venido muchos otros en busca de Jesús y le han hallado Se han juntado en comunión (de 120 o de 500, conforme al simbolismo propio de cada uno de los números). Todos ellos viven la experiencia de la nueva plenitud cristiana: son signo de pascua o, mejor dicho,
son la misma pascua de Jesús expresada en forma de comunidad, como nueva iglesia.
Ya no puede hablarse de una pascua separada de la vida y misión de los creyentes. Signo de Jesús resucitado han comenzado siendo los panes y peces compartidos del relato de las multiplicaciones. Signo es la misma vida de la iglesia, reunida en nombre de Jesús, potenciada y animada por su Espíritu, empeñada ofrecer el testimonio de su vida (su perdón y su palabra) a todos los humanos.
El mismo encuentro con Jesús se ha expandido y expresado, para Jn y para Lucas, desde una perspectiva de experiencia carismática y misión: allí donde los fieles reciben el Espíritu y santo y expanden el mensaje de Jesús sabén que él se encuentra resucitado.