Sábado, 18 de noviembre de 2017

Semana Santa

En realidad hoy comienza la Semana Santa en Salamanca. El pistoletazo de salida lo da la procesión de La Dolorosa, desde la Vera Cruz. Es una procesión sencilla y humilde y por eso me gusta tanto, me sugiere lo que debieron ser las procesiones hace mucho tiempo, cuando los excesos y lujos no habían hecho mella en ellas. Una procesión silenciosa a la que no suelen acompañar muchos cofrades y en la que todo el protagonismo lo tiene la Virgen de los Dolores, a la que de pequeña me gustaba referirme como de los cuchillos, por las espadas que simbólicamente traspasan su corazón. A veces me refugio en su capillita en la iglesia recoleta de la Vera Cruz y sin apenas distancia física, desde el reclinatorio, me dirijo a ella con la confianza que me da saber que soy hija suya y que cuando he tenido algún problema, y los te tenido a veces graves, siempre he sentido cercana  su mano, llena de cariño, protectora e indulgente.

Por eso, una vez más, la acompañaré, porque para mí eso de ver procesiones no tiene ningún sentido. No son o no deberían ser un espectáculo, similar a una obra teatral representada en la calle. Cuando acudo a una de ellas no me siento una espectadora pasiva, sino que me fundo con las imágenes que pasean por nuestras calles, y en algunos casos, cuando me despiertan devoción, las acompaño, es como si me solidarizase con su dolor y con las angustias que han padecido. Eso me ocurre con pocas. A la Dolorosa uno la Piedad, el Nazareno y el Cristo del Amor y de la Paz. Me dicen cosas, me traen recuerdos, las siento como mías. Es cierto, sé muy bien que son imágenes, por lo tanto aproximaciones a Jesús y a María, que son mucho más, inabarcables. Pero las imágenes te ayudan, son como un apoyo a mi fe, siempre débil, y al terminar una de estas procesiones me siento mejor y vuelvo a mi casa más alegre porque sé que uno y otro esperaban mi compañía y no podía defraudarles.

El mundo de la religiosidad popular no es despreciable, para nada. Ya sé que se producen abusos, pero también es fuente de grandes bienes, sobre todo para los más sencillos, para quienes precisamente se ideó la fórmula. Eran aquellos tiempos en que la mayoría no tenía apenas cultura y las imágenes suponían una catequesis viviente, en la calle. Hoy han cambiado las cosas, pero la mayor parte de la gente tiene escasa formación religiosa y encontrarse a un paso de Semana Santa es recibir una lección de cristianismo. ¿Quién no se pregunta qué  hace un hombre bueno (todos los Cristos tienen un rostro lleno de bondad) sacrificado en la cruz? Pues con esa pregunta y la respuesta que puedes recibir, se inicia el camino cristiano. ¡Como para no valorar lo que aportan las procesiones y las imágenes! Y en el rostro de la Virgen es fácil percibir no solo el dolor de una madre, sino la fe de la mejor discípula de Jesús de Nazaret.

Por eso, cuando llega esta semana, sé que voy a experimentar emociones fuertes, que va a ser un tiempo recio, nada blandengue ni light. El tiempo de confrontarme con la experiencia cristiana. Durante el resto del año es como si de la superficie desaparecieran sus huellas, que van muy dentro pero pueden no aparecer. Nuestra sociedad ha desertado del cristianismo y lo que hoy priva es la increencia. Si manifiestas tu fe pareces un bicho raro y muchas personas optan por ocultarla, temiendo que van a ser consideradas antiguallas de otra época; cuesta decir que tú crees en Jesús de Nazaret, que tu vida intenta, aunque muy lejanamente, seguir su sendero, que no te has encontrado a nadie que ni lejanamente te aporte lo que él te da, en quien se correspondan perfectamente ideas y vida, que te ofrezca más, ¿porque hay algo más grande que Dios? Y de alguna manera ver en la calle las imágenes que reflejan los misterios de su vida te estremece, da la sensación de que sigue existiendo entre nosotros, porque las procesiones son una manifestación pública de la fe en Jesús, expresan lo que él hizo pero, aún más importante, lo que sigue haciendo si no rechazamos su oferta de liberación, de sanación, de redención.

Así que me preparo. Ya solo quedan unas horas. ¿Dónde iré a ver a “mi” Dolorosa este año? Hay calles tan hermosas en Salamanca que cualquiera es buena, pero si puedo será en una calle estrecha y poco iluminada, y cuando esté ya de vuelta y apenas haya ya espectadores. Allí estaré esperándola, allí me esperará ella. Lo sabemos las dos, es nuestro encuentro anual, nuestra cita inaplazable.

Marta FERREIRA