Sábado, 21 de octubre de 2017

La madre de todas las afrentas         

Lo pusieron de moda los americanos: La madre de todas las batallas, la madre de todas las bombas, la madre de todos los errores en las encuestas….. Puestos a seguir la moda, podíamos afirmar que, para continuar con la coletilla de que somos diferentes, debajo de todas las piedra aparece la madre de todos los personajes empeñados en  dar un revolcón a España hasta que retroceda un siglo y vuelva a ser aquella nación decadente, en continua desavenencia, empeñada en la confrontación callejera y sedienta de revancha. Cualquier ocurrencia, por sorprendente que parezca, tiene cabida a la hora proponer modificaciones de la actual situación. Cuando estamos hablando de bufonadas peregrinas sin excesiva trascendencia, pueden dejarse de lado, esperando que, al final, impere el sentido común y no sean tenidas en cuenta. Pero es que, en estos momentos, cada día aparece algún renegado empeñado en desintegrar esta nación y, de paso, atentar contra la paz y la unidad de este pueblo, que no pocas veces ha tenido que sufrir los experimentos de otros españoles que, sin reparar en ofensas ni en transgresiones de la norma, quebraron la armonía y el bienestar, hasta provocar la lucha sangrienta entre hermanos. Por eso digo que estamos atravesando una situación que podríamos definir como “La madre de todas las afrentas”.

            La lista es larga, y el denominador común para la mayoría de protagonistas es alterar la situación actual hasta conseguir el cambio radical de nuestra forma de gobierno. El hecho de que cada idea parta de grupos minoritarios, sin capacidad suficiente para poder modificar sustancialmente nuestra Constitución, parece no preocuparlos demasiado. Será que esperan conseguirlo por medios ilícitos. Si no es recurriendo a métodos violentos ¿cómo pretenden lograrlo? Nuestro afán por ser diferentes, también afecta a ese empeño. Ejemplos tenemos, repartidos por todo el mundo, de naciones convertidas en República, que llevan largos años disfrutando de la paz y el bienestar. Es el resultado lógico de un sistema de repúblicas asépticas, sin apellidos, sean dirigidas por gobiernos progresistas o conservadores. Cuando esa república solamente se concibe con el apellido de socialista, fuera de España siempre hay que traducirlo como dictadura, y aquí, lo de socialista significa siempre comunista; si no de entrada, sí como final del experimento. En España, la República tuvo su acogida cuando fue concebida en su forma más genuina. Cuando la violencia y el rencor hicieron acto de presencia, vinieron el fracaso y la tragedia. A la Historia me remito.

            Hacia ese mundo idílico en el que se hacen incompatibles la libertad y la democracia, donde la igualdad está sólo en la carencia de las clases no dirigentes, en el que no se contempla la discrepancia, hacia ese paraíso es a donde quieren llevarnos los que no son capaces de condenar el terrorismo ni esas dictaduras tercermundistas que tiñen las calles de sangre y de hambre, los que equiparan a víctimas con verdugos. Que los partidos populistas participen de este aquelarre, entra dentro de lo previsto; no engañan, a pesar de los miles de adeptos que confían en ellos. Pero, ver en alguna foto dirigentes socialistas de la mano de los verdugos de excompañeros suyos, resulta muy triste y muy difícil de asumir. ¿Es que los órganos dirigentes no tienen nada que decir? Si así fuera, también significaría una soberana afrenta para más de uno.

            El cambio en la forma de gobierno llegará cuando los españoles estemos en condiciones de asumirlo como algo natural; cuando estemos convencidos de que no significará un retroceso en liberta y bienestar. Con el odio y la ofensa están condenados al fracaso la República y cualquier otro régimen.