Viernes, 26 de mayo de 2017

La Pascua del Libro

Mañana, 23 de Abril, se celebra en muchos países de lenguas hispanas el día de San Jorge, matador de dragones, patrono de doncellas, pero también el Día del Libro (es decir, de la Biblia y de Cervantes, por citar dos textos significativos). En esa línea quiero hablar de la Pascua del Libro, presentando a Jesús como aquel que ha resucitado en el Libro (entendido de forma universal, humana...).

Para las religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo, Islam) el libro ha venido a ser signo de Dios, de manera que algunos han podido decir que el mismo Jesús ha resucitado en el Libro, como "rollo" escrito de forma duradera, en forma de llamada a la conciencia personal y a la libertad, libro testimonio y enseñanza. Por eso, Jesús aparece como "icono" llevando en la mano el libro.

Así pasamos del rollo cerrado de bronce o de plomo, de algunos testimonios antiguos... al Cristo Jesús, que es libro abiertol... Jesús mismo es el libro. En esa línea, el libro del evangelio ha venido a convertirse en signo y testimonio de Jesús resucitado. Por eso, ellos pueden afirmar, de alguna forma, que Jesús ha resucitado en el Libro, es decir, en la Palabra Compartida que se lee y se convierte en principio de maduración, de convivencia

Por eso, ha podido y se puede decir que Jesús es la Biblia, el mismo Dios hecho palabra de llamada y comunión para los hombres, una carta de amor.

En un sentido el libro escrito (copiado en piedra, ladrillo o manuscrito, y más el libro impreso) puede tener los días contados, pues forma parte de un momento muy particular de la historia de algunos pueblos, pues no tiene más que unos pocos milenios, y puede desaparecer.

Pero en libro en sí, como testimonio de la Palabra que se proclama y escucha, se comparte y se transmite... forma un elemento esencial de la revelación de Dios y/o de la historia humana. En ese sentido, las religiones han hablado y hablan de un libro eterno de Dios (que para los cristiano está vinculado a Jesucrito).

Dios no es espada que mata, ni es pura vida inconsciente de estrellas o plantas, sino que se hace libro, Gran Palabra que llama e invita a la vida, para crecer en forma dialogada, para compartir los saberes y los amores, para caminar hacia el futuro del conocimiento pleno.

No es un libro que se cierra en sí mismo para imponerse desde fuera, como poder de los letrados contra los iletrados, sino que se abre por dentro de un modo universal, de forma que seamos libro abierto los unos para los otros, como flor de belleza y misterio de llamada. Ese es el libro que Jesús lleva en la mano (=que Jesús "es" en todos los iconos de oriente.

Por eso, en la liturgia de Jesús se colocan y abren dos mesas: la mesa del pan (la eucaristía, de la que he tratado más en este blog) y la mesa de la palabra (de la que hablamos hoy, con ocasión de la Fiesta del Libro).

En un día como hoy, los catalanes de Barcelona ofrecen en la calle un libro con una rosa... y los cristianos de todo el mundo quieren ofrecer y compartir el Libro de la Pascua con el Pan de Jesús.

Yo también quiero ofrecer este día mi pequeño testimonio del libro, pues esa ha sido en gran parte mi tarea en la sociedad y en la iglesia ... Con un libro tomado casi al azar de aquellos que he venido escribiendo quiero felicitar a todos mis amigos en este día del libro, que sigue siendo para mí el Dia de la resurrección de Jesús.
 

El judaísmo y las religiones del libro.

En sentido estricto, sólo las religiones vinculadas al judaísmo han “canonizado” (es decir, han establecido de un modo fijo y “dogmático”) un libro sagrado, entendido como teofanía o manifestación personal de Dios. Evidentemente, eso implica que son religiones de un momento cultural en el que el libro es importante y puede ser sacralizado (canonizado), religiones que pueden estructurarse y definirse en unos códigos fijos, de tipo histórico y conceptual.

a. Las religiones cósmicas o paganas

ponen de relieve la presencia o manifestación de Dios en los fenómenos básicos del mundo o de la vida, especialmente en los procesos de la naturaleza (vida y muerte, cielo y tierra, plantas y animales, hombres y mujeres...). Estas religiones tienden a ser politeístas o panteístas; no tienen Biblia, pues su "libro" es el mundo y los mitos de sus dioses, suelen transmitirse de forma oral, aunque a veces toman cierta forma escrita, como libros sagrados (el Libro de los Muertos en Egipto, los Vedas en la India, un tipo de Popol Vuh entre algunos mayas etc.).

En esa línea se puede afirmar que todo el mundo es una especie de “libro” de Dios. Algunos afirman que, en ese nivel, seguimos siendo de alguna forma paganos: vemos a Dios y oímos su voz en el hermano sol, en la hermana luna, en la madre tierra y en la hermana muerte. El primer libro de Dios es el mundo del que formamos parte. Los hombres religiosos no necesitan escritos, les basta la Palabra de la vida y la comunicación personal; los hombres religiosos no necesitan “documentaciones”, que corren el riesgo de dejar a los fieles en manos de los “escribas” de cualquier tipo, que terminan fosilizando las experiencias espirituales.

b. Las religiones místicas,

más propias del lejano oriente (hinduismo, budismo, taoísmo) acentúan la presencia de Dios en el corazón humano. Según ellas, más que en el mundo, lo divino se despliega y manifiesta en el mismo proceso de interiorización, en la experiencia de liberación mental, en la hondura o vacío (=plenitud) de la mente que se siente unida al Absoluto.

Estas religiones tienden a ser panteístas. Pueden tener unos libros sagrados, más o menos importantes (las Upanishadas de la India, el Tao de China, la Tripitaka del budismo), pero estrictamente hablando su Biblia o Corán es la vida interior de cada hombre o mujer, que descubre lo divino dentro de sí, a través de un tipo de yoga o meditación trascendental.

En esa línea se puede decir, como hace Pablo en 2 Cor 3-4 3-4, que la Escritura o Carta de Dios está escrita en nuestros propios corazones. Sin esta Biblia o Corán interior no se puede hablar de revelación de Dios. El Libro externo, cerrado en sí, puede convertirse en amuleto o, incluso, en un ídolo (como ha sucedido a veces). Sólo en la medida en que “habla” y nos permite comunicarnos, el Libro es Palabra (se hace Palabra).

c. Panteísmo, deísmo…

El panteísmo supone de algún modo que todo es Dios y tampoco suele tener un libro sagrado especial (una Biblia propia), pues Dios se manifiesta en cada una de las cosas: en la naturaleza exterior, en la vida de los hombres, en la cultura. Por eso, si todo es Biblia no puede hablarse de una Biblia o Corán especial.

Actualmente parece estar más de moda un tipo de deísmo o agnosticismo, propio de aquellos que afirman que hay Dios, pero que no sabemos lo que quiere; tampoco aquí podemos hablar de Biblia, de un libro donde Dios vaya expresando su voluntad o su misterio. Panteístas y deístas pueden hablar de ciertos libros importantes de algunos pensadores orientales u occidentales (como Sankara o Krisnamurti, Plotino o Espinosa), pero estrictamente hablando no tienen Biblia o Corán. Su libro es la experiencia de totalidad de los hombres religiosos

d. Pero el judaísmo ha puesto de relieve y ha “canonizado” una Biblia Histórica,

fijada en un libro en el que se contiene la Palabra dirigida por Dios a su pueblo (o a un profeta determinado). En esa línea avanzarán, desde su propia perspectiva, cristianos y musulmanes.

Evidentemente, ese libro judío ha corrido el riesgo de “fosilizarse” o de convertirse en un tipo de ídolo, separado de la vdia. Pero, en general, el verdadero judaísmo, ha mantenido siempre su Libro como algo vivo, algo que sólo existe de verdad, como tal, Libro de Dios, en la medida en que se relee y se reinterpreta. Quizá pudiéramos decir que ellos mismos, los judíos de la Misná y de la Cábala, son los portadores y el contenido verdadero del libro.

El judaísmo y la historia del libro sagrado.

El Judaísmo actual nació con el Libro, en el momento en que los israelitas fueron codificando su experiencia en forma de Escritura de Dios, desde la vuelta del exilio (siglo V a. C.) hasta el establecimiento de la federación de sinagogas (tras el 70 d. C.).

Debemos añadir, sin embargo, que el judaísmo definitivo, centrado en la Misná, no ha nacido sólo por un Libro, sino por la Ley de Dios, que es más que libro y que está transmitida en doble forma: por el Libro, centrado en el Pentateuco, pero que contiene también las historias de los Profetas y los Escritos propiamente dichos (libros sapienciales) y por la Tradición oral (codificada por la Misná y el Talmud). Estrictamente hablando, el judaísmo no es Religión de libro sino de Ley (presente en Libro y Tradición) y de Pueblo (fundada en la identidad de una nación, que nace de la llamada y elección de Dios).

Así dice Ben Siraj, el autor del Eclesiástico: «En el principio, antes de los siglos, me creó, por los siglos nunca cesaré... ¡Venid a mí todos los que me amáis, saciaos de mis frutos...! Todo esto es el Libro de la Alianza del Dios altísimo, la Ley que nos mandó Moisés” (Eclo 24,1. 3. 9-10.19.23).

El verdadero Libro de Israel es la Ley, norma de vida para el Pueblo escogido. De esa manera, en el fondo, Libro y Ley se identifica El judaísmo es así la religión del Libro de la Ley y del Pueblo que la cumple. Por eso, los escribas judíos (los grandes rabinos) no se preocupan por deducir de la Biblia unas teorías sobre Dios o sobre el mundo, sino por descubrir y establecer una norma de vida para el pueblo. Les importa la orto-praxia más que la ortodoxia.

Cristianismo. La Biblia de Jesús

El primer libro sagrado de Jesús y de sus seguidores fue la Biblia hebrea, pues ellos siguieron siendo judíos. Pero pronto interpretaron ese libro desde su experiencia mesiánica, partiendo de la vida y pascua de Jesús, que apareció ante sus ojos como verdadera revelación de Dios. Por eso, para interpretar de una manera mesiánica la Biblia judía, en la segunda mitad del siglo II d. C., ellos añadieron al libro anterior de Israel (al que ahora llaman Antiguo Testamento) una segunda parte sobre el mensaje de Jesús y de la Iglesia (llamada Nuevo Testamento).

De esa forma pusieron a Jesús y al Nuevo Testamento en el lugar donde los judíos situaban al pueblo y a su tradición oral (codificada en la Misná y el Talmud). Hay, sin embargo, una gran diferencia: los judíos ven las dos realidades (Biblia y Tradición) en forma paralela, como expresiones de un mismo contenido; por el contrario, los cristianos interpretan la vida y pascua de Jesús (su Nuevo Testamento) como culminación y plenitud del Antiguo Testamento, de tal forma que un testamento o libro (Primero) lleva al otro (Segundo o Nuevo Testamento) donde se cumple y culmina, recibiendo su auténtico sentido.

En ese sentido, para los cristianos, la Palabra de Dios (que los judíos ven sobre todo como Ley o norma de vida) se hace Hombre. Parece que el Dios judío contempla eternamente su Ley. Pues bien, según los cristianos, Dios no contempla su ley, deteniéndose en ella, a favor de los hombres, sino que contempla a su mismo Hijo, que es la Ley encarnada. Por eso, la Palabra originaria y creadora, vida y luz de los hombres, no es un Libro sino el Hijo de Dios encarnado (cf. Jn 1, 1-18).

Como decía IGNACIO DE ANTIOQUIA, en torno al 120 d. C., en contra de los gnósticos que defendían sus propias interpretaciones de la Escritura, «mi libro y archivo de Dios es Jesucristo» (Filadelfios 8). En ese sentido, los cristianos decimos que la revelación verdadera no es un libro (Biblia), sino un Hombre (Jesús), cuya vida sigue presente en el mundo a través del amor mutuo de los creyentes, en la Iglesia. La Biblia es importante, pero sólo en la medida en que conduce a Jesús. Por eso, estrictamente hablando, el cristianismo no es Religión del Libro, sino de la Encarnación del Hijo de Dios en la vida y pascua de Jesús.

De esa forma, para los cristianos el Libro de Dios es la vida y pascua de Jesús... Jesús resucitado se hace libro, palabra compartida. Ésta es la afirmación central: la Palabra de Dios (que judíos o musulmanes ven como Ley o Recitación) se hace Hombre, un ser humano concreto, que es el Hijo de Dios; de esa forma, la misma Palabra de Dios se hace Pan compartido, un hombre que vincula en amor a todos los hombres. Lo que Dios contempla y ama por toda la eternidad no es un texto sagrado, sino una persona (su Hijo).

La revelación o descenso del misterio de Dios se identifica así con la Encarnación histórica del Hijo de Dios (que forma parte del misterio trinitario). Por eso, la Palabra originaria y creadora, vida y luz de los hombres, no es un Libro escrito, sino el Hijo de Dios encarnado, que es pan compartido (cf. Jn 1).