Viernes, 22 de septiembre de 2017

La alegría de la Pascua

¡Qué tarde te amé, alegría siempre antigua y siempre nueva!

San Agustín

 

¿Cómo la confesión de fe en un Dios crucificado

puede invitar a la fiesta y a la alegría? Habrá que añadir la fe en Jesucristo resucitado,

por lo menos.

Felicísimo Martínez

Pasada la Semana Santa y celebrada la fiesta de la Pascua, la alegría y el gozo de que el crucificado vive se prolonga durante una semana. En esa semana, octava de Pascua, los bautizados continuaban su formación catequética en la iniciación cristiana. Una semana para vivir y celebrar con sus vestiduras blancas, como prolongación del júbilo Pascual hasta el domingo siguiente que se las quitaban (“in albis”). En la octava, se quiere vivir la alegría como si fuera un solo día, expresando en ella el gozo de la salvación, para ello la liturgia se centrará en los relatos de las apariciones y en los primeros inicios de la comunidad cristiana.

Cuenta el relato del evangelio de Mateo, que “las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: Alegraos” (Mt 28, 8 -15). Unas mujeres abrumadas por la ausencia de Dios y el sinsentido, salen del hondón de la muerte para comunicar a todos que él vive y que comienza de nuevo,  el anuncio de la buena nueva, allí donde empezó el proyecto humanizador del reino. El corazón triste y decepcionado volvió a iluminarse en la intensidad de la alegría, hasta el punto que quedaron asombradas. Asombro y alegría, son los dos elementos en el encuentro con el resucitado.

Jesús no se encuentra entre los muertos, afirma el relato y anima, para encontrarse con él, volver a Galilea. Volver al inicio. Recuperar la memoria de aquel momento inicial donde empezó todo.  En Galilea, Jesús comenzó a llamar a sus seguidores para enseñarles a vivir un estilo nuevo de vida y colaborar con él en el proyecto de acercar a Dios al hombre, para que pueda desarrollar su sentido más profundo. Esa comunidad inicial defendía su alegría como una certeza contra la rutina y el escándalo, y es lo que les lleva a dar testimonio de la salvación y del reino en las plazas públicas. Una alegría que era un Don, un fruto del Espíritu y no una conquista personal, que la hace crecer en la medida que se comparte y se despliega más allá de uno mismo.

Por los caminos de Galilea fue naciendo esta primera comunidad cristiana, que desde la alegría, fueron aprendiendo a vivir acogiendo, perdonando, aliviando el sufrimiento, curando la vida y despertando la confianza de todos en el amor insondable de Dios. Sintieron que el resucitado estaba sosteniendo sus pobres vidas que estaba en sus fracasos y desconsuelos, en los sinsentidos y en la desesperación, le sintieron vivo desde su soledad y su tristeza y se dieron cuenta que estaba en  todo lo bueno, lo bello, lo limpio que florece en nosotros. La pascua es la fiesta de los que se sienten muertos y descubren la esencia de la vida.

Para un cristiano la resurrección va más allá de un dogma en el que hay que creer, incluso más  allá de la afirmación de algo extraordinario le sucedió en Jesús hace más de dos mil años. Es creer que el resucitado está vivo, lleno de fuerza y creatividad que actúa y va delante de nosotros, enseñando a vivir desde el amor y la alegría.  La pregunta que nos podemos hacer hoy ¿somos realmente “colaboradores de la alegría” o más bien, ahogamos la alegría de vivir en el anuncio de una buena noticia? No se suele dar un testimonio desde la  alegría, tal vez más preocupados y ocupados en otras cosas que en ser colaboradores de la misma. Una de las tareas más urgentes es descubrir los caminos de la alegría sin caer en el hedonismo tan arraigado en nuestra cultura.

Tradicionalmente en el mundo cristiano, se ha compartido con más facilidad las penas que las alegrías de este mundo, se ha acentuado más una teología de la muerte y de la cruz y no tanto de la resurrección. Hay que decir también, que en la vida cristiana se ha subrayado en exceso la negación de sí mismo, la renuncia, la mortificación, elementos poco cercanos a la alegría y a la fiesta. Dios no quiere el sufrimiento, pocos son los sufrimientos que humanizan al ser humano y contra él solo cabe luchar y repararlo. No es posible celebrar el dolor, ni es motivo de alegría. Decir también, que en muchas celebraciones, parece que hay un cierto culto excesivo a la seriedad religiosa, alejándose de la alegría y de la risa.  Por no hablar, de las miradas desenfocadas de la realidad de nuestro mundo, centrándose en lo negativo, en el “valle de lágrimas, como un profetismo de calamidades, rebajando en altas dosis el umbral del humor. Bueno, por ahí hemos caminado.

Es necesario también, ver  las ofertas  que la sociedad ofrece al hombre de hoy. Éstas se centran en  una invitación al consumo, al desmadre y a las emociones extremas. Parece que hay más estrés en las mismas que felicidad y alegría, por no hablar de ciertos goces superficiales y pasajeros. Todo es consumible desde la alegría, hasta la religión o la misma persona, todo se usa y se tira. Ese consumismo que nos aplasta, se asocia al ocio para escapar de un cierto vacío existencial y sentirse vivo, estamos afectados como un virus de la enfermedad del cansancio, donde parece que casi todo ha perdido valor y sentido.

Ya hemos comentado que Jesús no era un asceta, no anuncia el juicio, ni el castigo, invitaba a la alegría, a la fiesta y a la celebración. Pasó haciendo el bien y curando toda clase de enfermedades, tanto su persona como su mensaje son buena noticia, que invitan al gozo. Jesús comienza su vida pública anunciando un “año de gracia”. Incluso la alegría se mantiene en el dolor y el sufrimiento, ya que el verdadero enemigo de la vida es la tristeza. No es extraño que a Jesús se le llame “el profeta de la alegría de Dios”. El Dios cristiano es el Dios de la alegría, por ello hay que aprender de Dios nuestro derecho a la felicidad y a ella pertenecen de pleno la fiesta y la celebración.