Domingo, 19 de noviembre de 2017

Gracias Argusino

Este año se cumple el 50 aniversario desde que la presa de Almendra convirtiese al pequeño pueblo de Argusino en una nota a pie de página en el devenir de la vecina comarca de Sayago.

Cinco décadas de olvido por anegación, de desaparición bajo las aguas y, a su vez, de pervivencia en el recuerdo de quienes tuvieron que abandonar su pueblo a sabiendas de que, hiciesen lo que hiciesen en su vida, no podrían volver a recorrer sus calles.

Bajo las fauces hídricas de un embalse que no quiso llevar su nombre, quedaron no sólo las casas o la iglesia (dinamitada por Iberduero), sino también el cementerio, cobijando en su seno los restos de los finados del pueblo. Y es que si hay un hecho especialmente doloroso en la desaparición de Argusino, es el de haber tenido que abandonar bajo el agua los restos de padres, abuelos, amigos o hermanos, enterrados bajo una capa de tierra y muchas más de agua.

Cincuenta años después, cabe recordar que el proceso de desaparición de Argusino se hizo sin sensibilidad ninguna por parte de la empresa eléctrica ni del Estado. Y es que a la par que en el interior de su iglesia, ya desnuda de retablo, el párroco Don Victoriano daba su última misa en el templo, desde ésta se podía oír en su techumbre a los trabajadores de Iberduero desmantelando el tejado, quedando el templo sin cobertura poco después de que los vecinos saliesen de ese último rosario.

Fue el último Ofertorio de la localidad, deslucido totalmente por el desmantelamiento y la huida forzada de los vecinos, caminantes sin camino que andar, sin más destino que el del abandono de sus hogares. Caminantes que se esparcirían por España y por el mundo para plantar sus semillas de vida en otros lugares.

Quedó de este modo callada la flauta y el tamboril de Manuel Pardal, que tantas veces recorrió las calles de Argusino, llenando de alegría a sus paisanos, y cuyos sones desaparecieron con su pueblo porque, fuera de Argusino, Manuel ya no quiso volver a tocar la flauta, su alma había quedado sepultada bajo las aguas.

Los coros de las mujeres, que inundaban la iglesia de Santa María Egipciaca cada domingo o festejo, tampoco volvieron a sonar igual, repartiéndose estas bellas voces ahogadas por el embalse por diversos lugares, llevando consigo la pena de la desaparición de un coro local que, mejor o peor que otros, era sin duda el suyo, su sitio natural.

Los carros de bueyes se encargaron de llevar a los paisanos de aquella bella localidad cercana al Tormes hacia nuevos destinos como Villar del Buey, Cibanal, Roelos, Salce o Villamor de Cadozos, si bien muchos otros eligieron el camino de la emigración a las zonas industriales o al extranjero, pensando que quizá poniendo más kilómetros de por medio se mitigaría algo la pena.

De este modo, el 30 de septiembre de 1967, todas las casas de Argusino quedaron abandonadas, esperando que el agua las sepultase definitivamente. Esta era la fecha marcada por Iberduero para ello, y el que la rebasase no cobraría la indemnización de 40.000 pesetas (240 euros) que se sumaría a la tasación de sus propiedades, pero se quedaría sin hogar de todos modos. Eso sí, los propios vecinos tendrían que haberse encargado de derrumbar los tejados de sus casas. Era el punto final a una historia que se había iniciado en el siglo XIII con la fundación de la localidad.

Y es que la luz que alimenta nuestros omnipresentes móviles o nuestros televisores, se ha conseguido por el sacrificio de pueblos como Argusino, y muchos otros más, pues son casi una cuarentena las localidades de la Región Leonesa que vieron sentenciado su devenir histórico por los embalses.

Pueblos que desaparecieron, pero cuya huella y la herida de su desaparición aún se dibuja en el corazón de quienes nacieron y se criaron en ellos, de quienes aprendieron a hablar, andar y correr por unas calles hoy desaparecidas, de quienes se enamoraron y crearon vida y descendencia en sus hogares y rincones, de quienes, en definitiva, quedaron sin raíces para que muchos otros podamos hoy gozar de las oportunidades que nos brinda la electricidad en nuestro día a día.

Por todo ello, cabe recordar que sin el sacrificio de Argusino no hubiese sido posible este rato de lectura, ni habría podido, estimado lector, entrar en tu hogar con mis palabras. Por ello, he de dar las gracias personalmente al pueblo de Argusino por habernos permitido hacer una vida mejor, aún habiendo tenido que sacrificar a sus propios hijos, esos que le dieron vida durante siglos como pueblo. De este modo, y desde un dispositivo que se alimenta de la luz de tu sacrificio, gracias Argusino.