Martes, 26 de septiembre de 2017

Negro sol de abril

Acaba de empezar y echo de menos que no nos lo hayan robado. Primero unas bombas en el metro ruso de San Petersburgo, después otro camión terrorista arrollando peatones en el centro de Estocolmo, y en Siria los Estados de Unidos de América deciden -tras seis años de guerra, cientos de miles de muertos y millones de desplazados- lanzar más de medio centenar de misiles para acabar con una posición militar y todo (y todos) lo que en ella existía. Muerte, destrucción y locura que no tiene ninguna justificación por mucho que los grupos terroristas o el terrorismo de algunos estados reivindiquen los asesinatos y el horror con llamadas anónimas a medios de comunicación o con ruedas de prensa de civilizada apariencia. Hablando de operaciones necesarias y proporcionadas, de acciones militares para llamar la atención sobre cualquier situación olvidada. La retórica de la guerra no tiene parangón. El uso retorcido del lenguaje sólo es comparable al que hacen los políticos para decir lo contrario de lo que hacen sin que nos demos cuenta del todo.

Arranca abril con una escalada de violencia internacional y terror desbocado. Y recuerdo haber leído que era en marzo, con los famosos idus, -cuando el tiempo comenzaba a mostrarse más benigno- el momento en que las tropas se desperezaban de su letargo invernal y volvían las levas para retomar las escaramuzas guerreras, el regreso de las batallas y las muertes con sangre derramada. Era en marzo, no en abril. Ignoro si tendrá algo que ver el cambio climático. Y era en la Edad Media, no en el siglo XXI. Ignoro si tendrá algo que ver el fracaso del 33 por ciento de la Revolución Francesa, esa que logró que triunfaran y se aceptaran la igualdad y la libertad como valores supremos de la convivencia entre los ciudadanos y se dejó por el camino la fraternidad, que es la clave para acabar con tanta violencia, muerte y destrucción. O al menos, reducirla.

Abril está siendo una mierda. Muy negro. De viernes santo eterno. Abril es manifiestamente mejorable. Nuestro mundo también. Y en una situación tan oscura en uno de los meses más luminosos me vuelve a asaltar la misma pregunta: ¿Quién coño quiere ir a una guerra? Y la respuesta siempre es la misma: “Nadie”. Porque a matar para que no te maten sólo puedes ir obligado, nadie va porque quiera, la clave es saber qué o quién me empuja a disparar y por qué. Entonces llego de nuevo a lo mismo otra vez: pensar es incompatible con obedecer, conocer al diferente es incompatible con odiar. Y el negro sol de abril ensombrece mis deseos de resucitar, de construir la paz, de que se levanten los hombres y mujeres del mundo para culminar de una vez por todas la revolución pendiente, la de la fraternidad.