Martes, 30 de mayo de 2017

Sólo un cambio de modelo educativo logrará salvar la humanidad

Así condensa Bernardo Pérez Andreo el argumento de mi libro Jesús Educador. La escuela cristiana (Khaf, Madrid 2017) en el último número de Iglesia Viva, donde le dedica un trabajo titulado La Iglesia, una nueva Galilea: Para extender el proyecto de nueva humanidad desde Jesús educador (Iglesia Viva 269 (2017) 138-140; on line: http://iviva.org/getFile.php).

Conforme a la incisiva lectura que B. Pérez Andreo ha realizado mi libro, se han venido dando en los últimos siglos (decenios) otras revoluciones importantes, más o menos fracasadas, de tipo racional y social (político, económico, ecológico, militar...), pero sólo una verdadera y honda revolución educativa podrá ofrecer una nueva oportunidad a la vida de los hombres en la tierra.

B. Pérez Andreo, uno de los máximos valores del pensamiento social, de orientación cristiana, en el mundo de lengua castellana, ha sabido leer no sólo lo que digo expresamente en mi libro, sino lo que en el fondo quiero decir, adelantándose así a mi pensamiento.

Verás, Bernardo, que he querido publicar tu recensión en este humilde blog, precisamente en el día del libro (23.4.17), porque el libro forma una parte importante (y quizá esencial) en esa revolución educativa que me atribuyes, en línea de nuevo conocimiento y nuevo corazón.

Gracias por haber dedicado tu atención a mi obra, en esta revista que tú empiezas a coordinar con mano de maestro. Al servicio de esa revolución por la palabra (y por el libro) quiero seguir estando, queremos seguir estando los dos. Gracias por recordármelo. Sigue aquí tu recensión de mi libro.

Imagen 1: La alquimia del libro, una revolución que hace del hombre un ser humano.
Imagen 2. Bernardo Pérez Andreo, entre los libros de su biblioteca

 

Xabier Pikaza – Jesús educador. La escuela cristiana. Ediciones Khaf, Madrid 2017.

Hay una tesis de fondo que recorre todo el libro y que Pikaza nos deja clara desde el principio: “solo un cambio en el modelo y proceso educativo logrará que la humanidad alcance un equilibrio personal, ecológico y social, pues de lo contrario corremos el riesgo de perdernos, es decir, de destruirnos como humanos” (p. 9). Esta cita suena a urgencia, a la urgencia de quien conoce bien cómo funciona el mundo, pero que también sabe de las posibilidades de los hombres y mujeres de hoy, cristianos o no.

Por eso, en tono apocalíptico, en el sentido literal del término, como revelación, nos propone un libro que manifiesta el verdadero sentido del cristianismo: ser “una experiencia de educación mesiánica, una escuela de vida universal fundada por Jesús de Galilea” (p. 5).

Por eso el título: Jesús educador. La escuela cristiana. Jesús, lo sabemos bien, no fundó ninguna religión, menos una iglesia en el sentido de secta que aplicara esa religión. Jesús tampoco creó una escuela, como otros en su tiempo, que transmitiera su memoria. Jesús creó un grupo de hombres y mujeres que vivieran la experiencia de la comunidad como presencia viva de Dios en medio del mundo. Su escuela es un instrumento para la vida, no para la fama. Su forma de vida transparenta los valores de su predicación, pone en práctica lo que enseña y lo lleva a cabo.

Pensar el cristianismo como una escuela de vida y humanidad y a Jesús como educador se sale de los parámetros tradicionales en que pensamos a Jesús y la Iglesia. La tradición utilizó los títulos cristológicos para comprender a Jesús. Hijo del hombre, profeta, Mesías-Cristo, Hijo de Dios y Maestro son títulos que pretendían expresar la identidad de Jesús de Nazaret. Con cada uno de ellos se arrastraba una tradición antigua y se establecía una propuesta para el futuro. Los cuatro primeros concilios hubieron de volcar esa reflexión en moldes griegos y eso acarreó muchas consecuencias, positivas y negativas, como toda inculturación.

Por un lado, tenemos la raíz judía que ve en Jesús el cumplimiento de las promesas. Mesías-Cristo es el término que lo expresa.

De otro lado, tenemos el helenismo con una visión sustancialista que aplica categorías como physis e hypostasis para comprender a Jesús. Ambos están acertados, pero ambos son limitados, pues ninguno puede agotar la experiencia que cada comunidad histórica tendrá que hacer de asunción del significado de Jesús de Nazaret.

Por eso, aplicar a Jesús el término-título educador es hoy, en nuestro mundo globalizado y posmoderno, la mejor forma de comprender lo que significó entonces el proyecto de Jesús y el impacto que supuso. Pikaza organiza todos los materiales que ya conocemos por sus otras obras de modo que queden ordenados en función de este nuevo título de Jesús. Como educador, Jesús creo una comunidad de hombres y mujeres pobres, marginados y excluidos, constituyendo un grupo en comunión que vive la experiencia del Reino en medio de un mundo de injusticia y sufrimiento.

Jesús educa con palabras, parábolas y acciones, exorcismos. Cura las enfermedades sociales y sana el mal que se extiende por un sistema injusto de opresión en injusticia. La Iglesia es la continuadora de esta tarea mediante su vivencia comunitaria que expresa al mundo que la humanidad y la misericordia son posibles. No siempre ha sido así, pero ese es el origen del que surge de las mismas manos de Jesús. Por eso, “la verdad de la Iglesia no es un dogma separado, sino su misma vida” (p. 390), una vida que es la experiencia originaria de los primeros seguidores con Jesús de Nazaret.

Cinco capítulos estructuran el libro. El primero versa sobre la escuela donde aprendió Jesús, el judaísmo múltiple de su época. Jesús es educado en un mundo complejo, en el mundo cambiante del siglo I a. C. y I d. C. Él construyó su magisterio partiendo del magisterio de Israel plasmado en el Antiguo Testamento y en la historia del pueblo hebreo. Podemos hablar de una educación mesiánica de Jesús, en la escuela familiar y de tradición popular judía. Allí aprendió un oficio, era tekton, artesano, con el que se ganaba la vida. Además, fue discípulo, estuvo en la escuela del Bautista, a quien siguió un tiempo, pero después se separó y se entroncó con la tradición nazorea, para la restauración de Israel. Su propuesta es el anuncio del Reino de Dios, un anuncio gozoso que supone la construcción de una realidad comunitaria que lo difunda.

Aquí es donde accedemos al segundo capítulo. Jesús es un maestro galileo que conforma una escuela del Reino de Dios. Él elabora un modelo educativo propio, centrado en la persona, una escuela universal de humanidad, integrada básicamente por unos compañeros a los que denominamos itinerantes mesiánicos, al servicio de la propagación y llegado del Reino de Dios en Galilea. Fue maestro y sanador: alguien que cura y cambia la vida de los más necesitados, amigo de niños.

Su autoconciencia es que Dios le había encomendado una tarea de transformación humana, creando una escuela mesiánica. Se trata de un nuevo modelo de escuela que parte de los hebreos del desierto, pero sin promover la conquista o muerte de los propietarios, sino volviendo al comienzo de la historia de Israel, para conquistar la tierra de manera pacífica. No educa a los itinerantes para otra guerra santa, sino para hacerles portadores de curación y comunión humana, iniciando con ellos un camino del Reino.

El tercer capítulo se introduce directamente en la muerte de Jesús, un maestro asesinado, donde se proyecta la escuela de la Pascua. El proyecto de Jesús no solo resultó provocados y escandaloso, sino peligroso para la autoridad, judía y romana, de forma que los representantes de esta autoridad se opusieron a él y lo ejecutaron. Sin embargo, sus discípulos dijeron que había resucitado y de esta manera extendieron su proyecto educativo.

Esto produjo una gran resonancia en la vida y conducta de los seres humanos, hasta la actualidad. La enseñanza de Jesús, encarnada en su vida y muerte, sigue siendo la base y sentido de la Iglesia cristiana, entendida ya siempre como escuela de humanidad, abierta al Reino de Dios que llega. Esta escuela tuvo en su origen, al menos, dos modelos, uno paulino y otro mateano. Éste último es el que ha dado la configuración a nuestro proyecto de humanidad nueva. La invitación de Mateo de hacer discípulos a todos los pueblos se ha extendido hasta hoy y las palabras puesta en boca de Jesús, yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del tiempo, son fundamentales para la constitución de una Iglesia como escuela mesiánica cristiana, fundada en la pascua de Jesús.

El capítulo cuarto prosigue el anterior: la Iglesia como escuela en camino. Es necesario, nos dice Pikaza, recrear con urgencia su escuela. Tras veinte siglos, el proyecto de Jesús debe volver a su origen, de un modo especial en este tiempo que está necesitado de una nueva educación, un tiempo de fuerte crisis eclesial, personal, económica, social y militar. Debemos recrear el proyecto porque es bueno ofrecer la riqueza del Evangelio, recuperando con humildad y decisión la figura de Jesús maestro.

De ahí que el último capítulo pretenda actualizar la historia del proyecto de nueva humanidad que es la Iglesia. La renovación de la Iglesia ha de hacerse en un plano, sobre todo, educativo, no desde la lucha por el poder, ni a través de un simple cambio de estructuras, el cambio es mucho más profundo y solo puede realizarse por medio de la educación.

Tras los cinco capítulos, Pikaza nos ofrece una síntesis final de los contenidos que debe tener una escuela cristiana de humanidad basada en Jesús maestro. Partiendo de Dios comunión de vida, que eso es la Trinidad, se abre paso un éxodo liberador, una salida creadora de nueva humanidad.

El primer principio de esta escuela en Jesús es el principio galileo de la Iglesia. Galilea es el rincón del imperio donde un grupo de amigos inicia un proyecto de transformación de la realidad, el Reino de Dios. Hoy hay que hacer de cada lugar una nueva Galilea.

El segundo es el principio jerosolimitano por el que todo seguidor de Jesús debe comprender el sentido y tarea de Jesús crucificado. La cruz es la consecuencia de un estilo de vida, la conclusión de un proyecto vital que lleva a enfrentarse con los que oprimen, pero para llevar la paz al mundo.

De ahí que la Iglesia sea un cuerpo mesiánico, tercer principio, abierto a los pobres y excluidos de la historia, que vive la experiencia de Dios que es “siendo” comunión, es decir, amor de hermanos.

El cuarto principio es la encarnación. Dios es Palabra encarnada, no argumento. Dios se nos da como carne viva, no como reflexiones o argumentos.

La finalidad del cristianismo no es su extensión por el mundo, sino que los seres humanos vivan la gratuidad de ser hijos de Dios. Por eso mismo, el último principio es el Evangelio de la paz. La verdad de la Iglesia no es un dogma separado, sino vida compartida. No hay primero fe y luego una comunicación de la misma. La fe cristiana es la comunicación del amor de Dios en la comunidad.

El contenido de la fe evangélica es que los seres humanos se amen, dándose la vida en un camino pascual de paz. Xabier Pikaza nos lanza una apuesta para el siglo XXI en esta obra. La Iglesia debe volver a los orígenes en Jesús y ser esa escuela de humanidad que Jesús quiso para sus discípulos. Un proyecto de amor y misericordia para superar el odio y la violencia que atrapan a los seres humanos en este mundo.

No se trata de entrar en competición con otras tradiciones o con la modernidad o posmodernidad, sino de vivir la plenitud de ser hijos de Dios, de ser personas en comunión y amor para superar los males que el mundo de hoy vive. Estamos ante una obra madura y esperanzada ante un mundo que no invita ni a la esperanza ni al compromiso, de ahí su valía y necesidad