Jueves, 17 de agosto de 2017

Réquiem

Hemos acumulado demasiadas inocencias perdidas
SALVADOR PÁNIKER

 

Con pocos días de diferencia, este primer tramo de abril (el mes más cruel, decía Eliot), se ha ensombrecido con los fallecimientos de dos de los hombres más lúcidos y admirables del panorama filosófico y de pensamiento de las últimas décadas: el español Salvador Pániker y el italiano Giovanni Sartori. Dos pensadores que iluminaron las complejas tempestades del ejercicio de la humanidad y de la ciudadanía desde diferentes puntos de vista; que reflexionaron sobre las miserias y grandezas de la condición humana en su proyección pública y su intimidad compartida; que pensaron seriamente sobre la fraternidad humana, la muerte digna, la decencia política y los recovecos de la convivencia, han dejado un mundo de brillo y colorín que, como a todo genio, los quiso mal, los ninguneó y los condenó al rincón de los raros, que es lo mismo que decir el rincón de los que importan.

Giovanni Sartori, un teórico de la política mordaz e independiente, temido por políticos de toda laya por sus clarividentes análisis que repartían verdades como puños por todo el espectro; enemigo de charlatanes y crítico con los humos en venta de la iglesia católica, y cuyos libros y manuales de teoría política (Diccionario de Política o Elementos de Teoría Política), fueron imponiéndose en universidades de todo el mundo como clarificadores estudios de una ciencia cada vez más corrompida por el posibilismo de sus protagonistas. Crítico y adversario inclemente de los políticos profesionales de poltrona; sarcástico indesmayable con la deriva hacia la nadería del discurso político y la algarabía sin sentido de la vacua propaganda electoral; acusador de los enjuagues del parlamentarismo de circo y azote de teóricos palabreros y sociólogos de medio pelo o demoscópicos y sofistas de pelo entero, Giovanni Sartori dejó para la posteridad obras capitales como ¿Qué es la democracia?, Homo videns: la sociedad teledirigida o La carrera hacia ninguna parte.

Salvador Pániker, cuyas obras autobiográficas constituyen uno de los más hermosos ejercicios literarios de introspección y análisis de las pasiones y pulsiones humanas (Primer testamento, Segunda memoria o Diario de otoño), fue durante toda su vida, quizá debido a su condición dual en cuanto a su procedencia (hindú-español), uno de los principales defensores de los valores del multiculturalismo y el diálogo entre civilizaciones y culturas, exponiendo con clara argumentación y una calidad literaria a gran altura, los perjuicios que las guerras visibles e invisibles del racismo, la xenofobia o la exclusión están causando no sólo en la convivencia a nivel global, sino en las mentalidades de millones y millones de personas que incuban un individualismo egoísta de naturaleza fascista, fruto de la desinformación y la incultura. Además, Salvador Pániker militó durante toda su vida en la actividad política, nunca sintiéndose ajeno al mundo al que perteneció, y participó con brillantez en diferentes proyectos (nunca partidistas), y defendió y teorizó sobre el derecho a la muerte digna y la eutanasia como derechos fundamentales de la persona, poniendo siempre el acento en sus escritos, en su voz y, sobre todo, en su vida, en valores tales como la dignidad del hombre, el respeto al otro, la honorabilidad íntima y la pública, el sentido de la justicia o el derecho humano al conocimiento.

En un mundo que explota en paisajes crepusculares en las redes y frases manidas con música clásica por la desaparición de un cantante o una actriz, un homenaje sin más que la lealtad a los maestros del pensamiento, un réquiem por su inteligencia detenida (aunque siempre viva) y un abrazo a su memoria, puede ser, debería ser, la mejor despedida.